Quisiera ser un dodo


Un gigantesco estudio mapea la confianza hacia la ciencia en el mundo


“Si fueras un ave, ¿qué ave serías?”, preguntó Jolie, la chispeante guía de la caminata que, para restaurar cuerpo y alma, emprendíamos religiosamente cada mañana. Éramos un pequeño grupo de mujeres paseando meditabundas por las riberas del río Severn, en las colinas galesas, entre ovejas huidizas y halcones que nos observaban desde lo alto.

“Un águila pescadora”, dijo la más osada.
“Un colibrí”, sonrió la más joven y coqueta.
“Un gavilán”, susurró la tercera, con aire astuto.
“Yo… un pájaro viajero”, me oí decir, “quizá un albatros que no teme a los vientos”.

“¿Y tú, Jolie?”, coreamos contentas.

“Quisiera ser un dodo”, exclamó ella, evocando la imagen de aquella famosa ave robusta y torpe (Raphus cucullatus), originaria de la isla Mauricio, cerca de Madagascar, exterminada por los humanos hacia 1662 y convertida desde entonces en un símbolo clásico de la extinción causada por la actividad humana.

“Pero los dodos están extintos hace siglos”, repliqué inmediatamente.
“¿Cómo lo sabes?”, me preguntó Jolie.
“Lo dice la ciencia”, contesté sin titubear.
“Yo no creo en los científicos”, afirmó ella, segura.

Su respuesta me dejó sin palabras. Recordé entonces el célebre pasaje de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll: allí, el Dodo es uno de los personajes que Alicia encuentra tras caer en la madriguera. ¿Acaso Jolie, como Alicia, se había quedado atrapada en un país de maravillas, un mundo de giros inesperados? Porque, en pleno siglo XXI, creer que el dodo sigue vivo es como pensar que un Tyrannosaurus rex aún corre por las llanuras de Norteamérica.

Sin embargo, en los últimos años, a medida que personajes abiertamente anticientíficos han llegado a posiciones de poder, se percibe cierta desconfianza pública hacia la ciencia. Por momentos parece que un sector de la población, como Jolie, ha adoptado una nueva fe: no creer en los científicos. ¿Será esa una tendencia generalizada y global?, me pregunté en silencio, aún sorprendida por su reacción.

Investigadores de la Universidad de Bath, en el Reino Unido, acaban de publicar un fascinante estudio en Nature Human Behavior, realizado en 68 países que representan el 79 % de la población mundial, algo inédito porque, hasta ahora, la percepción sobre la ciencia se había medido principalmente en países del Norte Global.

El estudio, basado en encuestas en línea a casi 72.000 personas, midió la confianza en los científicos en una escala de 1 (muy baja) a 5 (muy alta). El promedio global fue 3,62 (confianza mediana) y concluye que, en la mayoría de los países, la mayoría de las personas confía en los científicos. El ranking tiene sorpresas: los habitantes de Egipto y la India encabezan la confianza; en el extremo opuesto se hallan Albania y Kazajistán. Perú se ubica en la mitad de la tabla, por debajo de Argentina, Brasil o Chile, pero por encima de Alemania o Suiza. El 57 % de los encuestados cree que la mayoría de los científicos son honestos; el 56 % considera que se preocupan por el bienestar humano; y el 75 % confía en que los métodos de la investigación científica son el mejor instrumento para descubrir si algo es verdadero o falso.

Los investigadores hallaron niveles más altos de confianza en ciertos grupos demográficos: mujeres, residentes urbanos, personas con ingresos altos, orientación liberal o inclinación política de izquierda. Por el contrario, ser hombre, conservador y tener un alto “Dominio Social de la Desigualdad” (SDO, por sus siglas en inglés), es decir, la predisposición a aceptar y legitimar jerarquías sociales y desigualdades, se correlaciona con menor confianza en los científicos. ¿Les suenan algunas campanas?

Algunos hallazgos desafían prejuicios comunes. Por ejemplo, no se encontró evidencia de que la confianza sea mayor en países con altos niveles de educación superior, alfabetización científica o mayores gastos gubernamentales en educación. Tampoco que, a mayor religiosidad, haya mayor desconfianza en la ciencia. Esto parece cumplirse en países del Norte Global, pero no en el resto del mundo. Solo el 29 % de las personas cree que la ciencia contradice su religión. En países musulmanes como Turquía, Bangladés y Malasia, la confianza incluso se asocia positivamente con la religiosidad. De hecho, el Corán incluye numerosos pasajes que promueven la búsqueda del conocimiento y la observación de la naturaleza como mandato divino.

Un dato interesante es que existe alta confianza en la ciencia en países con altas desigualdades de ingresos y alta corrupción: aquí, como en algunos países de América Latina y el África subsahariana, los investigadores sugieren que las personas pueden percibir a los científicos como una alternativa confiable frente a gobiernos y élites políticas y económicas que consideran corruptas. 

El estudio inglés me trajo cierta tranquilidad. Descubrí además que anteriores encuestas internacionales han encontrado que la ciencia y los científicos son altamente valorados por el público global y que grandes mayorías consideran que las inversiones gubernamentales en investigación científica generan beneficios para la sociedad y considera importante que su país sea líder en logros científicos. Esto no nos exime, por supuesto, de revisar, corroborar y cuestionar los resultados de la investigación científica y, especialmente, saber quién la financia. 

¿Deberíamos preocuparnos por la opinión de personas como Jolie? Parece que sí. Una minoría del 10 % puede ser suficiente para cambiar la opinión de la mayoría, y cuando se alcanza un valor de masa crítica del 25 %, la opinión de la mayoría puede inclinarse. El equipo inglés advierte que las minorías desconfiadas pueden influir en la consideración de la evidencia científica en la formulación de políticas, como ocurre con figuras públicas que cuestionan la vacunación o niegan el cambio climático, así como en las decisiones individuales que pueden afectar a la sociedad en general, especialmente si reciben amplia cobertura mediática o incluyen a personas en posiciones de poder.

Yo solo espero que Jolie tenga razón en querer ser un dodo, pero no por razones anticientíficas, sino por todo lo contrario: porque hoy, gracias a la ciencia, ya hay laboratorios, como Colossal Biosciences, que prometen “resucitarlo” a partir de material genético. Quizá el dodo no vuelva tal cual era, pero su posible regreso simboliza algo mayor: que la ciencia también puede reparar, en parte, lo que la humanidad destruyó. Y que para lograrlo necesitamos, justamente, seguir confiando en ella.  


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1 comentario

  1. Gonzalo Fernando Llosa

    Dando en el clavo, como siempre, en una coyuntura global difícil para la ciencia y con líderes poderosos que necesitan acabar con ella para instalar sus mentiras sin refutación.

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