Calambres en el alma


Reflexiones de pie en un taller de teatro testimonial


Rodrigo Manuel Ahumada Vásquez (Lima, 1990) es consultor de comunicación estratégica por necesidad, gestor cultural por vocación y periodista cultural por pasión. Ha escrito en diferentes plataformas culturales y actualmente es director y editor jefe de la revista digital EnLima Agenda Cultural. Amante del mar, el jazz, el amor y la salsa. Por estos días, escribe una obra de teatro testimonial.


«Contar no es solo recordar: es reescribir. Es ponerle nombre a lo innombrable, ordenar el caos, hacer que la herida arda menos. Es rebelarse contra la narrativa oficial que nos quiere callados, invulnerables, productivos y editados con filtro. Contar es un acto político. Un acto de amor. De supervivencia».

Mariana de Althaus

El teatro testimonial no es un lugar para interpretar o actuar. Es una forma de volver a habitarte con toda la crudeza y belleza que aquello implica. Y eso, cuando uno ha pasado por zonas oscuras, puede ser una experiencia luminosa y también insoportable. Como caminar descalzo por una habitación donde uno mismo ha dejado vidrios rotos.

¿Qué necesidad hay para querer contar un testimonio? ¿Qué urgencia me empuja a pararme frente a extraños, cortar en forma vertical mi torso y mostrar la condición de mis órganos? Cada persona en el taller tiene su propia respuesta. Yo sigo construyendo la mía, pero sé qué es lo que me empuja a subirme a un escenario: hablar de salud mental. Porque hacerlo en este país sigue siendo incómodo, sigue siendo tabú, sigue generando silencios torpes. Y vivir un proceso de recuperación por consumo de drogas no debería ser una vergüenza. Debería ser un tema de salud pública. No es una historia amable, pero es urgente contarla.

Contar con Mariana de Althaus ha sido fundamental para no abandonar este proceso. No solo como dramaturga, sino como alguien que entiende el poder y la fragilidad que habita en cada testimonio, su mirada y contención marcaron un antes y un después. Porque para poner en escena una historia tan íntima se necesita más que dirección escénica. Se necesita una ética del cuidado.

Lo valioso de este taller es que no me enfrento al mundo solo. Mariana ha tenido una mirada aguda al unir a siete personas para construir un coro sensible y humano. En este laboratorio emocional, hemos ido descubriendo el camino para construir una obra con cada una de las historias. Nos hemos desdoblado y así no solo escribimos nuestras escenas y las componemos: también cedemos esos momentos a otros. Es difícil de explicar, pero algo se alivia en ese gesto. En una escena en que me atrevo a contar cómo es tener un pie en la locura, un compañero me ayudó recreando ese momento, algo que nunca le había contado a nadie: escuchar voces, delirios de persecución, palpar un brote psicótico. Esta manera de reescribir el recuerdo me permitió mirarme con sana distancia. Así, el drama deja de ser solo mío: se vuelve parte de un tejido común. Algo colectivo. Un espejo fragmentado en el que todos nos reflejamos. El dolor no desaparece, pero se vuelve más soportable cuando alguien lo pronuncia contigo. 

Aprendí que, en escena, cuidarme también es cuidar al otro. Porque, en este contexto, no hace falta ser amigos de toda la vida para protegerse; basta con ver a Lucía, Angelina, Jorge, César, Verony y Vanessa compartir su corazón y verlos vulnerables para abrazarlos. Para entender que cada uno tiene un dolor particular y que hemos sido transformados por nuestras experiencias. Este proceso me ha permitido remover mis profundidades, rebelarme ante ciertos patrones de conducta y reinventarme. Reconociéndome en otros cuerpos. Viendo en el hígado de alguien mi propio riñón; en el vientre de otra persona, mi corazón.

Durante estos dos meses, me acompañó un playlist de Charly García, y saliendo de nuestros ensayos me preguntaba: ¿es posible dejar de sentir calambres en el alma? No lo sé. Pero, luego de cada encuentro, la vida se hizo menos pesada. Decir algo que duele, algo que aún no ha cerrado y sigue ladrando por dentro, es una experiencia física. El cuerpo tiembla, se encoge, suda. Hay frases que duelen más que una caída. Pero, cada vez que las digo en voz alta, algo se acomoda. No desaparece la herida, pero se vuelve amable. Y, aunque no hay una cura al final del texto, sí hay un cuerpo que ya no quiere esconderse.

En el teatro testimonial, la acción dramática es contar. Pero no estamos contando la verdad de un hecho como si fuéramos periodistas. Estamos frente a un testimonio que responde a cómo se ha vivido este hecho. Es exponer en escena algo personal sabiendo que tendrá un impacto político inevitable, para generar empatía y reflexión.

En el escenario, cada palabra caerá por el abismo de los labios hacia el suelo o hacia un oído atento. Pero el cuerpo no. El cuerpo se sostiene. No se trata solo de compartir recuerdos, sino de revivirlos y de transformarlos en materia escénica. De contar para resistir. De transformar el dolor y todo lo vivido en algo hermoso. En el taller, me enfrento a escenas que aún me duelen y a otras que creía superadas pero que, al nombrarlas, vuelven a atravesarme. Este montaje me enseñó a no temerle a mi historia, a sostenerla en voz alta sin esconderme detrás de un personaje. Y eso, en mi proceso de recuperación, es un acto profundo de sanación. Porque un taller como este puede ser un gatillo, sí, pero también una herramienta poderosa. Un recordatorio de que seguir vivo también es un acto político.

Algo me queda al final de este viaje: esto no te hará feliz. No te llenará de endorfinas ni te regalará una epifanía. Pero, inevitablemente, si te entregas con honestidad, te devolverá a ti mismo.

COLOFÓN:

Domingo 13 de julio de 2025
8:46 p. m.

BRUNO:

Aló, Erori.

RODRIGO:

Hola, Brunífero. ¿Todo bien?

BRUNO:

Sí, cansado, pero tranquilo. Más cansado que tranquilo, pero ahí vamos. ¿Tú, qué tal?

RODRIGO:

En casa, repasando letra. Me he dado cuenta de que sirvo para escribir, pero no para actuar. Me da nervios. Estoy leyendo y releyendo mi texto.

BRUNO:

Tranquilo, tienes estos días para prepararte. Además, sabemos que es tu testimonio. No es «la obra de Rodri».

RODRIGO:

Cierto, y eso quiero que lo tengan claro. Por favor, si hablas con tu mamá o con Maru o con la Miss Cheli, prepáralas. 

BRUNO:

Sí, todos sabemos que estás abriendo tu corazón. Que no estamos yendo a divertirnos.

RODRIGO:

Bueno, risas habrá, pero la realidad es que mi testimonio será visceral. El de todos mis compañeros.

BRUNO:

Lo sé. Estamos preparados.

«Se nace dos veces», la muestra del Taller de Montaje de Teatro Testimonial de Mariana de Althaus, se presenta en dos únicas funciones —hoy viernes 18 de julio y mañana sábado 19 de julio— en el Auditorio del Británico (Calle Bellavista 532, Miraflores).


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1 comentario

  1. Amelia Vásquez Pérez

    Ro de mi corazón.. sólo sé que eres un ser valiente.. si caminamos con honestidad nos sentimos en paz con uno mismo. Hijo no hay mejor tranquilidad que vivir desde la verdad del corazón. Sentir desde un corazón agradecido.. todo es aprendizaje y vamos a seguir adelante.. Te abrazo con el alma y mi amor por siempre..

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