Tres claves para repensar la educación y transformar el presente.
Massimo Recalcati (Milán, 1959), en su libro La hora de clase (2016), propone volver a pensar la palabra «enseñar» como un hacer signo, dejar una señal, señalar algo; algo que se proyecte desde el presente; un presente compartido en la relación enseñanza-aprendizaje. En este sentido, enseñar sería imposible en una relación unidireccional u objetual. Tienen que haber sujetos presentes para que se dé el acto de enseñar, el acto de educar. Ese hacer signo, dejar señal, solo puede darse de forma conjunta.
Desde esta perspectiva, podemos pensar que educar es señalar el futuro. Digamos, gran parte de la educación se orienta por la idea de proporcionar un cierto horizonte a la ciudadanía que podríamos ser. En la relación entre enseñanza y aprendizaje, una generación acompaña y guía a otra más joven en su camino hacia la adultez, hacia su constitución como ciudadanos. Ciudadanos de un tiempo que aún no existe.
¿De qué manera podemos señalar el futuro, especialmente ahora, en este tiempo? ¿Cómo pensar el educar como un acto que se proyecta hacia el futuro, cuando el futuro parece tan abrumador, violento, desconsiderado y hostil (por decir lo menos)?
En los últimos años, venimos presenciando, como parte de la degradación brutal de la institucionalidad y la ética gubernamental, un proceso de contrarreforma educativa que viene mermando las estructuras más fundamentales: aquellas que orientan la constitución de los actos más complejos, como los marcos legislativos en la concatenación de poderes ligados a claras agendas políticas; y la de los actos más simples —aunque no por ello más superficiales—, como los que ocurren día a día durante el trabajo en el aula.
Tener tiempo y espacio disponible para pensar la educación sigue siendo casi un lujo que solamente se pueden permitir unos pocos. El hecho de pensar en el sentido de esas señales posibles, para los educadores, los enseñantes, generalmente se opaca frente al acontecer burocrático, para el que solo queda, en la mayoría de los casos, sostener una performance que brinde al menos ciertas evidencias. Y no es que allí no puedan darse actos nobles y significativos, pero, si se dan, será a costa de esfuerzos particulares y no por consideración y habilitación del sistema.
Frente a este panorama y estas preguntas, hay algunas respuestas que venimos encontrando en MARES—nuestra asociación dedicada a la investigación y práctica sobre aprendizaje autónomo y participativo—, en el marco de las reflexiones durante la preparación de la quinta edición de nuestro curso anual (que decidimos llamar justamente Educar es señalar el futuro). Y estas respuestas —nombraré aquí las tres más importantes— se sostienen en la fuerza significante que implica, en primer lugar, contar con una forma de leer el presente educativo. Y no hay forma de leerlo sin comprender qué lo configuró así. Sería iluso creer que se puede pensar en señalar un futuro sin conocer aquellos otros futuros que, frente a tantos otros presentes, fueron señalados desde el pasado, y confrontarlos con lo que acontece hoy. Hay que leer los futuros urgentes, incendiados, conformistas, engañosos, románticos, impositivos, abusivos, revolucionarios, autoritarios, utópicos, incomprendidos o mordaces que se han señalado a lo largo de la historia de las relaciones de poder en nuestro territorio.
¿Qué de todas estas señales sigue siendo capaz de orientar y redirigir las miradas con fuerza actual? ¿Qué vale la pena retomar, revisar, problematizar y reconfigurar? ¿Qué novedades imperan hoy, a qué intereses responden y cómo podemos situarnos para gestar una postura al respecto?
En segundo lugar, está el hecho de que esta lectura sea a su vez una escritura, un generar algo qué decir, algo qué increpar, algo qué ver, algo qué situar, proponer, circunscribir, trazar, diseñar (que también trae consigo el señalar). Es decir: poner en valor consciente la manera de comprender el lugar en el que nos situamos en la historia de la educación en nuestro país, en todas las formas de futuro que se han señalado. Y, a partir de ello, atrevernos a escribir rutas actuales necesarias que comprendan su sentido en el devenir de las condiciones que atraviesa nuestro país.
En tercer lugar, nada de esto será posible si lo hacemos solos. Es únicamente en la posibilidad del pensamiento conjunto que las lecturas y las escrituras cobran esa fuerza significante que trasciende la comprensión personal, así sea la más agudamente informada.
Sea a través de un curso que problematice la educación a partir de estos ejes o a través de sesiones de análisis conjunto de propuestas educativas nacidas en las distintas latitudes de nuestro territorio, o a través de encuentros al interior de los equipos pedagógicos de cada institución a los que se inviten a madres y padres, o a través de simples reuniones de colegas que compartan intereses y preguntas, la necesidad de hacernos de una lectura y una escritura conjuntas y participativas —que impliquen tomar parte en algo— del presente de la educación en el Perú es más necesaria que nunca. Y así quizá sea posible compartir con otros ese acto encendido y hermoso que es señalar el futuro.
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