¿Qué sentirías si una excavadora empieza a demoler tus recuerdos de los últimos trece años?

Daniel Sacro es un escritor, publicista y músico argentino, residente en Perú desde 2013. Publicó “Reírse es kosher” (Random House, Argentina) y “Cuarenta cuentos de cuarentena” (Peso Pluma, Perú), ganador del Premio Luces 2021. Es director de Sagrada Escritura, un taller que impulsa la escritura tomando la experiencia propia como motor creativo. También se presenta en sus propios shows musicales, donde mezcla canciones con relatos. Daniel acaba de publicar “Déjame que te cuente, porteño”, su nuevo libro de relatos breves, con la editorial argentina Orsai, de Hernán Casciari.
He escrito mucho sobre los lugares de pertenencia que me tuve que crear para sentir que esta ciudad, Lima, era un poco más mía. Incluso hice un libro sobre eso. Pero fui ingrato, jamás hablé de esta casa. Mi casa. Bueno, mía no, de Norita, que tampoco es mi madre, pero casi. Madre y casa sustitutas. Alcanfores 1054, Miraflores. Ocupé un minidepa en la terraza, tercer piso. Fueron tres temporadas intensas. La primera (2013-2015) cuando vine a vivir al Perú. La segunda (2018-2019) cuando me separé y volví. Y la tercera (2020 hasta hoy) cuando me volví a separar, y volví a volver.
Al final, “casa” es el lugar donde siempre podés volver.
Acá viví todo. Fui el aventurero que pensó que vendría solo por un año (ya van trece). El soltero, el amante, el novio, el ermitaño, el feliz, el deprimente. El que volvió a encontrar el amor. El que chilló como nunca al encontrar una rata detrás del refri (perdón, amiga, en esta casa solo hay lugar para una rata). El que compartió almendras con las ardillas vecinas. El que se despertó a las seis de la mañana y el que volvió a esa hora. El padre, el hijo, el espíritu santo y non sancto. El que perdió las esperanzas, y las encontró al otro día debajo de la cama. El que compuso un disco entero dedicado a esta azotea, y la usó como escenario para reencontrarse con amigos después de dos años de oscuridad pandémica (por suerte filmé esa jam, con dron y todo). El que dedicó cientos de horas a mirar las vigas del techo, los pajaritos del árbol, los aviones del cielo. El que se calateó frente a ventanas vacías. El que en las noches disfrutó esta iluminación cinematográfica, cortesía del alumbrado público. El que pidió que le construyeran un dormitorio para su hijo e, increíblemente, vio que lo hicieron (Norita, además de madre, fue abuela sustituta). El que enloqueció por los ruidos de las construcciones vecinas, sin entender lo que le estaban diciendo:
—Pronto iremos por ti.
Gentrificación. Palabra horrible, en sonoridad y sentido. Las excavadoras arrasaron con las casas aledañas y, meses después —a veces años— las grúas las convirtieron en edificios multiespacio, esos con flats tan chicos como el mío pero con gym, cafetería, coworking, terraza, parrilla, sauna, piscina. Solo les falta un cine y no salís más de casa. Ganancia crocante de tiburones, a costa de mayor contaminación sonora, tráfico aún peor, y casas tradicionales como esta convertidas en polvo, córrase señora, deje espacio al gigante. Lima parece querer olvidar cuanto antes su pasado a pura excavadora. Y si no pueden olvidarlo, lo reescriben. Por suerte siempre está el futuro, allí asomando. Difuso, pero está. Porque, sin quererlo, las grúas me dieron una patada hacia adelante. Cuarenta y cinco años y vuelvo a dejar la casa de mamá. Ya tocaba. Me repito que si no venían por mí, no me hubiera ido nunca. Y que, al menos, nadie más va a ocupar este depa que en un punto ya era mío. Dos excusas bastante flojas para evadir la tristeza. Hasta que llega mi hijo, salvador como siempre. Le cuento que nos tenemos que mudar, porque van a demoler la casa. Su respuesta fue traer sus plumones.
—Entonces podemos dibujar todas las paredes.
Me dibujó a mí, a su madre, a sus mascotas, y sobre todo a sus clones de Star Wars, decenas de clones. Pintó el contorno de las grietas en las paredes, y las convirtió en cicatrices coloridas. Prometimos que todas las tardes, hasta que nos vayamos, pintaremos un rato las paredes.
Creo que, en un punto, en un pequeño punto, le ganamos a las excavadoras. En un par de siglos, en algún desmonte perdido, alguien encontrará estas pinturas rupestres.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe