Una secta sin Dios


Un testimonio valiente saca a la luz más vejámenes del Sodalicio


Las líneas torcidas es el título del libro publicado por Martín Scheuch, un exintegrante del Sodalicio que cuenta su experiencia durante los años en que perteneció a esa secta religiosa. En sus páginas encontramos una denuncia con nombre y apellido, en la que la víctima se atreve a señalar, con detalles y datos precisos, cómo estuvo capturado por este movimiento durante treinta años. Y digo treinta porque, si bien dejó la vida en comunidad más de una década después de haberse unido voluntariamente al grupo, tuvieron que pasar muchos años más para que pudiera considerarse un hombre libre.

No les voy a mentir: no es un libro fácil de leer. Por momentos resulta doloroso y a veces asfixiante. Es un testimonio honesto y descarnado de un hombre que fue manipulado, torturado y agredido por quienes le prometieron acercarlo a Dios y ponerlo en la senda de la santidad. Una crónica personal de lo que fue, a todas luces, una estafa, un rapto, una captura. Para entender su verdadero valor conviene detenernos en un hecho crucial: los chicos que, como Martín, se acercaron al Sodalicio a los 14 años lo hicieron cargados de preguntas y esperanzas. Eran muchachos rebeldes, inconformes con una sociedad que quizá sentían frívola o vacía. Querían habitar un mundo más justo, servir al prójimo, alcanzar la santidad mediante sus buenas acciones. No eran barras bravas que se volvían hinchas de un equipo para expresar su disconformidad pisoteándolo todo. No eran pandilleros con ansias de delinquir: eran adolescentes en busca de respuestas y de un lugar en el mundo, convencidos de que acercándose a Dios estaban en el camino correcto.

Lo que más me ha golpeado del libro es descubrir, a partir del relato descarnado de Martín, cómo esa promesa se fue traicionando poco a poco. Cómo el poder de quienes debían guiar a esos jóvenes se usó para quebrarles la personalidad, destruir su autoestima, manipular sus sentimientos y lavarles el cerebro mediante rutinas calculadas, destinadas más a formar un ejército de zombis que a forjar un grupo de adolescentes devotos. Sin piedad, y usando el nombre de Dios como excusa, un conjunto de adultos se dedicó durante décadas a humillar, golpear y atemorizar a esos muchachos hasta quebrarlos, hasta hacerles creer que sus vidas no valían nada, y que su existencia solo tenía sentido en la medida en que pertenecían al Sodalicio. La manipulación psicológica permanente provocaba que las dudas naturales de cualquier joven se interpretaran como herejías o como faltas de fe, transformándolas en un sentimiento de culpa insoportable. Pensar estaba prohibido; quejarse o rebelarse no era una opción.

En la narración de Las líneas torcidas no solo encontramos un retrato preciso de esos mecanismos de control y tortura, sino que lo escuchamos de boca de una víctima. Y aquí quiero detenerme especialmente. No se puede dimensionar la magnitud del daño causado por el Sodalicio sin atender a quienes lo padecieron durante años. La memoria de lo que significó vivir bajo esa maquinaria de manipulación no está completa si no escuchamos las voces de los cientos de jóvenes que, buscando a Dios, terminaron en un calabozo. Ha habido —y eso está muy bien— comisiones investigadoras, excelentes trabajos periodísticos y documentos que prueban la veracidad de los hechos. Pero todavía hay muchas víctimas que no se atreven a hablar, por pudor o vergüenza, y otras que solo lo han hecho bajo seudónimo. Como dijo Gisèle Pelicot, la francesa violada sistemáticamente por su esposo y una turba de desconocidos: ya es hora de que la vergüenza cambie de bando. Martín Scheuch se ha animado a contarlo todo en este libro desgarrador. Ojalá más víctimas se atrevan a seguir su ejemplo. Porque, si hay algo imperdonable en la historia del Sodalicio de Vida Cristiana, es que se valió de las expectativas más nobles de un grupo de muchachos para abusar de ellos en nombre de Dios.

Para terminar, comparto una anécdota: hace más de diez años, Pedro Salinas había publicado su magnífico libro Mitad monjes, mitad soldados y lo invité al programa que conducía para hablar de él. En la mesa estaba también el padre Gastón Garatea, que había escrito un bello libro sobre su vocación y su trabajo sacerdotal. Conversaban juntos y mientras Pedro narraba, con rabia contenida, los abusos de los sodálites, el padre Garatea lo miró perplejo y le dijo: “Ese que describes no es mi Dios, ni el Dios de los católicos. En toda esa barbarie no está Dios”.


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