Un libro de 2007 ayuda a entender los Estados Unidos de hoy
En 2007, cuando Donald Trump era todavía un excéntrico personaje televisivo, Al Gore publicó The Assault on Reason. Su tesis, puesta en sencillo, es esta: una democracia se debilita cuando la conversación pública deja de girar en torno a hechos y empieza a moverse por emociones manipuladas y desinformación. Gore escribe mirando al gobierno de George W. Bush, pero su diagnóstico suena, hoy, como una explicación de origen de muchas cosas que asociamos al trumpismo.
Gore no está diciendo que en política todo era racional y puro (nunca lo fue). Lo que advierte es algo más básico: para discutir y decidir como sociedad necesitas un piso común, una idea compartida de “qué pasó” y “qué sabemos”. Si ese piso se rompe, la deliberación se vuelve un espectáculo. Y cuando el debate se transforma en espectáculo, quienes ganan no son necesariamente quienes tienen mejores argumentos, sino quienes activan mejor el miedo, el enojo o la indignación.
Gore no está inventando la pólvora. Su argumento conversa con una tradición larga que viene, por ejemplo, de Popper y su defensa de una “sociedad abierta” sostenida por la crítica racional y el rechazo al dogma; de Arendt y su obsesión por cómo la mentira sistemática erosiona la vida pública hasta “desfactualizar” la realidad; y de Habermas, cuando describe la esfera pública como el espacio donde los problemas comunes deberían discutirse con razones —y cómo ese espacio se degrada cuando se vuelve rehén de propaganda y medios convertidos en espectáculo. Lo interesante del libro de Gore es que aterriza esos conceptos en el Estados Unidos contemporáneo y los vuelve reconocibles en escenas, decisiones y relatos concretos que ayudan a entender mejor el deterioro democrático que vive hoy ese país.
El primer eje del libro es la “política del miedo”: después del 11 de septiembre, Estados Unidos quedó herido y asustado, y, según Gore, el gobierno de Bush aprovechó ese clima para instalar narrativas de amenaza permanente y empujar decisiones gigantescas con poca discusión real. El ejemplo más conocido es la invasión a Irak, vendida con pretextos que luego se desmoronaron, como la supuesta existencia de armas de destrucción masiva. El punto de Gore no es solo que “se mintió”, sino lo que la mentira produce: si la ciudadanía vive en alerta constante, preguntar se vuelve sospechoso y disentir parece traición. En ese ambiente, el poder se concentra y los contrapesos —Congreso, prensa, opinión pública— pierden fuerza.
El segundo eje es la “política de la riqueza”: cómo el dinero y los intereses corporativos pueden torcer la agenda pública. Gore sostiene que, bajo Bush, se favorecieron políticas económicas pensadas para beneficiar a élites y grandes empresas, y que eso también fue parte del “asalto a la razón”: no porque defender intereses privados sea novedoso, sino porque se hace a costa de evidencia y bienestar común. En este terreno, el caso del cambio climático es ilustrativo: en lugar de actuar con la información científica disponible, se empujaron estrategias para retrasar decisiones, sembrar dudas y proteger a la industria fósil.
Para que esa operación funcione, además, se necesita un ecosistema informativo que no contraste, sino que amplifique. Gore describe cómo ciertos medios ayudan a convertir la política en entretenimiento sectario: no te invitan a entender un problema, sino a “elegir bando”. Así se crean burbujas donde cada grupo consume su propia versión de la realidad y el país se fragmenta en audiencias que ya no se hablan, solo se gritan.
El libro también mira el costo democrático del secretismo y la vigilancia masiva. Tras el 11-S, se expandió la capacidad del Estado para vigilar en nombre de la seguridad (por ejemplo, con el Patriot Act). Gore llama a esto un “asalto al individuo”: no solo por la pérdida de privacidad, sino porque aumenta el poder arbitrario y debilita la rendición de cuentas. Cuando el gobierno decide mucho en la sombra, la ciudadanía no puede evaluar, ni corregir, ni exigir responsabilidades.
George W. Bush no “inventó” a Trump, pero ayudó a preparar el terreno por el que Trump después corrió. Varias prácticas que con Bush se normalizaron, con Trump se institucionalizaron a niveles tóxicos: el miedo al terrorismo mutó en pánicos antiinmigrantes y antiwoke; el desprecio al multilateralismo se asentó; las “mentiras convenientes” se volvieron “hechos alternativos”; la desconfianza en la prensa y el desprecio por la ciencia crecieron como identidad política. Trump no creó la desinformación: la heredó y la potenció a niveles inimaginables.
Por eso The Assault on Reason mantiene su vigencia: sigue siendo una brújula para entender el desconcertante presente de un país que solía enorgullecerse de ser la democracia más sólida del mundo. Una democracia no se derrumba solo con tanques o golpes de Estado, también lo hace cuando se pervierte el debate público y la verdad deja de ser importante.
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