Cusco, el oxígeno y la pésima costumbre limeña de mirar el sur con desdén
Hay una manera muy limeña de decir Cusco que siempre me ha llamado la atención. La “s” se convierte casi en “j” y, con frecuencia, el nombre llega acompañado de un diminutivo: “Cujquito”. De pronto, puede sonar afectuoso. A veces lo es. Pero también condensa una forma bastante particular de mirar a esta región y, por extensión, al sur andino: un lugar querido. siempre y cuando permanezca disponible para el consumo, la nostalgia o la fantasía.
“Cujquito” es el fin de semana largo, la discoteca llena de extranjeros, la foto con montañas detrás. También puede ser la escapada “pachamamística”: unos días de desconexión, ceremonias, energía y retorno renovado a Lima. Nada de esto sería mayor cosa si esa mirada no conviviera con otra bastante menos, digamos, cariñosa: la del sur como territorio conflictivo, rebelde, atrasado o incapaz de comprender aquello que desde la capital se presenta como “progreso”. Ese mismo espacio al que se infantiliza o exotiza sostiene recursos sin los cuales la vida económica del país simplemente no funcionaría. En marzo de este año, el quiebre del ducto de Camisea interrumpió durante catorce días el transporte de gas natural y líquidos de gas, además de llevar a un alza de precios en la comida. Lima recordó, entre colas, restricciones y problemas de abastecimiento, que una parte decisiva de la energía que mueve la capital viene precisamente de ese Cusco que suele imaginar como remoto.
Quizá por eso las elecciones regionales y municipales de 2026 ofrecen una sugerente reflexión. En Cusco, Verónika Mendoza se perfila como gobernadora regional, superando hasta ahora el umbral que evitaría una segunda vuelta. En Lima, Renovación Popular y Rafael López Aliaga se perfilan a volver a la alcaldía metropolitana mediante una fórmula electoral burlesca: postuló como primer regidor y, tras la renuncia “sorpresiva” del candidato a alcalde de su lista, quedó en posición de asumir el cargo por sucesión sin que ningún organismo del Estado se atreviera a hacerle el pare. Todo un “Pepe el vivo” de la ultraderecha, para celebración de muchos limeños. Este contraste revela algo sobre la manera en que discutimos políticamente el país.
A las regiones se les suele reprochar que “no saben votar”. Cuando los resultados del sur no coinciden con las preferencias de ciertos sectores de Lima, reaparece rápidamente el vocabulario de la ignorancia, el resentimiento o la manipulación. Algunas reacciones al resultado en Cusco ya recorren ese camino, invocando al horror y el desconcierto. El excandidato limeño Rafael Santos acaba de explicar el voto cusqueño recurriendo literalmente a la altura: “en el Cusco están en altura y el oxígeno es bastante menor [por eso] no han podido pensar de manera coherente”. Y, por si quedaba alguna duda sobre el “argumento” sacado de la pseudociencia positivista del siglo XIX, añadió: “No estoy hablando de un tema racista ni clasista, es físico”. Es difícil encontrar una condensación más clara de cierta manera de mirar al sur y la región andina: una diferencia política convertida en incapacidad para pensar y una descalificación presentada como neutral porque, supuestamente, la explica la biología. El viejo centralismo, ahora con explicación atmosférica.
Con López Aliaga, en cambio, la vara parece ser otra, pese a que su retorno plantea preguntas bastante concretas. Su candidatura como “primer regidor” fue cuestionada precisamente por tensionar el sentido de la prohibición de reelección inmediata. Su anterior gestión dejó a la Municipalidad de Lima con un nivel de endeudamiento mucho mayor y con controversias legales de enorme costo todavía abiertas. El mismo día de la reciente elección el periodista Fernando Llanos le preguntó a López Aliaga si volvería a renunciar a su mandato. Él evitó responder: “En cuatro años pasan muchas cosas”.
Sobre el triunfo de Mendoza podemos mencionar varios aspectos: ella no es una figura nueva: fue congresista por Cusco, llegó al Parlamento con el humalismo, compitió dos veces por la presidencia y atravesó en la última década alianzas, rupturas y derrotas políticas. A diferencia de muchos gobernadores regionales cuyos nombres apenas llegan a la conversación pública limeña, Mendoza es una interlocutora que Lima conoce y por eso importa. Tiene un rostro, una trayectoria, adversarios identificables y un discurso que la capital ya sabe cómo discutir, y también estigmatizar.
En mi libro reciente, Cusco post Inca, indico que, históricamente, Cusco no ha sido solamente una antigua capital inca o el gran destino turístico peruano. También ha funcionado como un contrapeso discursivo frente a Lima: un espacio desde el cual se han imaginado otras formas de narrar la nación, la cultura y la relación entre el centro político y los Andes. Ese papel puede adquirir ahora una dimensión política especialmente visible. Mientras Lima continúa fascinada con discursos que prometen convertirla en una “potencia mundial”, Cusco puede colocar sobre la mesa una pregunta menos espectacular pero quizá más urgente: ¿potencia para quién y desde dónde?
No se trata de idealizar a Cusco ni obviar los retos de esta región diversa y contradictoria ni de convertir la vieja oposición Lima-Cusco en una caricatura. El centralismo no consiste únicamente en concentrar ministerios, presupuesto y medios de comunicación en una ciudad, sino también en decidir quién merece ser escuchado como actor nacional y quién puede ser reducido a paisaje, recurso o problema.
Tal vez el resultado de estas elecciones obligue a Lima a hacer algo que no siempre hace bien: escuchar a una región sin traducirla inmediatamente al lenguaje de la amenaza o la condescendencia. Verónika Mendoza, por su propia historia política, puede hacer más difícil mirar hacia otro lado. Y eso, independientemente de preferencias políticas, es saludable. De pronto es momento de prestar un poco más de atención: Cusco no es solamente el lugar al que se vuela para escapar, ni tampoco solo el lugar de donde llega el gas.
Y, sí, no es “Cujquito”, amigos.
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