48 entrevistas (y sumando) nos revelan cómo escriben los que escriben
Tengo una página que se llama Desde el escritorio, donde le hago las mismas siete preguntas a escritores para saber cómo escriben. Las preguntas se repiten, las respuestas no. Con el mismo cuestionario, lo que aparece es un catálogo de formas de trabajar (y de sobrevivirle al trabajo). Ya voy 48 entrevistas, y si uno las lee seguidas, la idea del escritor con mesa perfecta, rutina y musa queda bastante lejana.
Para empezar, hay varios escritores sin escritorio. Dany Salvatierra escribe como quien anda con el texto en la mochila: aeropuertos, restaurantes vacíos, incluso oficinas; lo único innegociable es que haya silencio, aunque esté rodeado de gente. Sara Jaramillo huye del escritorio porque le impone solemnidad y “burocracia”, así que escribe recostada, mirando árboles. Mariana de Althaus es pura logística, sin escritorio fijo, escribe donde pueda durante el día: mesa del comedor, cama, café y hasta en el carro mientras espera que su hijo salga del colegio. Amy Fusselman también se desplaza dentro de su propio departamento según la vida familiar lo permita: pasó del escritorio al cuarto con puerta cerrada y luego al sillón; y confiesa que, si se sienta en un escritorio, siente que está “trabajando”, y ese es justo el clima que no quiere. Gianni Biffi sí tiene un escritorio, pero con una máquina de escribir; necesita estar lejos del internet porque, si no, termina viendo cualquier cosa en menos de cinco minutos. Y Fernando Gonzales Olaechea cierra el asunto con una frase útil: el lugar no es un lugar, es un estado; puede aparecer en el escritorio o en una pausa caminando o en el asiento de un auto.
No hay consenso respecto a los sonidos alrededor. Giovanna Pollarolo quisiera silencio absoluto, pero en Lima eso es ficción: bocinas, motos, taladros, martillos. Alejandro Neyra escucha música según lo que esté escribiendo. Eduardo Adrianzen no le teme al ruido: en cafeterías trabaja con conversaciones ajenas y música de fondo. Gonzalo Rodríguez Risco tiene audífonos con “sonidos blancos”. Jeremías Gamboa es del grupo que no funciona sin música: busca la canción que empuje la emoción correcta y la repite hasta el cansancio, incluso arma playlists por “zonas” del libro. María Luisa del Río, en cambio, tiene una gran paradoja: es DJ, vive rodeada de música, pero para escribir prefiere apagarla. El detalle limeño inevitable: vive en Larco, así que su “silencio” viene con tráfico incorporado.
Con la pregunta sobre supersticiones, casi nadie admite tenerlas, lo que aparecen son métodos para arrancar. Lorenzo Helguero necesita una manía mínima y rarísima: para escribir se pone las zapatillas bien amarradas, como antes de un partido de fútbol. Gabriela Wiener se mueve por presión: el deadline como motor principal, y alrededor una escenografía de libros para “contagiarse”. Kathy Serrano lo baja al terreno material: papel sin cuadritos ni líneas, blocks de distintos tamaños, tinta y lápices que se sientan bien en la mano; el texto empieza, a veces, por la textura. Pilar Quintana dice que los rituales son un lujo que se acaba cuando la vida se complica: con un hijo, la casa ordenada y el cuaderno especial dejaron de ser condición. Carlos Enrique Freyre no habla de amuletos sino de reloj: tiempos, cumplimiento, disciplina propia de su vocación militar. Yael Frankel tiene innumerables rituales antes de ponerse a trabajar (preparar mate, abrir y cerrar la heladera muchas veces, hacer pis, responder mails, etc, etc, etc.)
