¿Qué futuro tiene una sociedad que avala la desigualdad y parece premiar a los más vivos?

José Miguel «Timmy» Icochea es el productor de Jugo. Es director de producción con más de 15 años de experiencia en eventos corporativos y proyectos culturales. Trabaja en el diseño y ejecución de experiencias, combinando estrategia, creatividad y gestión. Ha desarrollado proyectos en Europa y Latinoamérica. Vive en Madrid.
Cuando era niño en Lima, mi abuelo tenía en su biblioteca un libro de Luis Felipe Angell (Sofocleto) que siempre me llamaba la atención por su portada. No recuerdo exactamente si me lo leí completo, pero sí recuerdo el título: Los cojudos.
Sofocleto tenía la capacidad de convertir una palabra cotidiana en una categoría casi científica. En ese libro diseccionaba al cojudo, le hacía un estudio anatómico. Pero lo más interesante era que el cojudo no existía solo. Frente a él estaba el pendejo, en su acepción peruana.
Porque el pendejo no es necesariamente un delincuente. Es el vivo, el que sabe sacarle la vuelta a las reglas, buscar la manera de sacar ventaja, aprovecharse de la situación y, sobre todo, no quedar como cojudo. El cojudo, en cambio, es el que cumple, confía, paga, espera su turno y termina descubriendo que alguien más se llevó la mejor parte.
Sofocleto planteaba, con su habitual sarcasmo, una especie de equilibrio permanente entre ambos: una sociedad hecha de cojudos y pendejos donde unos hacen posible la existencia de los otros. Lo que sí le faltó inventar fue esa categoría que en Perú se ha utilizado, por ejemplo, para denostar a los antifujimoristas en tiempo de elecciones: el cojudigno. Esa mezcla de dignidad e imbecilidad que nace cuando reclamar decencia empieza a parecer una forma estúpida de vivir. Sin embargo, con los años he empezado a pensar que quizás esta broma encierra una verdad bastante menos graciosa.
Porque hay algo profundamente cínico en vivir en una época donde los pendejos se salen con la suya y la impunidad se exhibe como un trofeo. Nos hemos acostumbrado tanto a que las reglas del juego estén trucadas, que ya no nos sorprende ver a un político justificar un escándalo con un chiste, a un excalde saltándose la prohibición de ser reelegido con una finta legal, o al millonario de turno saqueando recursos del planeta mientras se cometen genocidios y se normaliza la aniquilación de pueblos enteros.
Y quizás el problema no sea que haya demasiados pendejos. Quizás sea que cada vez quedan menos cojudos dispuestos a seguir jugando limpio.
Escribo esto desde Madrid, pagando alquileres imposibles en barrios donde la gentrificación devora la identidad local. Aquí conviven la infravivienda y la suciedad institucional con el café de especialidad a seis euros y los nómadas digitales con ordenador de última generación. Y confieso que yo mismo habito esa contradicción. Vivo en una ciudad que se ha convertido en mi refugio, mientras veo cómo a quienes siempre vivieron aquí les cuesta cada vez más seguir viviendo en esta ciudad. Me indigna la gentrificación, pero también formo parte de ella. Me indignan ciertas desigualdades, pero disfruto de muchas de las comodidades que ese mismo sistema produce. Y claro que me indignan muchas de las cosas que hace la derecha, pero también me empieza a cansar una izquierda que parece más preocupada por demostrar que está moralmente del lado correcto que por preguntarse por qué tanta gente ha dejado de querer escucharla.
Escribir indignado sobre el fascismo o el capitalismo salvaje a golpe de tuit desde un departamento recién renovado es, en cierta medida, el deporte preferido de una progresía que a veces confunde la decencia con el postureo moral. Porque es muy fácil sentirse del lado correcto cuando uno puede permitirse vivir de acuerdo con sus principios. Y luego nos sorprendemos de que la gente se harte.
¿Cómo no hartarse de un autoproclamado comité de ética que te mira por encima del hombro mientras te explica cómo tienes que vivir y te conmina a reciclar, a pagar impuestos y a consumir responsablemente cuando el sueldo no te alcanza para llegar a fin de mes?
