Hermanón lobo


La vida exagerada de Ricardo Belmont


Una noche, hace veinte años, me subí a un ascensor cuando estaba por cerrarse, y ya adentro me di cuenta de que había alguien más ahí. Era Ricardo Belmont. Buenas noches dije yo, buenas noches dijo él. Mirada al piso: mis zapatillas parecían unos bistecs a medio masticar comparadas con las suyas, relucientes, como recién sacadas de su caja. Yo vivía en un piso 11, y por primera vez consideré que era un trayecto largo. Se me apareció un popurrí de momentos estelares de mi acompañante con fondo musical de ‘Habla el pueblo’, cuando el elevador se detuvo de pronto con un traqueteo. Maldita sea. Por unos segundos de esos que parecen minutos tuve miedo. Mucho miedo. El ascensor solía atracarse, era casi normal, pero igual me imaginé una especie de castigo divino: algo muy malo tenía que estar pagando si me tocaba quedarme atrapado en una cajita oyendo perorar al Colorado. Entonces se apagó la luz. Y como todo siempre puede ir peor, en la oscuridad lo oí decir, a menos de un metro de distancia: “Tranquilo, mi hermano, no pasa nada, vas a ver cómo en unos…”. Estaba a punto de ponerme a gritar cuando, como quien vuelve de una pesadilla, se prendió el fluorescente, la máquina retomó el movimiento, y corrí a refugiarme a mi departamento. Lo vi unas cuantas veces más por el edificio, nos saludábamos de lejos, con un levantamiento de cejas. De alguna forma esa brevísima experiencia, pensaba, me hermanaba con el Hermanón. 

He recordado esta miniatura horrífica cuando imaginé a Vladimir Cerrón y a Guido Bellido subiendo por un ascensor mucho menos maltrecho al penthouse de Belmont el sábado pasado. No fue la primera vez, por cierto: a inicios de julio, Cerrón tuiteó una foto abrazando en esa misma azotea a quien sí parece hermanado. Escribió “Gran amigo, consejero, analítico, y sobre todo sincero. Una visita la casa del Hermanón Ricardo Belmont. Agradecido por los buenos consejos”. Y antes, en mayo, el hombre siempre positivo contó que Pedro Castillo en persona le había propuesto la presidencia del Consejo de Ministros en un hipotético triunfo suyo en la segunda vuelta (una infidencia de mal gusto, dicho sea de paso, a menos que haya sido planeada). El sábado, Bellido se quedó solo un rato, pero según los chismosos el jefazo de Perú Libre permaneció ahí unas 12 horas, almuerzo, cena y bajativo. La relación realmente tiene tiempo: Belmont, recordemos, en una campaña aderezada de machismo y xenofobia, postuló a la alcaldía de Lima el 2018 por Perú Libertario, avatar previo del hoy partido oficialista. ¿Qué diablos une a Vladimir Cerrón con Ricardo Belmont? ¿De dónde surge esa amistad y admiración mutua? Son preguntas que vienen a cuento porque el desempeño del gobierno y su staff ya resultan alarmantes como para agregarle a la planilla un personaje como “Ricardo”.             

Belmont está dando vueltas por ahí casi desde que me acuerdo. Voy a hacer un resumen sumarísimo de quién es para los jóvenes y los desmemoriados. 

Belmont, nieto de un hombre rico e hijo de uno menos hábil para los negocios, pero con afanes de broadcaster, quiso ser timbalero, boxeador y agente de púgiles en su juventud, cuando adquirió dos de sus características esenciales: “calle” y el gusto por el deporte y sus metáforas. Hacia los 30 años se hizo de una radio chiquitita en el Callao, y la leyenda cuenta que, a falta de locutores, él mismo chapó el micro (que pareciera no soltar desde entonces) y recibió de la sabiduría paterna la recomendación de trufar los hits de salsa y sus monólogos con perlas seleccionadas de los grandes pensadores: nacía así la píldora para levantar la moral.

