Mano dura y discurso suave


Entre la memoria y la tentación de creerle al fujimorismo en el poder


Tras el discurso de Keiko Fujimori el pasado martes 28 de julio, ha quedado en el aire un desconcierto que parece razonable. En la cabeza de quienes esperaban que la hija del dictador hiciera un listado de las atrocidades que iría a cometer durante su mandato ocurrió un cortocircuito. La señora K nos tenía acostumbrados a escucharla defender el gobierno de su padre y abrazar causas gravemente conservadoras y arcaicas, como oponerse —en pleno siglo XXI— a la unión civil y al aborto en casos de violación. Su posicionamiento había sido claro durante toda su vida política. Allí estaban, además, como invitados de honor, los gobernantes de la derecha latinoamericana: Milei, Kast y Noboa, por no hablar de Felipe VI, representante de la monarquía española. Y, sin embargo, la nueva presidenta eligió centrar buena parte de su mensaje en propuestas vinculadas a las ayudas estatales y al gasto social, como la ampliación de la Beca 18, el incremento de los beneficios de la Pensión 65 y el aumento del salario mínimo. Tampoco perdió la oportunidad de mencionar al Dios católico —es, todavía, una mujer que no comulga con la separación entre la Iglesia y el Estado—, pero el énfasis mayor estuvo puesto en el bienestar de todos los peruanos (deteniéndose sobre todo en quienes no votaron por ella) y en la conciliación nacional. Parecía una broma que Fujimori hubiese invitado a Javier Milei para escucharla hacer promesas propias de lo que él llamaría «zurdos de mierda».

Acabada la faena, medios nacionales y extranjeros no tardaron en señalar la aparente contradicción entre estos anuncios y las críticas que la excandidata había hecho a propuestas muy similares durante la carrera electoral, cuando eran sus rivales quienes las hacían. Apareció, entonces, el desconcierto. Y la pregunta en nuestros grupos de WhatsApp: «¿Le creemos?». Una duda lógica y razonable para algunos. Después de casi veinte años intentando alcanzar la presidencia, quizás Keiko sinceramente pretende hacer las cosas bien.

Pero la duda solamente es lógica para quien decide no atender a la verdadera cara de este personaje. 

Conversando con amigos argentinos y chilenos en estos días, les pregunté si acaso ellos habían caído en ese cándido optimismo una vez que Milei y Kast se alzaron con el poder en sus países. Si tal vez una parte suya pensó: quizá somos nosotros los equivocados y es hora de cederle el gobierno a derechistas que parecen tener muy claro lo que se debe hacer. Una resignación que prefiere enfrentarse a la pesadilla desde una mirada positiva, tratando de mirar el vaso medio lleno, deseando que lo que sea que suceda sea también lo mejor para el país. Mis amigos fueron tajantes: «¿Qué clase de optimismo es ese, si las personas que han alcanzado el poder son precisamente quienes niegan los crímenes de las dictaduras? ¿Cómo siquiera coquetear con la esperanza cuando la encarnación de ese negacionismo tiene puesta la banda presidencial?» .

No hay nada bueno por rescatar de que Keiko (al fin) sea presidenta del Perú. Si su discurso ha hecho pensar a alguien que la eterna candidata aprovechará esta oportunidad para callarle la boca a sus opositores y dirigir al país de forma idónea, aquello no hace sino hablar mal de la conciencia que tenemos como nación y como colectivo. ¿Qué clase de optimismo es ese? ¿Qué clase de respeto a las víctimas de la dictadura —que ella reivindica— puede sobrevivir en un pensamiento de esa naturaleza? ¿No es, más bien, síntoma de cierta simpatía que muchos le tenían guardada a escondidas y que solo ahora, cuando ya la nueva realidad fujimorista es inevitable, se atreven a confesar en forma de duda?

No saben si creerle, pero quieren hacerlo. Y quienes no puedan —las víctimas que marcharon en las calles al mismo tiempo que Keiko Fujimori daba su suave discurso—, que se jodan. Problema de ellos.


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