¿Y cuánto de la historia tienen claro antes de empezar a escribirla? Maria José Caro arranca con una imagen o idea, escribe un primer párrafo y recién ahí decide ruta, porque escribir es descubrir. Malu Furche prefiere apenas líneas generales o imágenes y se obliga a no apegarse: la historia encuentra su forma en el camino. Renato Cisneros se define como híbrido: ni brújula ni mapa; no quiere esquemas que rigidicen el relato, pero tampoco se entrega a pura intuición, así que trabaja con notas previas hasta que aparece el germen del libro. Leydy Loayza vive con una imagen persistente que la acompaña (a veces hasta en sueños) y, a la vez, maqueta una estructura que sabe que cambiará, porque la reescritura suele demorar más que la escritura. Teresa Ruiz Rosas no empieza si no hay obsesión: el resto —personajes, espacios, lenguaje— aparece al escribir. Rafael Dumett necesita lo contrario: plan exhaustivo, formulado con acciones claras, con la conciencia de que puede alterarlo si encuentra una idea mejor. Mayte Mujica se queda en lo mínimo: una imagen que se vuelve párrafo, personajes, una primera impresión; cualquier plan rígido se le cae rápido.
En lo que sí parece haber consenso es que la disciplina le gana a la inspiración. Santiago Roncagliolo directamente no cree en la inspiración, cree en sentarse y escribir. Christiane Felip Vidal no parte de “musa”, sino de acumulación: frases oídas, rostros, olores, notas en libretas y papelitos; luego se sienta y arma el rompecabezas. Juan Carlos Cortázar define la inspiración como sorpresa —eso que no encaja— y la disciplina como el canal que evita que esa sorpresa se pierda. Enrique Planas cree en la inspiración solo como ese instante en que, tras vueltas y distracciones, dos elementos conectan y empiezan a tramar algo; el trabajo es ponerlo en palabras. Ezio Neyra apuesta por la disciplina: incluso si un día se produce poco, se mantiene trabajando, revisando o proyectando lo que sigue. Carlos Yushimito deja que gane la indisciplina inspirada. Roxana Crisólogo Correa intenta sostener el ritmo aunque sea media hora diaria desde el teléfono y recuerda algo clave: el tiempo para escribir es un privilegio.
En reescritura hay otro claro consenso: ahí se decide el texto. Hugo Coya dice que es el momento en que el texto se vuelve honesto y deja ver repeticiones, frases lindas pero vacías, incongruencias. Katya Adaui lo lleva al extremo: reescribir es, básicamente, lo que hace; es lo más exigente y por eso lo que más le gusta. Irma del Águila necesita papel: imprime, anota, subraya, lee en voz alta, y recién vuelve a la pantalla. Daniel Hidalgo lo plantea como artesanía: primero se amasa, luego se da forma; reescribe al cerrar borradores, al volver a archivos “fermentados”, al publicar, al reeditar. Ricardo Sumalavia reescribe recién en la corrección del primer borrador. Mario Bellatin sugiere que todo lo que llega al lector ya es reescritura, y que él no deja de reescribir ni después de publicar. Claudia Piñeiro marca el límite: lo publicado ya está publicado; no lo toca porque también es un registro de quién era cuando lo escribió. K. Luy de Aliaga muestra la versión más cruda: borrar casi todo un manuscrito, quedarse con el “germen”, retomar meses después, reescribir o abandonar; todo puede pasar.
Los consejos finales cierran el círculo. Gustavo Rodriguez pide olvidarse de impresionar a cualquiera y escribir con autenticidad. Karina Pacheco insiste en leer muchísimo. Giacomo Roncagliolo desafía esa idea: si hay pocas horas libres, él las dedicaría a escribir; considera que se aprende, sobre todo, escribiendo. Marco García Falcón recomienda escribir por urgencia y no por moda. J.J. Maldonado propone aprender estructura y narratividad desde los videojuegos y desconfiar de lo que mata el instinto. Grecia Cáceres recuerda que escribir es ingrato y solitario, que los frutos no son inmediatos, y que conviene perseverar sin obsesionarse con publicar. Jhemy Tineo lo dice sin anestesia: menos excusas y más escritura. Y Eduardo Gonzalez Viaña nos da el mejor cierre posible: escribir, sin pensar tanto en consejos de tontos como yo.
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Hermoso recorrido, aunque algunos parece que quieren “formalizar” un modelo… pero en realidad no tienen formato ni modelo, ni deberían tenerlo solo que no se animan a contarlo…