O de cómo Carlos Castillo demostró que no será un arzobispo complaciente
Desde que nació mi hijo Adriano descubrí que mi costumbre de intervenir cuando algo me parece injusto no es cómoda y puede ser peligrosa. Soy de las que reclaman cuando alguien se salta la cola, de las que le devuelven la basura a quien acaba de arrojar su desperdicio por la ventana del auto, de las que se plantan frente a quien ocupa un sitio de discapacitados sin que le corresponda. No es una elección: simplemente, no puedo evitarlo, y no siempre me siento orgullosa de eso. Más de una vez he expuesto a mi pobre hijo a situaciones que lo han asustado. Recuerdo su carita suplicante pidiéndome que no me metiera, y mi convicción de que, a pesar del mal rato, debía hacerlo. Perdón, hijo mío: sé que entre mi ímpetu natural y mi exposición pública mientras trabajaba en la radio no era fácil caminar de la mano conmigo por las calles. No era la vergüenza lo que te asustaba, sino la posibilidad de que alguien me hiciera algo por intervenir.
Y es que el riesgo siempre existe. A veces es físico: puedes ser agredida por comerte un pleito que no es tuyo. Pero otras veces la respuesta es más sutil, más difícil de detectar. En un país como el nuestro, y en estas épocas extrañas que nos tocan vivir, abrazar una causa justa puede costarte el ostracismo social o la pérdida de oportunidades laborales. Si levantas la voz contra el terruqueo, o reclamas por los muertos de Dina Boluarte, hay una Lima conservadora y cada vez más racista que te dará la espalda: amigas de toda la vida que te creerán una desubicada que quiere lo peor para el país o empresas que preferirán no contratarte porque no estás alineada con su visión de desarrollo. Si hablas de desigualdad, habrá familiares que te señalarán por incentivar el resentimiento; y si dudas del compromiso democrático de la presidenta Keiko Fujimori, te gritarán que seguro preferías a Antauro. A esa derecha intolerante se le suma una izquierda cancelatoria, que anula tu discurso porque creciste en el privilegio, que descarta tu mirada crítica por considerarla una pose progre, que deslegitima tus preocupaciones porque nunca son lo suficientemente comprometidas o rabiosas. No me quejo: describo el mundo difícil en el que nos movemos. Si no, pregúntenle a mujeres como Rosa María Palacios y Marisol Pérez Tello cómo las tratan de uno y otro lado del espectro ideológico. Francamente, es agotador.
Disentir es un deporte de alto riesgo en una sociedad capturada por los extremismos, por la necesidad de desaparecer a quien interfiere con nuestros planes de vida. Por eso valoro a quien está en una posición en la que no tiene nada que perder y usa su voz para reclamar por lo que está mal, para incomodarnos con nuestras propias miserias. Eso fue lo que hizo, para sorpresa de muchos, el arzobispo de Lima, cardenal Carlos Castillo, en la tradicional misa que se ofrece cada 28 de julio por Fiestas Patrias. Ahí, parado ante el aún presidente Balcázar, ante ministros, congresistas, jueces y fiscales, ante el Perú entero que esperaba la juramentación de Keiko Fujimori, señaló con contundencia y sin tartamudear que el mundo atraviesa por una situación catastrófica, porque diversos grupos de interés imponen su ambición y su deseo de enriquecimiento ilícito a través de guerras y atropellos. Denunció los abusos que cometen los países desarrollados contra los más débiles y no escatimó una sola sílaba al resaltar cómo esa miseria también nos alcanza. Alertó sobre el interés de inmiscuir la religión y usarla como bandera para justificar barbaridades, y señaló que somos un país dividido y maltratado. Para dejar muy en claro a qué se refería, pidió a lo largo de la ceremonia por cada uno de los muertos ocasionados por la represión militar y policial durante el gobierno de Dina Boluarte.
Las reacciones no se hicieron esperar. Las redes se llenaron de comentarios que apoyaban el sermón, pero también de quienes tildaron a monseñor Castillo de comunista, proterruco y de mezclar religión con política. Curiosamente, esos mismos reclamones nunca se pronunciaron cuando Juan Luis Cipriani utilizó la misma tribuna para defender privilegios e injusticias.
Lo que ha hecho monseñor Castillo es continuar la línea trazada por León XIV, que, en su aún corta estadía en el Vaticano, ya demostró que callado no se va a quedar. Porque si la vida te ofrece la posibilidad de decir lo que piensas, de reclamar por las injusticias y de velar por los más necesitados sin que eso te acarree ninguna consecuencia importante —porque eres una de las personas más poderosas del mundo—, no te puedes quedar callado.
Lo que ha hecho monseñor Castillo —que no es perfecto, y a quien también podemos criticarle, en otro plano, comportamientos intolerantes como censurar la obra de teatro María Maricón, creada por alumnos de la PUCP— es dejar en claro que tiene una voz. Una voz que no se puede callar ni amedrentar, y que la va a usar porque ese es el papel que le toca a una institución como la Iglesia católica. Los poderosos tienen sus maneras de imponer su discurso, y los más pobres necesitan hoy, más que nunca, voces que los defiendan. Porque de eso se trató el paso de Jesús por la tierra, esa fue la lucha que dejó encargada.
Les dejo en este enlace la homilía de monseñor Castillo.
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