La COP30 en Brasil dio esperanza a algunos y desesperó a otros
Descafeinada, aguada, insípida, “sin dientes”: así fue descrita por varios especialistas la declaración oficial final de la COP30, la conferencia global del clima que acaba de cerrar sus sesiones en Belem, Brasil. Veamos si son justas estas descripciones.
Como país anfitrión y líder de las negociaciones, Brasil apuntó alto. Desde la inauguración, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva arremetió contra los negacionistas del cambio climático y exigió una “COP de la verdad”. Con esta expresión reclamaba una conferencia capaz de nombrar sin rodeos la responsabilidad de los combustibles fósiles, reconocer el origen del problema climático y asumir compromisos concretos, evitando ambigüedades o diplomacias vacías. Es decir, una COP que diga lo que la ciencia ha repetido durante décadas y que muchos estados siguen evitando decir —y hacer— por intereses económicos: que sin una transición real y acelerada lejos del petróleo, del gas y del carbón —una “descarbonización”— no será posible contener el calentamiento del planeta.
Lula tuvo el apoyo de la Unión Europea, de varios países latinoamericanos, de los pequeños estados insulares que se hunden por el aumento del nivel del mar y también del papa León, quien coincidió en tiempo y contenido con un mensaje apelando a nuestra responsabilidad colectiva para enfrentar uno de los mayores desafíos de la humanidad. El llamado era claro: acelerar la transición para liberarnos de los combustibles fósiles. Sin embargo, el bloqueo encabezado por Arabia Saudita y un grupo de países fuertemente dependientes del petróleo impidió aprobar una hoja de ruta concreta de transición hacia una economía libre de combustibles fósiles, e incluso eliminó ese término del texto final del acuerdo. “Es como ir a una conferencia global sobre salud y no hablar del tabaco”, se escuchó decir en los pasillos.
La ausencia de Estados Unidos fue tomada por muchos como un alivio: con su negacionismo irreverente y su histrionismo sin filtros, la presencia del presidente estadounidense podría haber entorpecido aún más las negociaciones. Aun así, aunque la COP30 estuvo lejos de convertirse en la “COP de la verdad” que Lula reclamaba, dejó algunos avances. “Pasitos de bebé”, dijeron muchos. Pero pasitos, al fin. En un contexto global tan polarizado, con negacionistas del cambio climático gobernando muchos países, el riesgo de retroceder era real.
Para el Perú, uno de los resultados más significativos fue el fortalecimiento de la agenda global de adaptación, que reconoce que los impactos del cambio climático ya son inevitables y que es necesario fortalecer la capacidad de respuesta, especialmente en los países más vulnerables. Los estados reforzaron su compromiso con el Objetivo Global de Adaptación y acordaron un incremento sustancial del financiamiento destinado a la implementación de medidas concretas, desde sistemas de alerta temprana para todos, hasta la protección de cuencas y ecosistemas reguladores del agua, algo especialmente relevante para el Perú, donde la degradación de cabeceras de cuenca y la reducción de glaciares amenazan la seguridad hídrica. Tener más recursos para la adaptación significará también fortalecer nuestra resiliencia agrícola y alimentaria mediante cultivos y tecnologías capaces de resistir sequías, heladas y lluvias extremas, desafíos recurrentes en la sierra peruana y en la Amazonía, sometidas a sequías cada vez más severas, o mejorar nuestra preparación frente a desastres y epidemias de enfermedades sensibles al clima, como el dengue, el zika o la chikungunya, que en el Perú ya muestran brotes más extensos y prolongados asociados al aumento de la temperatura, a las lluvias intensas y a las olas de calor.
Otro resultado relevante para el Perú fue el lanzamiento del Fondo de Bosques Tropicales Para Siempre (Tropical Forest Forever Fund), concebido para ofrecer financiamiento estable, multianual y previsible a los países con bosques tropicales. La urgencia es evidente: si no se detiene la deforestación de estos bosques, que constituyen algunos de los sumideros de carbono más importantes del mundo, se compromete gravemente la capacidad global de mitigar el cambio climático. La lógica del fondo es sencilla, pero transformadora: los bosques tropicales, incluidos los amazónicos, africanos y del sudeste asiático, prestan servicios climáticos esenciales, pero su conservación exige recursos constantes que los países en desarrollo no siempre pueden asegurar. Este fondo aseguraría aportes sostenidos que trasciendan los ciclos políticos y permitan financiar pagos por resultados de conservación (es decir, por reducir o evitar la deforestación), inversiones directas en comunidades indígenas y locales —las guardianas históricas del bosque— y el impulso de actividades económicas sostenibles que generen ingresos sin destruir la cobertura forestal.
Para el Perú, este mecanismo representa una oportunidad significativa para fortalecer la protección de nuestra Amazonía, mejorar la vigilancia y el control frente a actividades ilegales, apoyar la titulación y gestión territorial indígena, y promover la bioeconomía.
Ante la insatisfacción de muchos países y de amplios sectores de la sociedad civil por la tibieza de las declaraciones oficiales, Brasil propuso finalmente un “mutirão”: una gran movilización colectiva para enfrentar con mayor ambición y firmeza los desafíos del cambio climático. Una movilización que, como recuerda un reciente informe de los Climate High Level Champions, ya está en marcha, pese a los negacionistas y a los pesimistas. En esa línea, una coalición de países voluntarios acordó abrir espacios de debate y de construcción de consensos fuera de los canales formales de la Conferencia de las Partes. Colombia es uno de ellos: pese a ser un país cuya economía ha dependido fuertemente del petróleo, asumió una postura histórica y valiente que bien podríamos imitar.
Para el Perú, ese mutirão equivaldría a una gran minga nacional, capaz de acelerar la transición hacia un modelo de desarrollo más sostenible: transformar la manera en que producimos energía, alimentos y bienes, y a la vez fortalecer la protección de la naturaleza. Antes de que los entusiastas del “crecimiento a cualquier costo” reduzcan el Ministerio del Ambiente a un apéndice burocrático del Ministerio de Economía, ¿seremos capaces de asumir esa nueva (vieja) utopía?
A propósito, este martes 9 de diciembre a las 8:15 p.m. en la Casa Rebara de Miraflores, los integrantes de Jugo debatirán estos temas en vivo, con dos protagonistas de la COP30. ¡Te esperamos!
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Muy lamentable que pese a las evidencias de un colapso inevitable, si no enmendamos el rumbo en evitar el calentamiento global en nuestro planeta, nuestro unico hogar por cierto, todavia no se sienta una importante desaceleracion en ese sentido, aunque algunas instituciones y gobiernos nos pemiten abrigar esperanzas de cambios.