Locuaz, quimboso, optimista y decididamente corriente, llegó a la tele con éxito a inicios de los ochenta, con programas de entrevistas y concursos para una población aburrida de lo que le había ofrecido el gobierno militar como entretenimiento. Luego vinieron las teletones y el sueño del emisora propia: se cuenta que Alan García facilitó que le adjudicasen una señal. Pero como Belmont no tenía la guita que cuesta un negocio como aquel, echó mano de un recurso del derecho mercantil: la sociedad de accionariado difundido. Con ese cuento, en sencillo, estafó a decenas de miles de peruanos que soñaron con ser, aunque sea un poquito, dueños de algo tan deslumbrante como un canal de televisión, aunque se llame RBC, como el verdadero propietario. Para la primera junta de accionistas, Belmont alquiló el Estadio Nacional.

Siempre despabilado, con nula preparación para el cargo y más bien, acaso, sabiendo que come más y mejor quien corta el jamón, nuestro personaje decidió lanzarse a la alcaldía de Lima. No tenía partido, no tenía experiencia, no tenía nada más que labia, carisma, arrojo y ambición. Y la ciudadanía, desesperada con la hiperinflación, el terrorismo y la inseguridad del primer gobierno de García, se dijo que estaba harta de los políticos tradicionales. Nació entonces el primer outsider de nuestra política, el padre fundador de la estirpe de improvisados aventureros que han sido casi todos nuestros gobernantes desde entonces. 

Cito a Umberto Jara, que lo dice bien: “Belmont procedió a instaurar en el quehacer político del país, y en el ejercicio de un cargo público, un estilo basado en la ordinariez, en el lenguaje simplón, en el uso de la picardía criolla, en el hábito de la improvisación y, más aun, en la ausencia de conceptos y propuestas sólidas; en suma, instituyó la banalización, en la forma y en el fondo, del quehacer político. Trajo también una de las consecuencias más dañinas para el Perú: la informalidad como estilo de trabajo y como fundamento de las decisiones del Gobierno”.

Pocos meses después de su elección, asomó en el horizonte un casi desconocido ingeniero de la Agraria que, aupado por el flamante desprecio a la clase política conocida, terminó ganando las elecciones de 1990. El resto sale en los libros de historia.

Belmont fue un muy mal alcalde de Lima, pero como hizo algunas obras grandes (dicen que ahí se gana más) resulto reelegido. En 1995 postuló a la presidencia. El 2001 se presentó como candidato a vicepresidente de Fernando Olivera (¿?). El 2006 tentó el Congreso con Acción Popular (¡!), pero solo pudo ingresar tras la muerte de Alberto Andrade, su recordado sucesor en la alcaldía de la capital. Después, el 2016, quiso ser presidente por el partido Siempre Unidos, pero declinó cuando su fundador, Felipe Castillo, insistió en incluir en la lista a Isaac Humala. Una paradoja con forma de montaña rusa, sobre todo, si retomamos la nueva postulación a la alcaldía con Perú Libertario dos años después.

Ahí está, el amigo analítico, el gran consejero. 

Belmont es un lunar —de esos que preocupan a los médicos— dentro de nuestra historia política. Además de su estilo inconfundible, sería recordado por una astucia que algunos llamarían pillería; por parir, junto con la figura del outsider, la del mal menor (cuando la gente prefirió votar por él ante la amenaza que significaba Cáceres Velásquez en 1992); por su banalidad y su verborragia incontenible, huera y facilona. Y dije “sería” porque con él nunca se sabe: está viejo, pero mientras tenga quien lo escuche parecerá vivificado. Y hoy lo escuchan atentamente quienes detentan el poder. 

No sé si le temo más a verlo participando activamente en el gobierno, o a encontrármelo nuevamente en un ascensor.  


2 comentarios

  1. Gonzalo Quijandria Fernandez

    Buenísima y aterradora columna. Un dato, aunque no sé qué tan importante sea: Belmont fue el primer blanco político de la prensa comprada por Montesinos en los 90. Era claro que dos outsiders, en el fondo bastante similares, no podían convivir en la escena política.

  2. Veronica Gonzalez Annicchiarico

    ¡Que buena columna! La descripción de Belmont como un lunar es precisa, (aunque diría que ya con tufillo a neoplasia). Lamento decirte que tus dos temores finales son 100% fundados.

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