¿Falló el antifujimorismo al no combinar denuncia con esperanza?
Pensar en uno de los episodios más trascendentales de la historia reciente de Chile, el plebiscito nacional de 1988, invita a reflexionar sobre nuestro presente y en las formas en que la comunicación masiva puede calar sobre la memoria de un pueblo. En aquel referéndum, el hermano país tuvo en sus manos una decisión histórica: determinar si el dictador Augusto Pinochet continuaba en el poder, o si iniciaba el camino hacia la recuperación de la democracia.
La película No, protagonizada por Gael García Bernal y dirigida por Pablo Larraín, retrata con sensibilidad e inteligencia ese momento decisivo. Más que reconstruir un hecho histórico, la cinta nos muestra el valor de la participación ciudadana, el peso de la memoria histórica y la importancia de defender la democracia incluso en las circunstancias más adversas.
Al verla, no pude evitar sentir una profunda inquietud al pensar en la situación actual de nuestro país. Salvando las diferencias históricas y políticas, o no tanto, la experiencia chilena recuerda que las democracias no son conquistas permanentes, sino construcciones que requieren vigilancia, compromiso, resistencia y un pueblo dispuesta a defender los principios que las sostienen.
¿Qué ocurrió con aquellos movimientos del No a Keiko Fujimori que movilizó a miles de ciudadanos durante las campañas electorales? Quizá llegamos a convencernos de que, después de tantos intentos fallidos de Keiko por alcanzar la presidencia, de las cuestionadas maniobras políticas desplegadas en procesos electorales anteriores y del peso de un pasado que la vinculaba al legado autoritario de su padre, el fujimorismo había perdido definitivamente la capacidad de volver al poder.
Su historia parecía suficiente para cerrar esa puerta. Keiko Fujimori no solo cargaba con el legado político de un régimen encabezado por un expresidente condenado por delitos de lesa humanidad y corrupción, sino también con la responsabilidad política de haber defendido ese proyecto. A ello se suman graves violaciones a los derechos humanos, como las esterilizaciones forzadas, una de las páginas más dolorosas de nuestra historia y por la que aún persiste una demanda de justicia. Pensábamos, entonces, que habíamos aprendido la lección y que no volveríamos a tropezar con la misma piedra.
Sin embargo, las cifras demuestran que el Perú sigue siendo un país dividido y con una memoria en permanente disputa. Al leer la reciente publicación de Natalia Sobrevilla sobre el Lugar de la Memoria (LUM) y las largas filas de personas que buscan comprender uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia, resulta evidente que existe un amplio sector de ciudadanos dispuesto a confrontar el pasado y a rechazar el retorno del fujimorismo.
Pero también existe otro porcentaje que, por miedo o por la falta de alternativas políticas convincentes, continúa respaldando esa opción. Un miedo que no surge espontáneamente, sino que ha sido alimentado durante años por una narrativa mediática que insiste en presentar al fujimorismo como la única fuerza frente a un eventual regreso de la violencia terrorista de Sendero Luminoso. Esa apelación constante al temor ha sido una de las herramientas más eficaces de su estrategia política.
No creo que ese respaldo responda, necesariamente, al convencimiento de que Keiko Fujimori representa la mejor alternativa para el país. Más bien, pone en evidencia la ausencia de un relato democrático capaz de dialogar con quienes aún dudan, de disputar el terreno de las emociones y de ofrecer una visión de futuro que no dependa del miedo, sino de la memoria, la justicia y la esperanza.
Y es allí donde vuelvo a pensar en la campaña del No en Chile. Aquel grupo de publicistas entendió que aquel referéndum que decidiría el futuro del país, no solo se ganaría con argumentos, sino también disputando el terreno de las emociones, la esperanza y el imaginario colectivo. Comprendieron que la televisión —el gran medio de masas de la época— podía convertirse en una herramienta para hablarles a los indecisos y convencerlos de que el futuro podía ser mejor que el miedo.
Tal vez esa sea una de las lecciones que aún tenemos pendiente en el Perú: la defensa de la democracia no puede limitarse a recordar los errores del pasado. También debe ser capaz de ofrecer una visión de futuro que inspire, convoque y movilice a quienes todavía no encuentran razones suficientes para creer en una alternativa democrática.
Hoy transitamos por una nueva revolución: la tecnológica. Si en 1988 la televisión fue el escenario decisivo para la campaña del No en Chile, hoy ese lugar lo ocupan las redes sociales. TikTok, Instagram, Facebook y X se han convertido en los nuevos campos de batalla de la política. Los candidatos ya no solo ofrecen propuestas; también producen contenido, se convierten en influencers y aprenden el lenguaje de los algoritmos para seducir, especialmente, a los votantes indecisos y a las nuevas generaciones.
En el caso del fujimorismo, esa maquinaria comunicacional no nació con las redes sociales. Lleva décadas perfeccionándose. Si algo hay que reconocerle a esa organización política es que comprendió, desde los años en que Alberto Fujimori ocupaba el poder, que la disputa por el relato era tan importante como la disputa por el gobierno.
Lo comprobé mientras investigaba durante años el caso de las esterilizaciones forzadas. Para comprender la magnitud de esa política era indispensable adentrarse también en la maquinaria mediática que la sostuvo. Fue durante el fujimorismo que aparecieron los llamados «diarios chicha», utilizados para desacreditar opositores, distraer a la opinión pública y minimizar o negar graves violaciones a los derechos humanos. Al mismo tiempo, recurrían a un viejo recurso del sensacionalismo: convertir el cuerpo de las mujeres en mercancía para captar la atención y desplazar el debate público hacia el espectáculo.
Hoy las herramientas son distintas, pero la lógica parece similar. Lo que antes hacían los diarios sensacionalistas, ahora ocurre en las plataformas digitales, amplificado por algoritmos capaces de convertir cualquier contenido en viral. En una época en la que resulta cada vez más difícil distinguir entre una imagen auténtica y una manipulada, o entre información y propaganda, el uso político de las redes sociales adquiere una relevancia enorme.
Keiko Fujimori ha entendido ese lenguaje. Sus redes sociales muestran cada uno de sus movimientos: reuniones con líderes internacionales, apariciones cuidadosamente calculadas y videos en TikTok junto a sus hijas, donde acepta participar en desafíos virales absurdos para entretener a ese público jóven y transmitir una imagen de cercanía y espontaneidad. Más que episodios anecdóticos, estas publicaciones forman parte de una estrategia de construcción de imagen que busca conectar con un electorado que no vivió los años noventa y cuya memoria política se forma, en gran medida, a través de las pantallas.
La pregunta, entonces, es inevitable. ¿Qué hubiera ocurrido si los movimientos del No a Keiko hubieran comprendido, desde el inicio, que la batalla también debía librarse en ese terreno? ¿Si hubiera desplegado una estrategia digital tan persistente y sofisticada como la del fujimorismo? Nunca lo sabremos. Una de las razones también se sostiene desde lo económico, estas campañas en redes son costosas.
Lo que sí sabemos es que las próximas elecciones no se definirán únicamente en los debates ni en las plazas públicas. También se decidirá en los teléfonos móviles, en los algoritmos y en la capacidad de disputar el relato cotidiano. Quienes defienden la democracia harían mal en subestimar ese escenario.
Porque, al final, sabemos que las redes sociales son un arma de doble filo. La misma estrategia que hoy puede fortalecer una candidatura también puede volverse en su contra cuando la realidad desmiente el relato. Y quizá, de manera simbólica, sea esa la imagen que cierre el círculo: la de una Keiko Fujimori terminando sumergida en las aguas turbias de la narrativa que durante tantos años contribuyó a construir.
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