Tour emocional por una ciudad que fascina como los abismos
Hace poco volvía de Trujillo en un vuelo de mediodía. En los últimos minutos en el aire, sin la neblina habitual, la costa era apenas una línea tajada contra el mar. Magnífica y reposada ciudad, pensé: Lima tiene buen lejos. Al aterrizar, la costumbre: todos de pie impulsados por un resorte, apurados hacia la puerta delantera como si el último en salir tuviese que pagar la cuenta. Hay prisa por volver al bullicio, a la condena del trabajo, al tráfico de cláxones que musicaliza una ciudad siempre a punto de parir dramáticas escenas de dolor que serán los titulares de mañana.
Estamos en Lima, hogar dulce hogar.
Soporto mi ciudad como un faquir acomodado en su cama de clavos: a veces duele, pero es lo que toca. Hubiese sido peor nacer en Gaza, y que nadie se me erice. Con esa misma resignación busco el mismo libro cada tanto, lo abro al azar y me someto al ejercicio de leerlo: Lima la horrible. Un ensayo publicado en 1964 por Sebastián Salazar Bondy —poeta, dramaturgo y faquir—, quien puso por escrito nuestros dolores de ayer, hoy y siempre. Salazar Bondy pensó nuestras penas frente a la máquina de escribir como quien camina sobre brasas para probar un punto: que su diagnóstico es tan ferozmente actual que bien podría haberlo publicado mañana.
Salazar Bondy desmonta desde el arranque los cimientos sobre los que construimos la postal de carrozas tiradas por caballos en el Centro Histórico y demás cojudeces de folleto. Preferimos inventarnos una “Arcadia Colonial” —la representación del virreinato como una época de armonía, abundancia y convivencia feliz— poblada por tapadas y virreyes antes que mirar de frente la grieta entre amos y siervos sobre la que se levantó esta corte de lamesuelas. Citando a Raúl Porras Barrenechea, el autor advertía que Lima estaba infestada de una “extraviada nostalgia”, una anestesia colectiva que en los sesenta funcionaba bastante bien y que hoy sigue intacta. Nos acostumbramos a tragar la mentira como un dulce, convencidos de que cualquier tiempo pasado fue más noble y más limpio, mientras afuera la ciudad real —ese país terco de indios y provincias postergadas— se estrella por las huevas contra las puertas de la muralla.
Para que esa farsa no desafine en el día a día nos inventamos el criollismo, que no es otra cosa que el folklore oficial de nuestra parálisis. (Vaya si estoy molesto. Usted no se ofenda, que esto no es personal: soy apenas un ciudadano harto de estar harto, y la culpa de que lo diga aquí, en todo caso, es de Gustavo Rodríguez por invitarme. Quizá debí escribir sobre Lima volviendo de pasear por el malecón de Miraflores, con vista al mar, tan lindo y vasto, y no de regreso del aeropuerto con vista al mal, como diría Eloy Jáuregui en su tercera ronda de chelas allá en el cielo). Lo convertimos todo en un solo licuado complaciente: el fervor al Señor de los Milagros y la jarana prostibularia, la guitarra y el cajón y esa famosa “viveza” que no es gracia ni picardía de barrio, sino puro cinismo y pendejada: el vivo que se salta la fila, el alcalde que postula cuando la ley se lo prohíbe, el “hermanito” que vuelve al poder, el chofer que se zurra en la luz roja, todos ellos (y ellas, y hasta elles, si les da la gana, carajo), son los herederos de una moral retorcida donde el tramposo se lleva los aplausos y el que cumple la norma pasa por imbécil.
En la cúspide de esa pirámide duermen las grandes familias, hábiles como nadie para acomodarse a cada siglo con prodigiosa sangre fría: se taparon la nariz ante la fetidez del guano mientras se llenaban los bolsillos, casaron a sus hijas con ejecutivos gringos de dientes perfectos, y hasta aprendieron a bailar marinera para fingir democracia en recepciones oficiales donde hoy se brinda con pisco, que antes del boom era un trago para pobres, puaj. Que nadie me venga a tildar de rojo, caviar o comunista: tengo iPhone, piel clara y un apellido con acento extranjero. Soy casi uno de los suyos, damas y caballeros, solo que con los bolsillos adoloridos y una pequeña herencia que mi madre viene pulverizando en viajes a capitales caras y sesiones de esoterismo, que tal vez sea su manera de fugarse de este pantano. Además, gente de bien, trato de ser fiel a un ensayo escrito hace más de cincuenta años, y su autor decía que la consigna de esas grandes familias es inalterable: que nada se mueva en el fondo, que el cholo y el indio permanezcan al margen, y que la jerarquía de castas no se toque, por Dios. Eso sí: que por Palacio de Gobierno desfilen nuevos mayordomos cada cinco años o tres meses. Lampedusa lo dejó escrito en El Gatopardo con precisión: si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.
Nuestra devoción es barroca, pública y teatral: una misa recargada, mejor si es en latín, para acallar la conciencia tras una semana de excesos. Santos como Rosa o Martín de Porres, que en vida buscaron la herida viva del apestado y el silencio de la servidumbre, terminaron secuestrados en altares comerciales, convertidos en figuritas para bendecir la opulencia que ellos despreciaron en vida. Aunque hay curas y curas —lean El pastor y los lobos, de Santiago Roncagliolo, donde hay lobos y pastores de sobra para que cada quien elija bando—, y tengo amigos con sotana que ven a la Iglesia en el rostro del inconsolable, del que no tiene nada. No creo en su dios y me bendicen con toda su bondad. Pero hay otra Lima: esa que aprendió a enjuagarse la culpa en el festín de los domingos. Limeños y limeñas que insultan, escupen, regurgitan al prójimo y luego se persignan. En esta ciudad pacata no se reza por mística ni por recogimiento; Salazar Bondy lo vio con claridad. Lima reza por reacción, para sacudirse el atracón de la conciencia y volver a empezar.
“Los hombrecitos deben venir con el pelo corto”. “Está prohibido pintarse el pelo o maquillarse”. “No solo habrá recorte de pelo, sino de ideología”. Amén.
Amo a mi ciudad, sin embargo. Tal vez porque el azar me plantó aquí, llegando a casa del aeropuerto, en una habitación cuya ventana da a edificios donde supongo que alguna gente será feliz. Pero amo más los buenos libros: refugios donde uno puede caminar sin temor a que lo gobiernen o lo acribillen, que en el fondo viene a ser casi lo mismo. Hay quienes, por supuesto, no entendieron un carajo y todavía le reprochan a Salazar Bondy haber sido injusto porque Lima tiene esquinas hermosas. Ignoran que su libro no dictaba un juicio estético, sino moral. Por eso incomoda. Por eso jode. Me jode a mí y debería joderte a ti: algo tendría que arder por dentro al leerlo, aunque sea por sabernos cómplices de esta ciudad bárbara. Mario Vargas Llosa, que tanto reflexionó sobre estas páginas, lo resumió así: “Lúcido, profundamente anclado a la realidad, original, Lima la horrible es un libro de violencia constructiva”. Disculpen si los ofendí, queridos conciudadanos, pero no me importa.
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Buena pluma Sr Titinger, me ha revuelto el hecho de volver a leer “Lima la Horrible” adelante con sus futuros artículos !!