Por qué abrir las aulas a los conocimientos indígenas nos enriquecen como nación

Ximena Gallegos Gutiérrez es estudiante de doctorado en Ciencias del Aprendizaje y del Desarrollo Humano en la facultad de Educación de la Universidad de Washington. Su investigación, junto a docentes de escuelas en Perú, se centra en generar espacios de aprendizaje en los que el conocimiento indígena, especialmente el quechua, sea central.
En una mañana soleada y cálida de invierno, me encuentro en camino a dos instituciones educativas que atienden a estudiantes de los niveles inicial, primaria y secundaria en El Pedregal, el principal centro urbano y capital del distrito de Majes, en la provincia de Caylloma, en Arequipa.
En esta próspera y vibrante localidad se enmarca mi investigación de doctorado, la cual busca comprender las identidades, historias de vida, experiencias profesionales y decisiones pedagógicas de docentes quechuas peruanos en zonas de alta migración. Como parte de esta investigación, mi propósito en estas visitas es facilitar talleres para que los profesores puedan reflexionar sobre su vínculo personal con la tierra y el agua e identificar cómo esa conexión se manifiesta en sus prácticas pedagógicas y comunitarias. Este tema es particularmente relevante en zonas como El Pedregal. Como uno de los principales centros agroexportadores del país, esta localidad urbana experimenta un crecimiento migratorio constante, proveniente en su mayoría de la sierra sur peruana (Cusco, Puno y las zonas altas de Arequipa). Sin embargo, este dinamismo hoy se enfrenta a graves desafíos ambientales inherentes a su entorno árido. Y es que la transformación agrícola de las pampas de Majes, impulsada por el megaproyecto de infraestructura hídrica Majes-Siguas, convirtió un extenso desierto en tierras cultivables mediante el trasvase de agua desde el río Colca hacia la zona de El Pedregal.
Durante el desarrollo de los talleres que facilité allí tuve el honor de conocer a los profesores Paúl y Marisol, docentes de educación primaria y secundaria, respectivamente. A partir de ese primer encuentro, ambos aceptaron ser entrevistados; compartieron con orgullo su identidad quechua y nos regalaron valiosas historias, recuerdos y reflexiones sobre lo que significa, en el día a día, ser parte de este grupo indígena. En el taller de la tierra, la profesora Marisol revivió pasajes de su vida marcados por el pago a la tierra. Para ella, esta ceremonia no es solo una tradición heredada de sus abuelos y de su comunidad, sino la máxima expresión de respeto y reciprocidad hacia el mundo natural y los seres que lo habitan. Por su parte, durante el taller del agua, el profesor Paúl recordó una experiencia con un grupo de segundo grado de primaria en la que el protagonista fue el apu Sabancaya, el imponente volcán tutelar de Caylloma. Esta historia le sirvió para reflexionar, junto a sus colegas, sobre algo vital: la profunda conexión entre el agua y este majestuoso ser guardián. El profesor Paúl explicó entonces que este vínculo no solo entreteje los ciclos biológicos indispensables para mantener la vida, sino que también es responsable del equilibrio cósmico tan fundamental en la cosmovisión quechua.
Sumergirme en sus relatos fue una experiencia de aprendizaje colectivo que me permitió ver, en la práctica, cómo la formación docente se transforma al abrir sus puertas a otras formas de entender el mundo, más allá de los marcos eurocéntricos tradicionales. Diseñar experiencias que acojan y celebren cosmovisiones como la quechua no solo tiene el potencial de enriquecer los espacios de formación docente, sino también de ayudarlos a trascender. Y, aún más importante, al potenciar la riqueza cultural de los educadores en su formación profesional, se activa un maravilloso efecto dominó: se forman docentes capaces, motivados y con las herramientas para crear entornos de aprendizaje donde las identidades y manifestaciones culturales de sus estudiantes (quechua u otras) finalmente son parte activa con voz y valor propio.
Esto no es un asunto menor si miramos las cifras: según el censo de 2025, el 17,2 % de los habitantes del país se identifica como quechua; es decir, casi 6 millones de peruanos y peruanas. Por tanto, siendo una población tan determinante para el país, al pensar en la formación docente, la reflexión es urgente: ¿cómo acompaña el sistema educativo a los maestros que se autoidentifican como quechuas o de otros orígenes en su desarrollo profesional? ¿Qué herramientas se les proporcionan? ¿De qué manera acogemos sus identidades, saberes ancestrales, vivencias e historias para que enriquezcan su formación profesional?
En un territorio como El Pedregal, donde confluye y convive una rica amalgama de identidades, los docentes como Marisol y Paúl desempeñan un papel crucial. A través de sus historias pude comprobar cómo, desde sus propias trayectorias de vida arraigadas en la cosmovisión quechua, ambos generan entornos de aprendizaje que invitan y acogen la diversidad de saberes culturales. Al hacerlo, por ejemplo, desafían la narrativa convencional que reduce el agua y la tierra a simples bienes de consumo, devolviéndoles un significado mucho más complejo, sagrado y, sobre todo, holístico. Con su labor cotidiana, ambos docentes están trabajando activamente para quechuanizar sus aulas y sus comunidades, es decir, ofrecer una currícula en las que sus estudiantes puedan alcanzar su máximo potencial sin tener que renunciar a sus identidades y a su riqueza cultural. Sin embargo, este no puede ser un esfuerzo aislado: quechuanizar la educación debe ser un propósito colectivo que se siembra en los espacios de formación docente para luego dar frutos en cada salón de clases a lo largo y ancho del país.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe