La transformación de un economista que solía creer en dogmas

Pedro Naranjo es economista especializado en desarrollo y comunicador político con foco en medición de impacto y gestión de comunicación institucional. Gerente general de Naranjo Consultores y Asociados (Lima), es consultor corporativo con experiencia en el sector financiero, multilateral, gestión pública y dirección de campañas políticas. Bachiller en Economía en la Universidad de Maryland; magíster en Comercio Internacional, Finanzas y Desarrollo de la Barcelona School of Economics; y magíster en Comunicación y Marketing Político de la Universidad Internacional de Valencia.
El otro día mi hijo, que tiene tres años, me dijo con total convicción: “yo sabo todo”.
Me causó mucha gracia. No solo por la ternura del error gramatical, sino por la seguridad con la que lo dijo. Esa frase, así tal cual, tiene algo profundamente humano. Y peligrosamente familiar.
Sin darme cuenta, me vi reflejado.
Cuando empecé la universidad y estudiaba Economía, después del primer ciclo sentía exactamente lo mismo: yo sabo todo. Había entendido los modelos básicos de mercado, las curvas de oferta y demanda, y los principios que se repiten como mantras en el liberalismo más elemental: menos Estado es mejor, más competencia es mejor, menos regulación es mejor. El mercado —libre, competitivo, racional— eventualmente encontraría un equilibrio para todo. Y yo, armado con dos curvas que se cruzaban en un gráfico, tenía respuestas para casi cualquier problema.
Me identificaba como libertario. No por rebeldía, sino por convicción lógica. Todo cerraba, hasta me enfadaba cuando alguien defendía la necesidad del Estado o lo veía involucrado en política. Ingenuo yo, un total yo sabo todo.
Conforme avancé en la carrera, y cuando más tarde hice una maestría en Economía aplicada al desarrollo, esa seguridad empezó a resquebrajarse. No fue una conversión ideológica, sino algo más incómodo: empecé a trabajar en el Estado, en organismos internacionales, y a toparme con la realidad. Y ahí entendí, sin dramatismo pero con claridad, que no sabo nada.
Empecé a entender por qué la respuesta favorita de un economista debería ser siempre “depende”.
¿Menos estado es siempre mejor? Difícil sostenerlo cuando miras los Andes y notas la ausencia de carreteras, de infraestructura básica, de servicios mínimos. Las mineras construyen algunas vías, sí, y son una bendición, pero solo donde las necesitan. Lejos de una mina, la inversión privada simplemente no llega. Organizar a cientos o miles de personas para financiar carreteras, seguridad ciudadana o infraestructura básica requiere acción colectiva, y esa acción suele canalizarse mejor a través del Estado. Hay lugares donde “no hay Estado”, y lo que hay no es libertad, sino abandono.
¿Más competencia es siempre mejor? Volví a Lima y me reencontré con un tráfico que no extrañaba. Tratando de entender el problema, caí en cuenta de algo evidente: nuestro sistema de transporte público no es realmente público. Es un sistema privado de rutas informales, mal concesionadas, con exceso de competencia entre unidades que corren por pasajeros, se cruzan, se detienen en verde y desordenan todo el flujo del tránsito. No conozco muchos ejemplos más donde menos competencia sea mejor, pero este es uno claro. No para generalizar, sino para recordar que “depende”.
¿Menos regulación es siempre mejor? Aquí también aprendí a desconfiar de los absolutos. Estudié el proceso de regulación de armas en Estados Unidos y cómo la ausencia de mejores regulaciones produce tragedias de manera recurrente. Trabajé en el sistema financiero peruano y entendí cómo un alto nivel de regulación prudencial permite tener un sistema estable, con bajo riesgo sistémico, que protege los ahorros de todos. Conceptos como externalidades y riesgo sistémico dejaron de ser teoría y se volvieron herramientas para entender por qué, en algunos sectores, regular no es una distorsión sino una condición de funcionamiento sostenido.
Algo similar entendí con el debate sobre cuotas de género. Uno de los principios que repetía de joven era que las cuotas distorsionan el mercado. Y, en abstracto, es cierto. Pero esa afirmación ignora un dato clave: el machismo no es neutral, es una realidad cultural que ya opera como una cuota de facto. Desde una mirada liberal, las cuotas de género pueden entenderse, no como privilegios arbitrarios, sino como contracuotas, ajustes temporales para corregir una falla del mercado y permitir que el talento compita en condiciones más justas.
¿El mercado lo puede solucionar todo? Todavía sigo esperando las vacunas privadas contra el COVID. En esa crisis, fueron estados los que organizaron equipos técnicos, negociaron desde posiciones de poder y lograron traer vacunas. Era un problema logístico, no ideológico. También quedó claro que depender de un sistema público precario —y de un privado que no invirtió lo suficiente— nos dejó profundamente desprotegidos: faltaban camas, faltaba infraestructura, faltaban redes de protección social. Los países que pudieron quedarse en casa más tiempo no lo lograron por la magia del mercado, sino porque tenían sistemas públicos robustos.
Hoy ya no me identifico como libertario. Pero sí me identifico como liberal. Para mí, el problema no es que el sistema esté diseñado para producir injusticias y deba ser derribado, sino que es un sistema que tiene fallas que deben corregirse. Y muchas de esas correcciones empiezan por escuchar las críticas del mundo antisistema, no para destruirlo todo, sino para reconocer problemas reales que no pueden seguir ignorándose.
Hoy no sabo nada tampoco. Y eso está bien. Porque entender economía no es memorizar principios, sino aprender a usarlos con cuidado. Los modelos son mapas, no el territorio. Cuando uno quiere resolver problemas reales —y, sobre todo, problemas públicos— no basta con repetir dogmas. Hay que estudiar el caso, entender el contexto, escuchar otras miradas y aceptar que lo importante no es la coherencia ideológica, sino las consecuencias: los resultados. Hay que prepararse mucho para solucionar un problema, y poco para defender una idea simplificada.
Quizás por eso, cuando mi hijo dice “yo sabo todo”, sonrío. Porque sé que es una etapa. Y porque recuerdo que, en el fondo, todos empezamos ahí.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe
Yo no soy liberal como tú, Pedro. Sin embargo, tu artículo me ha gustado mucho! .
Los temas que has tocado, el rol del Estado, problemas estructurales como la salud, el enfoque de género y sistemas públicos robustos, siempre producen contradicciones mil; pero tú los has tratado de una manera didáctica, coherente, sensible y racional en sus soluciones.
La situación en que vivimos exige de deliberar los temas de fondo como lo has hecho. Y, como alguien dijera hace poco (sin ser economista), la generación de riqueza exige de institucionalidad y de ley. De lo contrario, el Bien Común no está garantizado.
Estimado Pedro Naranjo, me gusta mucho tu razonamiento y concuerdo contigo que los dogmas no son infalibles o verdades absolutas.
Ojalá que personas con tu criterio y forma de pensar lleguen a ser autoridades en todos los campos y no busque un cargo público como botín y provecho personal, sino sea gente honesta y preparada que ponga su cuota de contribución para lograr el desarrollo de nuestro querido Perú.
Un abrazo!