Abrazos con orgullo


La marcha LGBT+ se sigue consolidando como la principal movilización política del Perú


Como cada 28 de junio desde hace 23 años, el sábado se realizó la Marcha del Orgullo de Lima. El evento —que también se llevó a cabo en más de 30 ciudades de la costa, sierra y selva— cuenta con la participación de decenas de miles de personas y es actualmente la movilización política más grande de nuestro país.

Y digo que es política porque, además de ser una celebración de la diversidad y la libertad, es una forma de resistencia frente a la discriminación, la violencia y la negación de derechos que han afectado históricamente a las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans y otras identidades disidentes. Al tomar el espacio público, la marcha afirma la existencia y la dignidad de quienes son marginados, y exige transformaciones sociales y políticas concretas: desde el reconocimiento legal de identidades y familias diversas hasta el acceso real a derechos en salud, educación y justicia. El orgullo es, al mismo tiempo, una fiesta y una reivindicación.

La marcha fue un éxito. Sin presupuesto, publicidad ni buses pagados para llevar a ciudadanos espontáneos, cada año más personas se animan a participar. La primera marcha, en 2002, tuvo menos de 100 personas; hoy, el número se acerca a las 100 mil.

Muchas personas que no han asistido a una Marcha del Orgullo tienen la impresión de que se trata de un pequeño Sodoma y Gomorra por las calles de Lima. Esta imagen ha sido generada por campañas nacionales e internacionales de desinformación muy bien planificadas (y financiadas) para desprestigiar al movimiento de derechos humanos de las personas LGBT+. La realidad difiere del morbo: activistas, organizaciones de sociedad civil, algunas pocas empresas y muchísimos ciudadanos toman las calles para expresarse a favor de la libertad y la igualdad. Hay alegría, música, baile, colores, arengas, banderas y banderolas, letreros reivindicativos y celebratorios, carritos alegóricos, familias abrazándose, amigos metiendo chacota. Lucha y fiesta en medio de todos los colores del arcoíris.

La marcha del orgullo trae una constatación que es a la vez una promesa: la mayoría de los participantes son jóvenes menores de 25 años. Este dato confirma lo que dice la última encuesta de IPSOS de hace pocos días, en la que la aprobación del matrimonio igualitario entre los encuestados de 18 a 25 años duplica a la de los encuestados de 43 años a más. 

Ya veremos en el futuro a políticos que hoy se compran la agenda ultraconservadora haciendo malabares para justificarse y tratar de atraer a ese creciente sector. Pero guardaremos las fotos de la marcha, donde de los congresistas actuales solo estuvieron Susel Paredes y Flor Pablo, y de los partidos políticos con inscripción vigente solo tuvo presencia institucional el Partido Morado. Ningún precandidato presidencial se asomó siquiera.

Igual sucede con el sector privado. Han sido pocas las marcas que se hicieron presentes en la marcha o que se pronunciaron a favor de los derechos de las personas LGBT+ en sus redes sociales. Incluso, algunas que fueron activas otros años esta vez prefirieron el silencio. Eso pasa cuando estos asuntos no responden a su compromiso institucional sino a frágiles campañas de marketing. Tomamos nota para cuando vuelvan a considerar que el tema es cool y quieran subirse al carrito alegórico.

Una de las cosas que más me gusta en la marcha es tomar fotos a los letreros que la gente prepara para ese día. Comparto con ustedes algunos de los mensajes que registré este año: «no soy un trastorno, soy feliz», «antes de hablar revisa el clóset de tu casa», «el amor no daña, el odio nos mata», «una ideología que me impusieron fue el miedo, y del miedo ya me curé», «la homofobia tiene cura: la educación», «en otra vida, mi hermana no habría tenido que mudarse a otro país para poder formar una familia».

También estuvieron mis letreros favoritos, que se han vuelto una tradición en las marchas del orgullo desde hace unos años: «abrazos de papá» y «abrazos de mamá». Padres anónimos que ofrecen a los asistentes esos abrazos que a muchos les fueron negados. Abrazos prolongados, profundos, sinceros. Hay algo sanador en esos gestos: como si, por un instante, el tiempo pudiera retroceder y enmendar una herida antigua, o avanzar y prometer un futuro distinto.

Abrazos en tiempos de crispación. La ternura como parte del cambio. Una imagen potente que nos recuerda que, incluso en tiempos difíciles, sigue habiendo espacio para imaginar un país más amable y feliz.

¡Nos vemos en la marcha del próximo año!


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