O por qué nos fascina ver el mundo al revés en el Mundial
Recién salidos de un régimen comunista, los búlgaros deambulaban por 1994 entre la crisis económica, la inestabilidad política y el surgimiento de poderosas mafias locales que captaban los vacíos de poder. Pero cuando su selección comenzó a avanzar en el Mundial de ese año, la coyuntura del país entró en paréntesis: todos los partidos terminaban en borracheras masivas, los días posteriores eran altamente improductivos, enemigos políticos coreaban las mismas canciones por las calles y hasta se afirma que los índices de criminalidad se redujeron al mínimo. El antropólogo social Harlan Alexandrov catalogó el recibimiento al equipo en Sofía como la mayor concentración de personas felices en un mismo punto en la sufrida historia de los Balcanes.
También allá por 1994, cuando descubrí el fútbol, mi tesoro máximo fue el álbum Navarrete. A través de sus estadísticas, descubrí quién era quién en la historia de la competición. Conocer el pasado me permitía dotar de orden y estructura este nuevo universo. Compensaba inexperiencia con datos que orientaban mis expectativas y premoniciones. Era como absorber un manual de indicaciones para la coherente comprensión del torneo y así saber cómo disfrutarlo. Sin embargo, rápidamente se descubre que en el fútbol los números no son ley, que el pasado es solo referencial y que las jerarquías no son fijas; que, por ende, las sorpresas tienen más lugar que en otros deportes. Y desbloquear este horizonte posibilita un nuevo y natural nivel de disfrute: el de las hazañas de los débiles.
Un underdog es un equipo con bajas probabilidades de triunfos y alegrías. Sea por carencia de talento, presupuesto o historia, llega sin mayores aspiraciones a una competición. La mayoría de veces se retira derrotado y en silencio. Y es que, al igual que en la vida, los patrones se suelen cumplir: el más grande pega más fuerte, el más preparado tiene más recursos, el mayor impone su experiencia y el más adinerado ejerce su influencia. Así las cosas, ¿cómo no empatizar con quien amenaza tal lógica?
El fanático común del fútbol, aquel que profesa el parnasianismo propio de amor al juego por encima de todo, ansía siempre la irrupción de estos equipos modestos. Se cruzan los dedos por una dosis de caos que desestabilice la tranquilidad de los poderosos, pues oler su miedo entusiasma y habilita a pensar que un orden distinto de las cosas es posible. Por eso, aquella Bulgaria del cuarto puesto en 1994, que le ganó a Argentina, eliminó a Alemania y antes había dejado a Francia sin torneo, quedó en el panteón de los underdogs del deporte.
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Mijaíl Bajtín fue un teórico y humanista ruso. En 1965 escribió La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, obra de culto que explora los conceptos del carnaval y la inversión del mundo que este posibilitaba. Según Bajtín, la festividad carnavalesca representaba un alegre paréntesis en la rutina, en las estructuras y en la monotonía propia de una época de inmovilismo social, tolerancia a la sumisión y ausencia de algún tipo de chispa que sumiera al viejo mundo en llamas para renovarlo.
Una vez al año, el carnaval bajtiano fungía de válvula de escape para las tensiones acumuladas. No se trataba de una salida tangencial, de emergencia o esporádica, sino de un paliativo agendado que atenuaba los decibeles del malestar social. El ansiado carnaval funcionaba como clásico pan y circo que suspendía el tiempo y el espacio. Por un momento, la gente olvidaba los problemas cotidianos y se entregaba al adormecimiento, la embriaguez y el descontrol.
El Mundial se juega cada cuatro años y esa periodicidad acumula expectativa. Para quienes somos sus adictos, tal certeza organiza y tranquiliza nuestros calendarios de vida. Un evento colectivo que dura un mes y tiene inicio y final claro, sin posibilidad de extensión. Durante esos días, las críticas y denuncias contra la FIFA conviven con emociones intensas que las difuminan. Es lo que Bajtín define como el carácter grotesco del carnaval: los contrastes extremos se miran, tocan, ríen juntos y, en este caso, fusionan el deseo de disfrute con la culpa por la indignación en pausa.
Durante el carnaval, la sátira y la parodia eran formas veladas de criticar un discurso de poder que de otra forma estaba fuera de alcance. La risa y la burla, tan cargadas de contrastes y ambivalencias, eran a la vez arma y patrimonio de los nadie y permitían oxigenar el ambiente social. Ello, sumado al color del disfraz y de las máscaras que atentaban contras las identidades estáticas, dotaba de fuerza a unas clases populares que veían en la festividad una oportunidad única de reducir, igualar y golpear al de arriba ante la mirada de todos, como las imágenes de Trump e Infantino que pululan por las calles de los países organizadores y son objeto de burla y vejámenes. El carácter público de esa humillación resulta sanador, pues hay algo muy humano en ver a Goliat arrodillarse frente a David.
