La ciencia de la risa (o gelotología) nos ayuda a sobrellevar esta época estresante
Hace algunos años, cuando atravesaba un periodo de estrés extremo y estuve al borde de una crisis de nervios, me inscribí en uno de los muchos cursos de yoga que vendrían después. Se llamaba “Vida al máximo”. No consistía solo en la práctica diligente de las asanas —las posturas de yoga que en Occidente han invadido las programaciones de los gimnasios—, sino también en una exploración de la filosofía védica y sus enseñanzas ancestrales.
Era mediados de la década de 2010, cuando aún ignorábamos que una pandemia alteraría el curso de nuestras vidas y cuando la existencia transcurría, casi por completo, de manera presencial: encuentros, debates, satsangs (los encuentros grupales centrados en la reflexión sobre las enseñanzas espirituales). Hoy ese tiempo se siente lejano, como de otro siglo. Los encuentros online eran excepcionales, limitados a algunas salas equipadas de bancos multilaterales. Todo ocurría en persona: tangible, concreto, sudoroso, sonoro, dialéctico… y así era también ese curso de yoga.
El gran salón de un hotel miraflorino en el que se realizaban las sesiones se llenaba hasta el límite —¡éramos 80 inscritos!— y se transformaba en una suerte de espacio catártico colectivo.
El profesor —una suerte de gurú peruano cuya vida había transcurrido en diversos ashrams de la India— era sabio, convincente y exigente. Nos asignaba tareas semanales para acumular experiencia y, poco a poco, integrar la práctica de las asanas en nuestra rutina cotidiana. “Cuarenta días de práctica continua son necesarios para cambiar un hábito”, repetía con insistencia, como si así pudiera sostener nuestro compromiso.
Una de las tareas que recuerdo con más alegría era la práctica del yoga de la risa. Lo hacíamos todos juntos, y el efecto contagioso era… ¡hilarante! Pero también incluía trabajo en casa: consistía en encerrarnos en una habitación y reírnos solos, emitiendo repetidamente sonidos como “jijijijijijijijijijijiji, jejejejejejejeje, jojojojojojojojo, jujujujujujujuju, jajajajajajajajaja”, una y otra vez, repitiendo las sílabas durante 10 o 15 minutos (pruébalo, es simple ¡y no hay pierde!)
Como pupila aplicada, me levantaba a las cinco de la mañana, me encerraba en el pequeño estudio al lado de la habitación de mi hija, y cumplía con mi deber. Pasaba un largo rato riéndome sola. Era una forma de empujar a mi cuerpo y a mi alma hacia ese territorio de liviandad donde habita la risa (a pesar del efecto adverso sobre el sueño de mi hija, quien en varias ocasiones se levantó molesta y me gritaba que me callara).
En esa época, Jugo.pe no existía, yo no escribía artículos de ciencia, y de los efectos de la risa en el cuerpo solo sabía lo que la experiencia empírica me había enseñado: que era terapéutica. Traía alegría, ligereza, una sensación de limpieza. Aún no había investigado sus efectos fisiológicos o metabólicos, ni buscaba explicaciones neuroemocionales; simplemente me dejaba llevar por la experiencia.
Hoy, mientras navego por las redes buscando alguna noticia positiva, descubro que el estudio de la risa es una disciplina científica. Comenzó a desarrollarse de manera sistemática en la segunda mitad del siglo XX, se llama gelotología (del griego gelos o risa) y estudia los efectos fisiológicos, psicológicos y sociales de la risa. Su aplicación terapéutica o clínica es la risoterapia, que se practica a través de dinámicas grupales, ejercicios corporales, humor y juego.
La psicóloga clínica Michelle Drapkin, fundadora del Centro de Terapia Cognitivo-Conductual de Nueva Jersey, revela que cuando nos reímos, todo el cuerpo se involucra: los músculos, la respiración, nuestro sistema nervioso y experimentamos una experiencia física completa que reduce el cortisol y libera endorfinas, bajando los niveles de ansiedad y aumentando nuestro bienestar. Según investigaciones en neuroinmunología, las células NK (natural killers) y los glóbulos blancos también se activan, fortaleciendo nuestro sistema inmunológico. Otros estudios revelan que la risa mejora el flujo sanguíneo y que si la convertimos en un hábito diario podríamos reducir algunos factores de riesgo asociados a enfermedades cardiovasculares e, incluso, aliviar síntomas de depresión.
Entonces, si es tan buena, ¿cuál es la dosis? Las prescripciones de carcajadas varían entre 30 y 60 minutos a la semana, o 400-600 minutos en sesiones repetidas y acumulativas, según el nivel de alivio necesario. La buena noticia es que, hasta ahora, nadie ha reportado una sobredosis de carcajadas.
¿Cuándo fue la última vez que te reíste de verdad? Hace poco tuve auténticos ataques de risa intentando aprender a bailar marinera con mi compañero. También, cuando le pedí chistes rojos a Meta por WhatsApp. O viendo los hilarantes videos de porno verde de Isabella Rossellini (para que no te los pierdas, te dejo el enlace aquí).
Desde 1998, el primer domingo de mayo se celebra el Día Mundial de la Risa, una iniciativa creada en India por Madan Kataria, fundador del Yoga de la Risa, y hoy extendida a muchos países. Si no lo celebraste, ¡anímate a recuperar el tiempo perdido!
Define tu sankalpa, tu propósito o intención:
jijijijijijijijijijijiji,
jejejejejejejeje,
jojojojojojojojo,
jujujujujujujuju,
jajajajajajajajaja.
No cuesta nada.
Y quizá sí sea una de las mejores medicinas.
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