Nuevos tomógrafos, modernos anticuerpos, biología molecular y la IA conforman la oncología de avanzada
“Todos mis amigos se han curado”, exclamó esperanzada Pamela, mientras sorbíamos un mate de coca con uña de gato en enormes tazas decoradas con motivos cusqueños.
Nos habíamos movilizado para acompañarla ante la reciente noticia de su cáncer al pulmón. Nuestro grupo de mujeres, sentadas en un círculo estrecho como para exudar y contagiarse una dosis mutua de alivio, asintió en coro. Cada una empezó a listar los amigos y conocidos que habían transitado por la aterradora enfermedad: la mayoría de ellos magullados, pero airosos.
“Parece una epidemia, estamos cayendo como moscas”, continuó Pamela con cierta desolación. Y no le faltaba razón. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) publicó en julio de 2026 las estimaciones GLOBOCAN 2024: 20,6 millones de nuevos diagnósticos y 9,8 millones de muertes en el mundo. Para 2050, se estiman 34,4 millones de nuevos casos, un aumento del 67 % respecto de 2022. En el Perú, aunque aún tenemos limitaciones para disponer de estadísticas nacionales completas, oportunas y comparables, los registros del MINSA en GLOBOCAN muestran una tendencia al alza: 77.485 nuevos casos y 36.956 muertes en 2024. El riesgo acumulado de desarrollar cáncer antes de los 75 años es del 18,2 %, casi una de cada cinco personas.
“Muchos jóvenes están enfermándose”, agregó Malena, cuyo hijo había vencido recientemente un carcinoma de colon. Uno de tantos. Entre los menores de 50 años, el cáncer colorrectal se ha convertido en una epidemia emergente que desconcierta a los científicos. ¿Será por la chatarra que comemos? ¿Por los metales pesados en las fuentes de agua? ¿Por los microplásticos que están en todas partes al mismo tiempo? En mi mente reapareció la imagen de una cancer-city: una Lima distópica, altamente tóxica, donde los agentes contaminantes acechan en todo lo que respiramos, bebemos y comemos, como extraterrestres armados listos para atacar.
“Los médicos no entienden nada”, sentenció la más esotérica del grupo, Juli, entre sorbos ruidosos de su mate vivificador. “Bombardean con radioterapia y quimioterapia, y destruyen más de lo que curan”, añadió con una mueca de disgusto. La conozco bien, pero aún no lograba distinguir si su mueca se debía al amargor del tecito terapéutico o a sus agrios sentimientos antisistema. Quizás era una combinación de ambos.
Pero Rosa María, la doctora del grupo, llegó al rescate y nos dio una pequeña lección científica. Nos explicó que parte del aumento de los diagnósticos se debe a la extensión de los programas de cribado y a instrumentos cada vez más precisos. Nuestras abuelas, e incluso nuestras madres, no se hacían mamografías periódicamente. Hoy, muchas de nosotras nos sometemos a la tortura tan necesaria de la teta exprimida.
Luciendo su vocación pedagógica, Rosa María nos desasnó. Nos contó que hoy disponemos de máquinas casi mágicas por su capacidad para explorar el interior del cuerpo humano. Los tomógrafos computarizados de baja dosis, por ejemplo, permiten obtener imágenes detalladas del pulmón y detectar pequeños nódulos que podrían pasar inadvertidos en una radiografía convencional, como ocurrió con el papa León XIV. Se utilizan para el cribado de personas con alto riesgo de cáncer pulmonar, como fumadores y exfumadores. Dos grandes ensayos clínicos demostraron que esta tecnología puede reducir entre un 20 % y un 24 % la mortalidad por cáncer de pulmón en esas poblaciones de riesgo.
