Una playlist para reflexionar sobre la voz y sobrevivir al tráfico

Santiago Campodónico Baca (Lima, 2000) es escritor y comunicador cultural. Estudió Literatura y Escritura Creativa en la Universidad de Navarra y tiene un máster en Cultura Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y editor en proyectos relacionados con la literatura, el teatro, la música y las artes visuales, con especial atención a la crítica y la divulgación.
Para mí, volver a Lima significa, entre otras muchas cosas, volver a la Javier Prado y al asiento del copiloto, junto a mi madre, porque me fui del Perú antes de aprender a manejar. El tráfico de la avenida nos estanca, el trayecto a casa es largo, y entonces nos vemos obligados a hacernos las preguntas que llevamos evitando, esas que ninguno de los dos ha aprendido a contestar: ¿Cómo va la vida?, ¿qué hay de nuevo? Yo respondo que bien y ella hace lo mismo. Hay silencio y sé que es mi responsabilidad, como copiloto, romperlo con algo de música.
Siempre fui capaz de llegar a mi madre a través de la música, pero ahora, lo sé, mis gustos son distintos a los suyos. Sé que la puedo horrorizar. Barajo entre mis canciones descargadas y selecciono las que creo que más podrían gustarle. Resulta que sí encuentra entrañable el falsete de Perfume Genius, se sorprende cuando le digo que The Smiths es una banda ochentera y, con lo que quizá es orgullo o juguetona complicidad, me dirige una tierna mirada cuando pongo algo de Los Mirlos.
He hecho un buen trabajo, pienso, le he dicho algo sobre mí. Pero en la siguiente canción hay algo que la confunde:
—Santi, ¿canta un hombre o una mujer?
La canción es It’s My Fault, de ANOHNI, una de las canciones más bellas de un álbum que de por sí ya es hermoso. ANOHNI es una artista trans. No culpo a mi madre por confundirse —aunque sí culpo a Spotify por tan descaradamente mantener su deadname como feature en todas sus canciones. Y es que no es solo que mi madre sea de otra época; ANOHNI tiene una voz de tenor —culturalmente asociada a una identidad masculina— que en ocasiones extiende con un vibrato al final de sus frases. El resultado, como bien ha descrito la creadora de contenido @yourvocaltrainer, es parecido a un melódico sollozo. Y sollozar no tiene género.
Dicho eso, la pregunta de mi madre sí me hizo pensar. ¿No es la voz, acaso, una extensión de nuestro cuerpo? ¿No han estado su timbre, su rango y su volumen siempre asociados a uno u otro género? Lo que una voz proyecta —y cómo intentamos modularla para adecuarla mejor a lo que buscamos— es performativo.
Aquí he de admitir que no soy la persona mejor calificada para comentar este tema: soy un hombre cis, y el único ejemplo que puedo dar es el de sentirme desdeñado en el coro del colegio porque, me decían, cantaba como niña. Por suerte para mí, existen increíbles artistas que exploran este conflicto. Centrarme en ellos (y recomendarlos) es lo mejor que puedo hacer.
SOPHIE, por ejemplo, (en paz descanse) tenía una voz bañada en Auto-Tune y un timbre prácticamente indistinguible al de las artistas pop de la época. Después de escuchar una canción como Immaterial, cuestionarse su identidad de género era una estupidez. Artistas como Jane Remover, por otro lado, optan por una voz más andrógina, dejando que sea su actitud la que hable. En ambos casos, lo que prima es la autodeterminación: la potestad de elegir la voz que mejor les sienta, libres del bagaje que se les ha asignado. Algo de lo que todos podemos aprender.
Quizá la frase que, para mí, mejor ha puesto esto en perspectiva es la que dijo el youtuber Alexander Avila en un video sobre su infancia. Él, igual que yo, era un chico del coro. Traduzco y cito: «No quiero que mi voz sea rehén de los miedos de mi yo de quince años».
La autenticidad, muchas veces expresada en el canto, es y siempre ha sido un acto de rebeldía.
—Canta una mujer —le digo a mi madre.
Ella sonríe. No lo entiende del todo, pero los años no le han robado la curiosidad. Por un segundo, creo escuchar su semblante: tiene un tono que encuentro amable, comprensivo. Entonces recuerdo la vergüenza que sintió cuando, años atrás, creyó que una canción de Rihanna la cantaba Justin Beiber. Quiere aprender algo de mí y yo quiero creer que ella es, al menos hoy, la voz de su generación, y que sabe que el modo más fácil de distanciarnos es no decirnos nada.
Ahora sí quiero conversar. Y mientras estemos en la Javier Prado tendremos tiempo de sobra.
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