Cegados por la luz


Crónica de un viaje tras un largo encierro


Soy un tipo que no tiene logros académicos que mostrar, digamos que un islote rodeado por una corriente de magísteres y doctores. Si me dejan presumir, solo podría hablar de los libros que he leído y de los viajes que he tomado. Aunque el estricto encierro al que me sometí por la pandemia me hizo volver a leer como no lo hacía desde la adolescencia, los libros solo saciaron de manera parcial mi glotonería por conocer la vida fuera de mis fronteras y por ello, apenas mi novia y yo nos encontramos vacunados, pactamos volver a las andadas: calculamos finanzas, separamos una parcelita de tiempo, canjeamos millas y nos fuimos lejos, con miedo, pero agarrados de la mano. Hoy, que acabo de aterrizar de vuelta, me he dado cuenta de que nuestra larga reclusión había hecho de nosotros un par de polillas a oscuras que, de golpe, fueron soltadas ante las luces de Times Square. 

Yo, al menos, enloquecí sin pensar en el mañana.

Nos encerramos en un templo del jazz con un centenar de gentes también vacunadas a escuchar a la Count Basie Orchestra, dieciocho músicos excelsos de los que no me importó recibir partículas de saliva a poco más de un metro, trompetas del fin del mundo mientras recordaba los discos que escuché en mi infancia; nos topamos con un puesto de sopas que inspiró uno de los episodios más recordados de nuestra comedia favorita –quien conozca al “soup nazi” sabrá entenderme– y no me importó intercambiar dólares contaminados con el legendario dueño; hicimos una larga cola en el Central Park de Manhattan para acabar a veinte metros de Patti Smith mientras en el cielo asomaba la luna llena –“bailen descalzos en esta luna de cosecha”, nos dijo; “we can fucking change the world”, nos alentó–, la vimos llamar a su hija al piano para cantar aquella hermosa canción que le compuso al padre de ella, la vimos lanzar al piso un escupitajo a mitad de Free Money y soltarse las trenzas grises para el encore, donde todos terminamos hermanados cantando que people have the power; otra noche vi a mi novia, autodenominada como indiferente a los musicales de Broadway, aplaudir como una niña a un puñado de artistas extraordinarios que habían salido a actuar por primera vez luego de dieciocho meses; asistimos a la boda de Alberto y Diego bajo la primera tarde soleada de otoño, los idiomas mezclados en aquel patio y la alegría de verlos reafirmar su amor mientras las hojas de los árboles de la presumida Yale vibraban a causa de nuestra tecnocumbia; nos guarecimos un par de días bajo el techo de mi antigua madre política, lo cual me reafirmó que el amor de las familias no tiene por qué cambiar a causa de un estado civil; nos subimos a un veloz auto blanco y enrumbamos al norte, al encuentro del corazón del otoño, donde nos recibieron los pueblos balleneros de Nueva Inglaterra con sus blancuras y sus faros; nos despeinamos en los ferries –en realidad solo se despeinó Carol– y nos salpicó ese mar donde John John Kennedy selló la última tragedia de su clan; dormimos en un ático tenebroso de Salem, donde no nos recibieron brujas, pero sí un gato negro en la ventana y el graznido de los cuervos en la mañana; nos desviamos hacia un pueblo de veraneo en Maine, bajo nubes plomas, en donde un muelle desvencijado y una feria de atracciones desierta, coronada con la cara de un payaso, nos hicieron sentir en un relato de Stephen King, el vecino más universal de la zona; unas millas más al norte el parabrisas nos ofreció el milagro de los bosques preparándose bioquímicamente para el invierno, las hojas tornándose amarillas y rojas por millones, como si los titanes del universo estuvieran ensayando un filtro. Muchos kilómetros más adelante, no muy lejos de Canadá, los bosques y el mar Atlántico engendraron un territorio hoy convertido en parque nacional: en Acadia entramos una mañana de cielo limpio y sobre una laguna de aguas claras vimos dos águilas calvas planear en un largo jugueteo. 

Ya de regreso, en una radio de Massachusets, un grupo de veterinarios y granjeros le rogaban a sus compatriotas que no siguieran consumiendo ivermectina, que sus animales sí la necesitaban de verdad, y constatar que la idiotez es universal fue una especie de antesala a nuestro retorno, la vuelta a este país –hermoso y estúpido a su manera–, al que otras polillas acuden para deslumbrarse.

Cuando las ruedas tocaron el asfalto del Jorge Chávez, el avión aplaudió con un entusiasmo que yo jamás había atestiguado. Esta vez lo entendí más que nunca: se celebraba el simple hecho de estar vivos y la enormidad que ello implica. 

12 comentarios

  1. Jesús Sánchez Rivas

    Intimísimo relato, pese a lo corto del mismo. Premura en el retorno y pinceladas de humanidad por doquier. Un abrazote, Gustavo.

    • Gustavo Rodríguez

      Querido Jesús, siempre tan generoso.
      Un gran abrazo hasta tu península.

  2. Paul Naiza

    Genial Gustavo como siempre, se extrañanba comenzar un sabado leyendo un buen articulo..»al que otras polillas acuden para deslumbrarse».

    • Gustavo Rodríguez

      Gracias, Paul. Me abrumas, pero te lo agradezco.

    • Gustavo Rodríguez

      Gracias, Iván, no lo había visto de esa manera.

    • Gustavo Rodríguez

      Titi querida, ¡un abrazo enorme!

  3. Gloria Dunkelberg

    Siempre la poesía. He sido feliz en cada minuto de la lectura. Gracias Gustavo.

    • Yvonne Pajuelo.

      Relatos así impulsan a seguir viendo la vida hermosa, vida que a pesar de sus sinsabores, no deja de ofrecer gratos momentos. Me encantó, gracias!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecinueve + cuatro =

Volver arriba