“Sombriti” nos enseña la importancia de heredar memoria y de recaudar esperanza
Acaba de publicarse, bajo el sello Lumen, Sombriti, del escritor e historiador José Carlos Agüero. Se trata de la primera edición en el Perú de un libro que salió hace tres años en Chile y que, si bien en su momento tuvo una buena acogida y críticas excelentes, tuvo una difusión limitada. Hoy tenemos en nuestras manos una nueva edición, con algunos cambios que nos permiten acercarnos a la siempre lúcida mirada del autor sobre nuestra realidad nacional.
Como todo lo que escribe Agüero, estamos ante un libro inclasificable. En sus páginas, la poesía da paso a la memoria, que se detiene en la descripción de algún rincón de la ciudad, evoca un dato histórico —casi siempre triste— y luego remata con algo así como una recomendación para Billie, su hija: su heredera, que al mismo tiempo que recibe un universo herido, se empieza a adueñar del mundo a partir de su propio lenguaje.
¿Ensayo literario? ¿Memorias? ¿Ensayo político? ¿Poesía? La clasificación es innecesaria. Lo que tenemos es un texto hermoso, honesto y también doloroso, que echa mano de todos los recursos posibles para construir el mensaje. Uno que se monta sobre una nueva tendencia de esos escritores que, una vez que se convierten en padres, cuestionan su humanidad desde ese rol. José Carlos Agüero salta del lugar del heredero que ocupó en su libro Los rendidos, al de testador en Sombriti. El autor ya no se coloca en el lugar del hijo de dos senderistas que murieron masacrados por el Estado y que trata de encontrar un lugar en una sociedad dividida por el odio y el dolor: esta vez, consciente de que ha traído un nuevo ser humano al mundo —o a la ciudad—, va dibujando un mapa de los lugares por los que transitará su niña, los mismos que él ha transitado (o no). Como una suerte de Waze o Google Maps emocional, le advierte a Billie qué espacios le pertenecen, cuáles le serán arrebatados y cuáles tendrá que conquistar.
El libro está inscrito en el contexto de las matanzas de cincuenta peruanos durante el gobierno de Dina Boluarte, y funciona como una voz de protesta y de consciencia contra esa inhumanidad, pero también como el testamento de un viejo guerrero que sabe dónde están escondidas las trampas. Con esa prosa calmada, a veces contenida, va dejando registro de todas las rutas que ha transitado, las amables y las violentas, y va usando su propia memoria —la que construyó y la que le legaron— como un instrumento que le permita a su hija moverse con cierta seguridad sobre un campo minado. Porque la memoria sirve justamente para eso: para indicarles a los que siguen dónde no pisar, dónde excavar, dónde refugiarse.
Sin embargo, mientras José Carlos dibuja un mundo conocido y lo evoca, mientras señala cada esquina, cada edificio, cada avenida que tiene grabada la impronta de una violencia nunca resuelta, Billie, la niña, empieza a nombrar su nuevo mundo con sus propias palabras: «endodo», «apestepoco», «sombriti». Y es en ese contraste donde reside la genialidad del texto: en ese lenguaje infantil es posible una vida nueva, un universo distinto.
Quien trae un hijo al mundo trae a un heredero, pero también a un fundador. Cuando la niña nombra, otro mundo existe; como una pequeña Diosa, redime. En Sombriti, José Carlos le explica a Billie que hay una calle que desemboca en una plaza, que puede llevarla a una avenida, que puede esconder una trampa donde puede perder la vida. Y por eso le advierte, no una sino varias veces, que camine con memoria. Pero en Sombriti hay también una niña con una hoja en blanco que llena todos los días con nuevas palabras y que van dibujando nuevas rutas que tal vez ayuden a su padre a dejar atrás el dolor.
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