El problema no es que esas preocupaciones sean falsas. El problema es la condescendencia. Pretender que la gente admire unas reglas que quienes tienen dinero, poder o contactos parecen no tener que cumplir. Y esa desconexión es el abono perfecto para el desastre.
Porque mientras nos entretenemos con el debate cultural de salón, el tablero real se pudre.
En Perú, las etiquetas europeas de izquierda y derecha hacen aguas. No hay partidos políticos consolidados, sino franquicias electorales, maquinarias de clientelismo y mercaderes que compran siglas para saquear el Estado o blindarse judicialmente. Entre los esperpentos municipales y los candidatos convertidos en virales de TikTok, la política se ha convertido en un reality show donde los mismos de siempre manejan lo público como una hacienda privada. Hacen lo que les da la gana porque se saben intocables, bajo una premisa sencilla: las leyes son para los tontos y los vivos mandan.
Durante mucho tiempo he pensado que esto era una patología tropical, una consecuencia casi inevitable del subdesarrollo político de América Latina. Pero basta mirar alrededor para entender que no es así. Ahí está Alemania, el país que más caro pagó su propia lección histórica sobre el horror totalitario, viendo cómo la extrema derecha arrasa en las urnas en Sajonia-Anhal. Ver a un partido considerado un peligro para la democracia surfeando la ola del descontento en el país del “cordón sanitario” demuestra hasta qué punto el miedo a la historia puede llegar a desaparecer.
Y aquí lo verdaderamente incómodo: no deberíamos mirar estos movimientos como si fueran un virus exógeno, un OVNI que cayó de repente sobre sociedades que se han vuelto locas. Es mucho más fácil pensar que quienes votan a la extrema derecha son simplemente racistas, ignorantes o fascistas, porque eso nos permite dormir tranquilos. Pero la realidad es otra, esos votos no vienen de la nada. Son también el resultado de años de frustración, de pérdida de poder adquisitivo, de instituciones que no responden y de una clase política que ha dejado de ofrecer soluciones convincentes a problemas muy concretos.
Cuando una persona siente que el sistema no funciona, empieza a perder el respeto por el sistema. Y cuando deja de creer que las reglas son iguales para todos, también deja de verlas como algo que merece defender. De ahí es donde aparece el voto de ruptura.
Da igual que hablemos de Donald Trump, Ayuso, Bukele, Milei, Fujimori o del auge de la extrema derecha en el corazón de Europa. Las historias son distintas, las ideologías también y sería absurdo meterlas a todas en el mismo saco. Pero hay un síntoma que se repite: la gente está harta de que le digan que confíe en instituciones que llevan años demostrando que no saben, o no quieren, resolver sus problemas.
Ante este panorama, es perfectamente legítimo que a uno le den ganas de mandar la democracia a la misma mierda. ¿De qué sirve este tinglado? ¿De qué sirve votar si lo que hacemos es reciclar a los mismos parásitos? ¿De qué sirve respetar las reglas cuando quienes tienen poder parecen estar permanentemente por encima de ellas? La respuesta a este hartazgo no debería ser entregar el poder a quienes prometen quemarlo todo.
Pero tampoco sirve responder al descontento con sermones. Decirle a millones de personas que son ignorantes, racistas o reaccionarias porque votan contra el sistema no va a hacer que vuelvan a confiar en él. Al contrario, y es por eso que aquí toca también hacer autocrítica.
El trabajador que vota a la extrema derecha buscando romper con todo puede estar firmando su propia sentencia. Sí. Pero lo hace, muchas veces, porque desde el otro lado llevan demasiado tiempo ofreciéndole exclusión, condescendencia y superioridad moral.
Quizás el verdadero desafío no sea convencer a la gente de que vuelva a confiar en el sistema. Quizás sea construir un sistema en el que confiar vuelva a tener sentido. Porque el problema del cojudigno no es que sea digno. Es que una sociedad que convierte la dignidad en cojudez termina premiando a los pendejos. Entonces el problema ya no es quién esté ganando las elecciones. El problema es que hemos dejado de creer que vale la pena jugar limpio.
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