¿Y si el colegio enseñara cómo endeudarse?


Seis de diez adultos no podrían afrontar un imprevisto: urge la educación financiera 


Ustedes, lectores de este espacio, probablemente se consideran personas ordenadas con su dinero: pagan a tiempo, comparan tasas y desconfían de una oferta demasiado buena. Les propongo un ejercicio rápido. Si mañana se malograra su auto, o alguien de la familia necesita una operación, ¿podrían cubrir un gasto equivalente a un mes de ingresos? Según la Encuesta de Capacidades Financieras 2026, elaborada por la SBS y CAF con 1.200 entrevistas de representación nacional, urbanas y rurales, solo el 39 % de los adultos peruanos podría hacerlo.

Con la metodología de la OCDE, que mide las dimensiones de conocimientos, actitudes y comportamientos, el resultado es discreto: apenas el 22 % alcanza un puntaje alto, es decir, 70 puntos o más en el índice de capacidades financieras. Por dimensión, el 49 % supera el mínimo en actitudes, el 42 % en comportamiento, y solo el 36 % en conocimiento. La disposición va por delante del saber: muchos peruanos quieren hacer lo correcto con su dinero, pero les faltan las herramientas para reconocer qué es lo correcto.

El promedio esconde brechas. El puntaje alto baja a 16 % en el ámbito rural, a 15 % en el nivel socioeconómico bajo y a un alarmante 11 % entre los mayores de 60 años. Los mismos grupos aparecen rezagados en resiliencia: puede cubrir el imprevisto el 34 % de la población rural, el 33 % de los adultos mayores y el 31 % del nivel socioeconómico bajo. Quien menos sabe de finanzas es también quien tiene menos colchón para equivocarse, y cada error le cuesta proporcionalmente más.

El frente digital ofrece una sorpresa y una advertencia. La sorpresa: el 31 % de los encuestados alcanza un puntaje alto en capacidades financieras digitales, más que en el índice general, señal de que el celular avanza más rápido que el aula. La advertencia: solo el 26 % cambia sus contraseñas con regularidad, el 40 % verifica que el producto que contrata provenga de una entidad regulada y el 57 % revisa que la página sea segura antes de realizar una transacción. Entre los mayores de 60 años, el puntaje alto digital cae a 18 % —justo el grupo más expuesto a las estafas por mensaje y llamadas falsas—.

La parte más interesante del estudio es la que mira atrás en el tiempo. Solo el 38 % habló con sus padres sobre el manejo del dinero durante su niñez, y apenas el 26 % recibió clases de finanzas personales en secundaria. Quienes tuvieron alguna de estas experiencias muestran mejores resultados: entre los que conversaron en casa, el 28 % alcanza un puntaje alto en capacidades financieras y el 34 % en digitales; entre quienes llevaron el curso escolar, 28 % y 35 %, respectivamente, frente al 22 % y 31 % del total. Conviene leer estas cifras con cuidado porque las familias que hablan de dinero suelen tener más dinero del que hablar, y parte de la diferencia refleja origen social antes que aprendizaje. Aun así, el dato sugiere una ruta para la política pública: la conversación en la mesa familiar no se puede legislar, pero el currículo escolar sí.

Tres de cada cuatro adultos peruanos pasaron por el colegio sin una sola clase sobre cómo funciona un crédito, cuánto cuesta una deuda o por qué sería necesario ahorrar para enfrentar eventos imprevistos. Incorporar la educación financiera de manera sistemática en secundaria, con docentes preparados para enseñarla, y diseñar programas específicos para adultos mayores y zonas rurales cuesta poco frente a lo que hoy pierden las familias en deudas caras, fraudes y emergencias sin respaldo. Si la escuela puede compensar parte de lo que la cuna no da, ¿hasta cuándo vamos a permitir que la capacidad para enfrentar un imprevisto dependa de la conversación que tuvimos o no tuvimos en casa?


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