Lo peor de Keiko Fujimori no es que cambie de piel, sino que no haya nadie debajo
Cada vez que veo aparecer a la presidenta Keiko Fujimori en redes sociales o en televisión, me da miedo descubrir en qué se va a convertir. La hemos visto probarse lindos sombreros típicos de las distintas regiones del país; luego se ha transformado en una juvenil tiktokera rodeada de sus hijas; ha aparecido con rostro furioso, escoltada por soldados con pasamontañas, hablando de perros que ladran, y también ha adoptado las formas retrógradas y antipáticas de las directoras de colegio del siglo pasado, ceño fruncido incluido, para hablar de la obligatoriedad del pelo corto y las faldas largas en los colegios nacionales.
¿Cuál será su próxima aparición? ¿En qué nuevo personaje la veremos convertida? ¿Saldrá con uniforme militar demoliendo el LUM? ¿O aparecerá como un ama de casa cariñosa comprando berenjenas en el mercado?
Hace muchos años, el genio que era Woody Allen —hoy me parece un carcamán al servicio de la peor derecha española— filmó Zelig, una maravilla en formato de falso documental en la que seguimos a un personajillo bastante apocado, Leonard Zelig, que tiene la extraña capacidad de transformar su aspecto para parecerse a quienes tiene enfrente. A este hombre camaleón le crecen bucles y barba frente a los judíos ortodoxos, se vuelve obeso junto a las personas gordas, se vuelve negro cuando se junta con los músicos de una banda de jazz, y es chino cuando pasea por el Chinatown de Nueva York. Su capacidad para mimetizarse parece no tener límites. La película, estrenada en 1983 y disponible en varias plataformas de streaming, explora los temas típicos de Allen —la identidad, la inseguridad, la relación con el otro—, pero hace hincapié, con humor y mucha reflexión, en esa necesidad tan humana de ser aceptado, de sentirse seguro. El drama de Leonard Zelig no es que pueda convertirse rápidamente en otro, sino que, en el fondo, no es nadie. No tiene ideas propias, no tiene esencia, no tiene rostro ni alma.
¿Y qué les puedo decir? Da un poco de miedo sentir que nos gobierna una versión femenina y más moderna de Zelig. Keiko Fujimori, a lo largo de una carrera política que ya dura veinte largos años, nos había anunciado su perfil camaleónico: la vimos renegar de su padre y desaparecerlo de una campaña, para resucitarlo y ponerlo en todos sus carteles en otra. La vimos defender el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación y conversar con Steven Levitsky en Harvard, para después liderar un discurso totalmente anticaviar y contrario a la defensa de los derechos humanos. La vimos bailar con su hermano Kenji Fujimori y luego mandarlo a la cana; abrazar a Pedro Pablo Kuczynski y después hacerle imposible la presidencia. Pero en todos esos casos atribuimos su inconsistencia y su falta de principios a una desesperada necesidad de llegar al poder. Teníamos la idea —aterradora para muchos, esperanzadora para otros— de que, una vez en la presidencia, sacaría a relucir su verdadero rostro, su Bukele escondido, o tal vez su perfil de madre comprensiva, o su papi papito corazón camuflado. Pero eso no ha pasado y no va a pasar.
La primera mujer elegida presidenta por voto popular en el Perú está demostrando que no sabe quién es. No parece tener un sistema de valores al que aferrarse, ni una idea clara del país que quiere construir. Un día grita que quiere orden y al otro se disfuerza en redes sociales mientras su propia hija la manda callar. No tener norte, y haber sido incapaz en todos estos años de construir el personaje desde el cual gobernar, no es un tema menor. Porque los personajes que no saben quiénes son ni qué quieren se convierten en los títeres perfectos de quienes prefieren gobernar desde las sombras y decidir sin rendir cuentas.
La sabiduría popular ya la bautizó como “Dina 2”, porque detecta en ella la misma vocación de marioneta que la anterior señora de Palacio. La diferencia es que Dina un día estaba viendo novelas turcas y al siguiente se vio empujada a ceñirse la banda presidencial. Keiko, en cambio, tuvo veinte años para decidir qué tipo de gobernante quería ser y cómo iba a conducir los destinos del Perú, y todo indica que no ha encontrado su forma.
Y mientras la busca, los bosques se incendian, el bullying continúa en los colegios y El Niño nos toca la puerta.
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