PLAZA DE ARMAS GRIS Y CALIENTE 


Abandonemos el enfoque museístico y el miedo al verde en nuestra ciudad


Siempre me sorprenden las constantes refacciones y remodelaciones de las plazas de armas en las ciudades del Perú. Mientras las zonas periféricas urbanas languidecen sin espacios públicos dignos, y sus vecinos no tienen acceso ni a una plaza ni a un parque decente, las plazas de armas suelen convertirse en los escenarios predilectos donde cada alcalde quiere dejar su sello, como un perro que marca territorio. Así, una y otra vez, se gastan recursos en “embellecer” las plazas centrales, mientras se postergan los barrios invisibles pero más necesitados: los cerros y los asentamientos autoconstruidos en las estribaciones de Comas, Villa María del Triunfo, San Juan de Lurigancho, o cualquier periferia del país.

Que Prolima y la Municipalidad de Lima anunciaran la remodelación de la Plaza de Armas de la capital durante el Foro Urbano Nacional del Ministerio de Vivienda la semana pasada no fue una excepción. Desde una pantalla LED, en una pulcra mesa del Centro de Convenciones, mostraron un video render del nuevo proyecto. Al final, invitaban a los asistentes a llenar un formulario en línea con sus comentarios. 

Felicité, sí, al equipo que presentaba la iniciativa y celebré la voluntad municipal de querer conocer la opinión de los vecinos. En tiempos de decisiones opacas, cualquier gesto que convoca a la ciudadanía debe ser celebrado, más aun cuando algunas autoridades municipales consideran irrelevante nuestra opinión, pues, según las famosas palabras de uno de ellos: “los vecinos no son técnicos”. 

Pero el entusiasmo duró poco. En la animación, la futura Plaza Mayor lucía como una gran explanada blanco-gris de líneas duras, casi mineral, rematada apenas por una hilera de pequeños arbolitos en dos de sus calles perimetrales: “naranjos”, explicó orgullosa la presentadora. El resto lucía como un vaciado continuo, duro, desprovisto de sombra. 

Lima es hoy una ciudad más caliente, más pavimentada y más hostil que hace 20 o 50 años. En una superficie dura expuesta al sol, la temperatura puede superar los 35° C en verano, mientras que bajo un árbol la sensación térmica puede reducirse hasta en 8° C gracias a la sombra y la evapotranspiración. Cada enero, cuando hago mi paseo por el centro, veo más personas empuñando paraguas para protegerse del sol inclemente.

Además, Lima no está en Andalucía y cualquier arborista o especialista forestal sabe que los naranjos, si bien pueden crecer en nuestra ciudad, no son recomendables para plazas históricas, por razones funcionales: raíces que dañan pavimentos, frutos que generan residuos, mantenimiento intensivo, copa baja que no da sombra útil, y una pobre adaptación al clima limeño.

El debate sobre la introducción de árboles en los centros históricos patrimoniales tiene larga data. Hace pocos años, Ayacucho vivió uno similar. El argumento tradicional en muchas ciudades patrimoniales es que los árboles «interfieren» con la lectura histórica de los edificios coloniales o republicanos. Esta lógica, que considera el Centro Histórico casi como un museo, fue heredada de criterios europeos de preservación de los siglos XIX y XX: considera que la ciudad antigua es un objeto frágil cuya integridad depende de que nada cambie visualmente. 

Hoy, esta visión está superada. Se reconoce que los centros históricos son territorios vivos, no escenografías congeladas. Incluso la UNESCO, a través del enfoque de Historic Urban Landscape (HUL), promueve una gestión holística que integra valores patrimoniales con necesidades urbanas contemporáneas. No prohíbe plantar árboles, sino pide evaluar cada intervención en su contexto, con estudios técnicos, salvaguardias, documentación y criterios de razonabilidad y reversibilidad.

Pensándolo bien, el proyecto de remodelación de nuestra Plaza Mayor no parece ofrecer beneficios reales para la ciudad. La arquitecta Taícia Márquez, doctora en Ciencias en Paisaje y Ambiente de la Universidad Agraria La Molina, me lo resumió con claridad: “Mantener plazas duras, calientes e inhóspitas no protege el patrimonio: lo vacía. Si queremos un Centro Histórico vivo —no solo visitado, sino habitado, disfrutado y respirado— necesitamos abandonar el enfoque museístico y superar el miedo al verde”. 

¿Cómo hacerlo? Basta preguntarle a los vecinos. 

P.D.: Mientras escribía estas líneas, el alcalde de Lima, Renzo Reggiardo, reculó. “De ninguna manera podemos retirar el área verde de la plaza, así que no hay nada de qué preocuparse, por lo menos en el período nuestro”, declaró a los medios. Una frase que, más que tranquilizar, deja ver que el verdadero debate recién comienza.


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