Uno de los avances que más nos alucinó fue la llamada “biopsia líquida”. Es una técnica que permite detectar en la sangre fragmentos de ADN tumoral circulante (ctDNA), pequeñas huellas genéticas de las células cancerosas. En determinados casos, logra identificar alteraciones del tumor sin tener que extraer una muestra de tejido mediante una biopsia convencional. ¿Será que pronto le diremos adiós a las lentas, dolorosas y angustiosas biopsias de tejido?
La biología molecular y la inteligencia artificial están estrechando nuevas alianzas clave para la oncología. Por ejemplo, los análisis moleculares de muestras tumorales permiten identificar alteraciones genéticas y conocer la “identidad biológica” del cáncer: algo así como cuando vamos a sacarnos la foto y la huella digital para el DNI. Se lee la información molecular del tumor y se identifican características que pueden ayudar a elegir los tratamientos con mayores probabilidades de funcionar. Es la medicina de precisión.
La doctora también nos contó que en algunos hospitales de Europa y Estados Unidos la inteligencia artificial ya ayuda a analizar imágenes médicas y a detectar patrones que podrían pasar inadvertidos al ojo humano. Un ejemplo espectacular es un ensayo clínico realizado en Suecia con más de 105 mil mujeres sometidas a mamografías. El estudio encontró un 29 % más de cánceres de mama en el grupo cuya lectura fue asistida por inteligencia artificial que en el grupo evaluado mediante la lectura convencional de dos radiólogos.
“El cáncer es una enfermedad compleja”, intervine, fiel a mi vocación de suavizar los extremos. “Los médicos siguen protocolos que pueden ser muy agresivos, pero utilizan la mejor ciencia disponible. Que muchos parientes y amigos estén vivos a pesar del cáncer no es ningún milagro”.
Y es que las herramientas para combatir al “emperador de todos los males” también han evolucionado asombrosamente. El arsenal terapéutico va mucho más allá de la tradicional combinación de cirugía, radioterapia y quimioterapia.
La inmunoterapia es una de las fronteras terapéuticas más prometedoras, pues refuerza nuestro sistema inmunitario para que reconozca y combata el cáncer. Algunos fármacos —con nombres antipáticos como pembrolizumab y nivolumab— ayudan a nuestros linfocitos T (los soldados de nuestro sistema inmunitario) a reconocer las células tumorales cuando “se disfrazan molecularmente” y pasan desapercibidas. Hoy se utilizan contra distintos tipos de cáncer, incluidos algunos metastásicos.
Al ámbito de la inmunoterapia también pertenecen las terapias CAR-T (Chimeric Antigen Receptor T cells): nuestros propios linfocitos T se extraen, se reprograman genéticamente para reconocer y atacar las células cancerosas, se multiplican en el laboratorio y se reinyectan al paciente. Es la revolución terapéutica para cánceres de la sangre como algunas leucemias, linfomas y el mieloma múltiple.
La ciencia también ha diseñado anticuerpos que transportan medicamentos muy potentes directamente hasta las células tumorales, como pequeños drones dirigidos (ADC, o anticuerpos conjugados con fármacos): una quimioterapia de precisión que lleva su carga tóxica directamente al blanco. O podemos bloquear algunas alteraciones genéticas que durante décadas parecían inatacables, como las mutaciones del gen KRAS que intervienen en el crecimiento de tumores de colon, pulmón y páncreas. En agosto de 2026, por ejemplo, Estados Unidos aprobó el primer medicamento para el cáncer pancreático avanzado, atacando la mutación de ese gen. En un ensayo clínico, duplicó la supervivencia mediana frente a la quimioterapia convencional.
Quizá la gran revolución de la próxima década no sea encontrar una cura única para el cáncer, sino aprender a reconocer, atacar y vencer muchas de sus distintas formas.
Sorbiendo mi coca con uña de gato, no pude evitar sentir unas cosquillas interiores, como si la ciencia fuera casi un milagro.
Dedicado a Jorge, Naty, Mino, Manola, Gustavo, y a tantas personas queridas que están viviendo la dura experiencia del cáncer.
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