El urgente reto de imaginar urbes más sostenibles considerando saberes indígenas
Crecí viajando a Tarapoto para visitar a mi familia, y durante muchos años la recuerdo como una ciudad selvática donde el verde nunca parecía estar demasiado lejos. Bastaba alejarse un poco del centro para volver a encontrarse con la vegetación. Pero el lugar ha cambiado mucho. El turismo y el comercio han convertido a la ciudad en un espacio próspero que atrae nuevos habitantes, emprendimientos e inversiones. Lo extraño es que, mientras la ciudad crecía, los árboles quedaron fuera de esa idea de “progreso”.
Esta contradicción resulta difícil de ignorar: Tarapoto se encuentra en una de las regiones de mayor biodiversidad del planeta, pero buena parte de su espacio urbano ofrece cada vez menos sombra. Podríamos pensarlo como una paradoja amazónica: ciudades insertas en algunos de los bosques tropicales más densos del mundo que, cuando imaginan su futuro, terminan copiando el modelo gris, caluroso y cubierto de concreto de tantas ciudades de la costa sudamericana, como Lima, Chiclayo o Guayaquil.
Quizás durante décadas pensamos que no había problema porque la naturaleza estaba cerca. Pero esa lógica deja de funcionar cuando una ciudad se expande: que el bosque amazónico siga unos kilómetros más allá ayuda poco a quien camina al mediodía por una avenida sin sombra, espera un mototaxi bajo el sol o vive en un barrio dominado por el cemento. Un artículo publicado en 2024 por el diario local Voces calculaba que Tarapoto tenía apenas 4,4 hectáreas de áreas verdes públicas para una población de más de 160.000 habitantes: alrededor de 0,27 metros cuadrados por persona. Basta caminar por el centro para identificar el problema: la antigua Plaza de Armas, por ejemplo, tenía numerosos árboles que fueron retirados durante su remodelación para privilegiar una explanada mucho más dominada por el concreto: ¿por qué modernizar tenía que significar perder árboles maduros, justo en una ciudad donde la sombra es un recurso tan necesario y escaso?
El caso de Iquitos, nuestra gran ciudad amazónica, muestra que el fenómeno no se circunscribe solo a Tarapoto. En 2024, organizaciones de la sociedad civil denunciaron que un proyecto de mejoramiento vial podía implicar la tala de más de 300 árboles urbanos. En una ciudad que registraba temperaturas superiores a los 30 grados y sensaciones térmicas cercanas a los 40, el progreso de las pistas podía exigir eliminar aquello que ayudaba a hacer soportable caminar por ellas. Detrás de decisiones como esta hay una idea de modernidad que deberíamos discutir. (O, pensando mal, la noción de que el concreto sí genera sobornos). Digamos que en Perú nos han vendido la idea de que construir equivale a poner cemento en todos lados: una plaza “renovada” es una plaza despejada, y una avenida “mejorada” amplía carriles luego de talar árboles. El concreto es visible, se inaugura y permite tomarse la foto. Un árbol necesita años para crecer e impactar y, bueno, eso resulta menos rentable políticamente.
En Puerto Maldonado las cosas no van muy distintas: una tesis en Ingeniería Forestal de la Universidad Nacional Amazónica de Madre de Dios (UNAMAD) publicada en 2018 encontró apenas 2,24 metros cuadrados de áreas verdes urbanas por habitante. Más aún, dos subsectores concentraban el 90% de la superficie y cantidad de áreas verdes estudiadas. Para habitantes de los sectores más alejados, llegar al área verde más próxima podía significar caminar alrededor de tres kilómetros, como unos 36 minutos. La investigación encontró incluso que el 93,59 % de la flora inventariada en esas áreas era exótica y solamente el 6,41 % nativa. Todo ello en la región Madre de Dios, oficialmente reconocida como la Capital de la Biodiversidad en el Perú.
Y esto importa todavía más en tiempos de calentamiento global. Según estudios como el del Servicio Geológico de EE.UU., los árboles urbanos pueden amplificar el enfriamiento de la temperatura del aire local, capturan contaminantes, favorecen la infiltración del agua y hacen más agradables los espacios de encuentro. Como recordaba tiempo atrás nuestra compañera juguera Anna Zucchetti al escribir sobre el calor de Lima, los árboles son una forma de infraestructura climática. Si esta discusión resulta urgente para una ciudad construida sobre un desierto, debería resultarnos todavía más desconcertante tener que plantearla en ciudades construidas en medio de la Amazonía.
Más recientemente he notado también otra comprensible transformación en Tarapoto: la expansión del uso del aire acondicionado. Pero hay una diferencia fundamental entre ambas respuestas al calor: un árbol enfría el espacio que compartimos y el aire acondicionado, el de quien puede pagarlo. Resulta bastante distópico imaginar un futuro amazónico en el que talemos árboles para después comprar máquinas que nos protejan del calor que esos mismos árboles ayudaban a reducir. Quizás parte de la respuesta pase también por aprender más de las comunidades indígenas locales, cuyos saberes sobre el territorio, la vegetación, el clima y las formas de habitar estos espacios podrían aportar mucho a la manera en que imaginamos ciudades más adaptadas a su entorno. La propia arquitectura tradicional amazónica ofrece ejemplos: las malocas han utilizado durante generaciones la sombra, la ventilación natural y materiales del entorno para responder al calor y la humedad, es decir, una arquitectura sostenible ancestral.
Cuando pensamos en la crisis ambiental de la Amazonía solemos mirar hacia el bosque: deforestación, minería informal, incendios, contaminación de los ríos y pérdida de biodiversidad. Pero esa mirada corre el riesgo de olvidar que la Amazonía también es urbana y en crecimiento. Y en un país donde las preguntas sobre urbanismo casi siempre se dan desde Lima, vale la pena preguntarnos qué ciudades queremos construir en Tarapoto, Puerto Maldonado, Iquitos o Pucallpa. Como diría el pensador indígena Ailton Krenak, todavía estamos a tiempo de imaginar una modernidad distinta: y así ojalá podamos ver estas urbes amazónicas no como espacios que tontamente consiguieron derrotar al bosque, sino como ciudades que aprendieron a vivir con él.
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