El congresista Christian Aranda demostró que todo vale cuando se trata de hacerse famosito
Esta semana se hizo famoso el diputado arequipeño, Christian Aranda, que llegó al Congreso peruano en las filas de Renovación Popular. Hasta hace nada lo conocían en su barrio y poco más: en 2022 había postulado sin éxito para regidor con el movimiento Arequipa Transformación, y era un político joven con aspiraciones que protagonizaba algún debate de vez en cuando. En estas elecciones alcanzó una curul gracias al arrastre del partido de López Aliaga y a los 15.927 votantes que marcaron su número como opción preferencial. Eso equivale al 2 % de los votantes arequipeños y al 0,08 % del total de votantes a nivel nacional. En redes sociales, si tienes menos de 20 mil seguidores se te considera un microinfluencer, y en la política ocurre más o menos lo mismo. Es decir, con esos números no eres nadie muy importante ni relevante.
Esa realidad cambió para Aranda el día en que decidió convertirse en una suerte de superhéroe del niño no nacido e interferir en un aborto terapéutico que se estaba evaluando en un centro de salud en Abancay. Según palabras del diputado, que ha salido a gritar a los cuatro vientos que gracias a él se ha salvado una vida, personas cercanas a la paciente se acercaron pidiéndole que interfiriera ante el centro de salud, porque la estaban presionando para que se sometiera a dicho procedimiento. Como sabemos, el aborto terapéutico es legal en el Perú desde hace más de cien años y se practica cuando la vida de la gestante corre peligro, o para evitarle algún mal grave y permanente. En ningún caso se realiza sin la autorización expresa de la paciente. Si bien los médicos tienen la obligación de explicarle a una mujer que su vida está en riesgo si continúa con un embarazo que le hace daño, de ninguna manera pueden obligarla ni coaccionarla para que se someta a un aborto. Así que, ya de plano, esa actitud de salvador que asistió a una madre en peligro es bastante dudosa. Pero vamos a darle el beneficio de la duda: vamos a pensar que, efectivamente, la paciente buscó al congresista elegido por Arequipa para que interfiera ante un centro de salud en Abancay. Si las cosas son como él dice, ¿por qué expuso el caso en sus redes sociales? ¿Por qué publicó en su cuenta de X el oficio en el que pedía explicaciones al centro de salud (y en el que originalmente se leía el nombre de la paciente)? ¿Por qué, sabiendo que era un tema delicado, que comprometía la privacidad de una familia que está pasando por un momento doloroso, lo expuso públicamente como si estuviera fiscalizando que parchen un hueco de la pista o que no vendan emoliente en la calle?
La respuesta parece estar en el chicharrón, no en el chancho. El diputado Aranda nunca estuvo preocupado por la vida que dice haber ayudado a salvar, ni por la madre a la que, supuestamente, ha librado de una operación a la que la estaban induciendo; lo que quería Aranda eran likes, vistas, titulares. Quería pleito en redes sociales y bulla. Quería toda la atención posible para posicionarse pronto como un político peleón, con nombre propio, que logra diferenciarse de ese grupo algo amorfo y sin ningún interés en el que se ha convertido el parlamento en nuestro país.
Usando las peores armas de la comunicación moderna, ha seguido las técnicas que, para cualquier marketero digital, son de manual: en lugar de tramitar el caso en silencio, a través de canales institucionales y discretos, publicó en X su gesta salvadora sabiendo que iba a desatar una ola de críticas e indignación. Para aumentar el efecto deseado, usó un lenguaje polarizante —dijo que «resistió» las críticas porque, según él, su intención era «salvar una vida humana»— que busca dividir a la opinión pública entre un protagonista (él, no el feto) y un antagonista (los caviares, los comunistas, las feministas), y, por supuesto, ha arrastrado el debate al terreno moral y religioso invisibilizando lo que debería ser una decisión médica. Lo que hemos visto en cada post en sus redes sociales, en cada presentación o entrevista, es la aplicación de una fórmula: el uso de la misma arquitectura narrativa que usan los videos virales de rescates o gestos heroicos, y con eso ha generado una reacción lo suficientemente fuerte —a favor y en contra— con la que consiguió hacerse visible.
Lo terrible de esta situación es que estamos ante un tipo de político capaz de usar cualquier cosa en beneficio de su popularidad y su carrera. A Aranda le da exactamente lo mismo la salud de la madre, la vida de un niño, la integridad del sistema de salud e incluso su proclamado cristianismo. No hay en su discurso ninguna preocupación real por el bienestar de nadie. Lo que hemos visto en estos días, y que seguiremos viendo de maneras cada vez más burdas y torpes, es una política que se construye sobre el atropello de la dignidad humana y el despliegue de una falsa moral puesta al servicio del escándalo.
El diputado de Renovación Popular, Christian Aranda, ya dejó en claro que si es necesario pisotear la ley, abusar de las prerrogativas de su cargo y usar a los ciudadanos, lo hará sin pestañear, porque desde su perspectiva de político influencer, todo, absolutamente todo, incluso el dolor ajeno, se transforma en insumo narrativo cuando se trata de construir un relato destinado a hacerse viral.
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