El Mundial es una suma de los elementos descritos. En plazas, calles y bares, los hinchas con caras pintadas, banderas, camisetas y disfraces se confunden en cánticos y saltos que ignoran nacionalidades, estratos o historial de títulos. El color se instala en las ciudades del torneo y la mayoría participa de una fiesta de las naciones que olvida todo lo que estas se han hecho entre sí. Es el hipnótico efecto kumbayá prometido por la globalización en su máxima expresión y todos quieren sentarse alrededor de su fogata totalizadora y homogeneizadora, incluso quienes desconocen o reniegan del deporte el resto del tiempo.
Pero el carnaval que describe Bajtín no era solo juego y risas. Se trataba de un evento autorizado por el poder oficial. Tal licencia se otorgaba entendiendo, sobre todo, que su aislamiento en el calendario y en las mentes de los participantes imposibilitaba temer que de él surgiera el germen de algo que desestabilizara de manera permanente el orden general que regía el mundo. Así, al final del evento, la propia autoridad terminaba reforzada, pues se habían liberado las tensiones acumuladas de manera organizada y funcional a su propio sostenimiento. Piénsese en las cuentas bancarias de la FIFA y sus socios tras el torneo, en los galones que se cuelgan como benefactores de la alegría mundial o incluso en el efectivo apaciguamiento de sus más duros críticos; en suma, en cómo hacerle la fiesta al pueblo refuerza su posición de poder.
Los underdogs, como el carnaval, son circunstanciales. Su bagaje de carencias acentúa la asimetría frente a los poderosos e inunda al público de ánimo de revancha. Atrae a los marginados cotidianos ―underdogs también― que anhelan la fantasía de la justicia poética sobre las condiciones materiales de la vida. Arropados por el paréntesis carnavalesco y ataviados en uniformes que, cual disfraz, les permite transitar la festividad del Mundial, inyectan impredictibilidad al estándar y por eso encuentran en la rueda del fútbol una escenografía propicia para su consagración.
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Hay, sin embargo, un punto clave que no resulta tan festivo: el día siguiente al carnaval, cuando la rueda ha vuelto a su posición natural y la inversión del mundo es solo un recuerdo.
¿Tiene, entonces, el carnaval algún poder revolucionario real? ¿Es el underdog el campeón prometido que viene a emancipar para siempre a sus seguidores? La respuesta a ambas preguntas es no. Aquella breve epifanía que, en palabras de Bajtín, implica entender la gozosa relatividad de las normas que rigen el mundo no se transforma en creación posterior.
Al día siguiente del carnaval, todo parecía solo un extraño sueño: el poder dominante seguía ahí, intocable e inmóvil. El carnaval resultaba inofensivo. La autoridad se reforzaba porque las clases populares se cegaban ante la parafernalia y no evaluaban la posibilidad de radicalizar la inversión del mundo a mediano o largo plazo. El Mundial, cual carnaval bajtiano, nos saca de la normalidad brevemente y representa a los de arriba, despreocupados, regalando entretenimiento a unas masas extasiadas e infantiles. He ahí la tragedia carnavalesca: se trata de una catarsis colectiva atada al presente que sugiere reivindicar el pasado, pero que en realidad no ofrece posibilidad de futuro.
¿Qué pensar, entonces, de aquella Bulgaria de 1994? ¿O de Corea del Norte en 1966, Camerún en 1990, Turquía en 2002 o Costa Rica en 2014? ¿Qué espacio de nuestras emociones habitan después? La tipología de los underdogs es amplia y requiere detalle. Incluso, como en los casos de la Croacia de 1998 o el Marruecos de 2022, ocurre que alcanzar el éxito y sostenerlo implica la paradoja de perder el rótulo porque para ser el campeón de la gente se debe habitar su estrato. El underdog, así, tiene vida corta y límites claros. De todas formas, para aquellos fugazmente redimidos por su hazaña, el carácter carnavalesco del underdog, por momentáneo que sea, se recuerda siempre como un episodio de alegría colectiva que, tal vez, en mundo de estructuras rígidas puede, como explicaba Bajtín, resultar ya un destino suficientemente satisfactorio. Al menos, hasta el siguiente carnaval.
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