Las anchovetas flacas


¿Qué vamos a pescar en un mar en llamas? 


“29.8”, gritó mi sobrina Sofía señalando su reloj acuático mientras salía a la superficie. Estábamos nadando en las aguas del mar Tirreno italiano (una porción de Mediterráneo del centro itálico) y nos reportaba la temperatura del agua. 

Era la primera semana de julio y el mar se sentía como una sopa caliente. Los turistas flotaban como verduras sancochadas en un menestrón. 

Este año, 2026, como cada año desde hace una década, se están rompiendo todos los récords de la temperatura atmosférica, pero también de la del mar. 

La situación de los océanos es especialmente preocupante. En este momento, en medio de un enorme desbalance energético, el planeta emite más calor del que puede absorber y los océanos acumulan cantidades épicas de calor: más del 90 % del exceso que generamos por el efecto invernadero. 

Entre marzo y junio de este año, la temperatura superficial del océano fue la segunda más alta jamás observada para esas fechas, muy cerca de los récords de 2024. Te dejo una imagen que me persigue como una película de terror.

“Los peces están atontados” me gritó Sofía mientras buceábamos, acercando nuestras manos a sus cuerpos viscosos. No era para menos. En algunas zonas del Mediterráneo, los ecosistemas se están «tropicalizando» con especies procedentes del mar Rojo. La Posidonia oceánica, una planta primitiva que forma praderas que hospedan una increíble biodiversidad, exhibe una inusitada mortandad. 

En el Atlántico norte, desde Noruega e Islandia hasta Groenlandia y las costas de Canadá y Estados Unidos, varias regiones están experimentando un océano anormalmente cálido, con olas de calor inusitadas. El bacalao atlántico (Gadus morhua), una especie de aguas frías, responde al aumento de temperatura buscando aguas más profundas y se está desplazando hacia latitudes más altas, buscando la frescura. 

Ambos muestran que el cambio climático no solo calienta el mar: reorganiza completamente la geografía de la vida oceánica. Y, con ello, nuestra economía.

En el Perú, el calentamiento y la variabilidad climática, además del fenómeno de El Niño, también están reorganizando el ecosistema de Humboldt, afectando el fitoplancton, la anchoveta y toda la cadena alimentaria. Los científicos del Instituto del Mar del Perú (IMARPE) han documentado que, con un océano más cálido, nuestra anchoveta (Engraulis ringens) se desplaza hacia aguas más profundas o más australes, afectando toda la cadena trófica de la cual es parte. Considerando que la pesca tradicional representa el 64 % de nuestras exportaciones pesqueras y depende esencialmente de esta especie, no es una buena noticia. Según la Cámara de Comercio de Lima, este año está en riesgo el 2 % del PBI peruano.

Si el mar caliente mata el negocio pesquero tradicional, ¿podremos construir uno nuevo?

IMARPE está dando algunos pasos en este sentido. En sus informes científicos más recientes aparecen varias líneas innovadoras. Por ejemplo, ya no mide solo la biomasa (cuántas anchovetas hay), sino que monitorea diariamente la distribución de juveniles y adultos, y calcula el factor de condición, es decir, cuán flacos o gordos están en relación a su tamaño. En 2026 ha publicado un análisis histórico que cruza contenido de grasa, factor de condición y reproducción para entender cómo responden las anchovetas a la variabilidad ambiental y a grandes eventos como El Niño.

El IMARPE también está incorporando nuevas formas de mirar el océano. Utiliza información de perfiladores ARGO, unas boyas autónomas que recorren la columna de agua y miden temperatura y salinidad a distintas profundidades, para entender cómo está cambiando la estructura térmica del océano. También usa ecosondas que emiten ondas sonoras hacia el aguapara estimar la distribución de la anchoveta, una tecnología llamada hidroacústica. El instituto acaba de publicar una síntesis de 33 años de aplicación de esta herramienta que permite seguir los cardúmenes en tres dimensiones, no solo verlos en un mapa. El nuevo volumen científico de IMARPE sobre la anchoveta también integra información sobre vientos, afloramiento, temperatura, salinidad, oxígeno, productividad, plancton y modelos poblacionales. Demuestra que, finalmente, estamos transitando de la práctica de gestionar una especie de manera aislada a entender el ecosistema que la sostiene.

Finalmente, IMARPE y el Ministerio de la Producción también están empezando a mirar el “nuevo menú” del océano. Una campaña científica reciente evalúa las condiciones oceanográficas que pueden favorecer la presencia de unas especies y desplazar a otras. Así, reporta un aumento de especies indicadoras de aguas ecuatoriales (con nombres ajenos a las cebicherías peruanas, como el pez sierra, la ayamarca o la samasa) y de especies oceánicas como el barrilete, el atún aleta amarilla y algunos tiburones.

¿Podremos desarrollar una pesquería más diversificada y sostenible si entendemos el comportamiento climático del océano y los cambios en su ecología? 

Esa debe ser la apuesta. Porque no podemos seguir pescando de la misma manera en un océano que ya no es el mismo. Ha llegado la hora de construir un pujante sector pesquero, pero esta vez con conocimiento científico y reglas que nos permitan aprovechar los nuevos recursos sin ponerlos en riesgo.


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