¿No es curioso que quienes defienden que fuimos un “reino” no llevan apellido autóctono?
En estos tiempos, la derecha radical en ambos lados del Atlántico cuestiona si la relación entre España e Hispanoamérica fue el de “colonias”, porque en aquel momento a los territorios conquistados en América se les conoció nominalmente como “reinos” y “virreinatos”. Me parece una manera muy problemática de relacionarse con el pasado, teniendo en cuenta, sobre todo, los legados de desigualdad que perduran hasta ahora y que surgieron de esta relación entre España y sus dominios.
Cada mes de octubre, al acercarnos a la conmemoración de la llegada de Cristóbal Colon a las Antillas en 1492, el debate cobra renovadas fuerzas y desata una intensa discusión sobre el pasado, a veces imbuida de una virulencia particular, como la experimentada en Madrid en 2024 cuando la Asociación Católica de Propagandistas puso carteles en el metro de la ciudad reivindicando a los conquistadores españoles. Las imágenes aseveraban que no habían sido ni genocidas, ni esclavistas, y algunas fueron vandalizadas para mostrar el mensaje contrario, abriendo de esa manera una conversación sobre el pasado compartido.
Este 2026, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, defendió la presencia española en América, y cuando visitó México hizo lo mismo con la del conquistador Hernán Cortez. Sostuvo que su accionar fue civilizatorio, ya que su intervención trajo la lengua castellana y la religión católica, además de instituciones como las universidades y los hospitales, y mucha de la infraestructura que hasta ahora perdura. En sus discursos públicos durante su visita al país azteca negó y minimizó la explotación y exterminio de los pueblos indígenas. Llegó, incluso, a asegurar que México no existió como tal antes de la llegada de los españoles, porque el país que ahora existe es el resultado del mestizaje y, según su visión, no existió una cultura anterior.
La respuesta de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, fue tajante. La jefe de Estado considera que ignorar el pasado prehispánico en el continente es tratar de borrar siglos de civilización, y que revivir la conquista como un acto de salvación es una muestra de fracaso ideológico e ignorancia histórica que no toma en cuenta que el mismo rey de España, Carlos I, emitió disposiciones para frenar y limitar las acciones y abusos de los conquistadores. La historia de México y España es sin duda compartida, pero para Sheinbaum es muy necesario reconocer el pasado milenario de su tierra, así como su relación desigual con la metrópoli.
Pero no todos los hispanoamericanos están convencidos de esto. En Perú, el 5 de febrero de este año, Ricardo León Dueñas, colaborador del portal conservador La Abeja, escribió un artículo criticando una entrevista otorgada a la BBC por el premiado autor peruano Gustavo Rodríguez, quien habló del racismo y clasismo peruano haciendo referencia a su última novela que describe la explotación en la Amazonía. León Dueñas respondió a las palabras de Rodríguez diciendo que: “tan no fuimos colonia, a diferencia de Norteamérica, que hubo un profundo mestizaje de toda índole: racial, cultural y religioso. Que algunos sigan repitiendo desfasados discursos anticolonialistas en pleno siglo XXI ya es un tema que merecería un análisis no solo histórico y sociológico, sino psicológico”.
Aquí el enlace: https://www.laabeja.pe/nunca-fuimos-colonia/
En el único comentario a la nota en su página, Carmen L respondió: “siempre fuimos España de ultramar, por eso sienta tan mal que no digamos Hispanoamérica más a menudo. Provincia, no colonia”. Claramente, Díaz Ayuso tiene seguidores de este lado del Atlántico. Aunque cada año el apoyo a esta visión parece crecer, y a pesar de la apariencia novedosa que le da el resurgir de la ultraderecha, esta postura no tiene nada de nueva. Ya en 1951 el pensador y jurista argentino Ricardo Levene argumentó en uno de sus libros que “las Indias no eran colonias”, porque no eran “factorías” sino “provincias, reinos, señoríos y repúblicas”.
Así, desde hace 75 años por lo menos se viene aseverando que como la estructura jurídica y la nomenclatura utilizada no era la de “colonia”, no existía una relación colonial entre la metrópolis y los espacios americanos. Levene presenta ideas que hasta ahora defienden los llamados hispanistas de la ultraderecha: que las Indias no fueron colonias porque así lo expresaban las disposiciones y las leyes, porque fueron incorporadas a la corona de Castilla y León, porque sus naturales fueron iguales en derechos a los españoles europeos, porque los consejos de Castilla y de Indias tuvieron la misma estructura y potestades, y porque las instituciones provinciales y regionales de Indias podían legislar.
Pero esta visión tan legalista, limitada a ver las estructuras, parece ignorar lo más saltante de la relación entre la metrópolis y sus colonias: la desigualdad de condiciones y la dominación de una sobre la otra. El hecho de que el Consejo de Indias tuviera las mismas potestades que el de Castilla, no lo hacía menos instrumento de control del territorio ultramarino, así como dependiente de la voluntad del rey y sus allegados. Las decisiones se tomaban en Madrid o en Sevilla, no en Ciudad de México o en Lima. Las autoridades que representaban al rey en América no se decidían en los cabildos o en los ayuntamientos coloniales. Y lo más resaltante: la relación económica entre el centro y la periferia se organizaba de tal manera que quienes estaban en Europa eran quienes más se beneficiaban.
La relación colonial se establece luego de analizar quién tiene la posibilidad de disponer cuáles serán las estructuras de gobierno, quiénes ocuparan los cargos de importancia y qué regiones se beneficiarían económicamente. En resumen, el lugar desde donde se ejerce el poder. Los estudios decoloniales permiten ver con detalle estas complejas estructuras de dominio, distinguiendo entre el concepto de colonialismo del de colonialidad. El primero describe el control político y administrativo de un territorio sobre otro, mientras que el segundo explica la profunda y duradera estructura de dominación que surge a través de la creación de jerarquías sociales que resultaron en que las poblaciones (más) blancas subordinaran a las indígenas y afrodescendientes. Estos estudiosos aseguran que las condiciones de colonialidad pueden durar incluso hasta después del fin de la relación de dominación.
Como menciona aquí mi compañero de Jugo, Américo Mendoza, tan presente está la colonialidad que hoy, siglos después, tener un apellido autóctono en Perú tiene repercusiones concretas que limitan su acceso a una vida mejor.
Díganme si eso no es consecuencia de haber sido una colonia.
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