Cuando la IA escribe en español


¿Debemos conformarnos con que un texto esté bien escrito?


Rafael Franciosi Tovar es escritor y docente universitario. Es magíster en Escritura Creativa por la Pontificia Universidad Católica del Perú y cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad. Ha enseñado escritura, narrativa, literatura y argumentación académica.


¿Quién nunca ha usado la IA?

Hace un par de años, cuando empecé a dictar clases como jefe de práctica en la universidad, se me ocurrió hacerles esa pregunta a mis estudiantes. Me refería a la inteligencia artificial generativa, o IAgen, programas capaces de producir textos, respuestas o versiones nuevas de materiales previos a partir de una instrucción escrita. Entonces todavía hacía falta la aclaración.

Algunos levantaron la mano. Muy pocos. Volví a hacer lo mismo el ciclo siguiente. Hubo risas, miradas de sorpresa. Esta vez nadie levantó la mano. La pregunta había empezado a sonar anticuada. Desde entonces, dejé de hacerla.

Preguntar quién no ha usado IA empezó a parecerse a preguntar quién no ha buscado algo en Google o corregido una palabra con el autocorrector. En poco tiempo, la IAgen dejó de ser una herramienta excepcional. Ya no estaba fuera de la escritura. Había empezado a meterse en sus operaciones más comunes, como buscar, ordenar, resumir, corregir, ampliar, reescribir.

Esa normalización tampoco se limita a mis clases ni al Perú. A fines de 2024, El País publicó una crónica sobre ChatGPT en la Universidad Complutense. En ella aparecen estudiantes que lo usan para buscar fuentes, corregir redacciones u ordenar ideas, y profesores que cambian sus evaluaciones o ya lo usan para preparar clases.

Si la IAgen solo sirviera para copiar y pegar trabajos enteros, el asunto sería más nítido. Hablaríamos de plagio, sanciones, detectores y reglamentos. Pero la herramienta se mueve en zonas menos claras. A veces sustituye una parte importante del texto. Otras veces lo atraviesa de manera menos visible.

La pregunta por el uso empieza entonces a quedarse corta. Es importante saber si un texto fue escrito por una persona, por una máquina o por una combinación de ambas. Pero al leer muchos textos atravesados por IAgen aparece otra inquietud. Qué les pasa al tono, a las frases, a los conectores, a la manera de sonar convincentes. Qué tipo de español empiezan a producir.

La investigación sobre este tema ya empezó a organizarse. AuTexTification, presentada en IberLEF 2023, fue una campaña sobre detección y atribución de textos generados por modelos de lenguaje en inglés y español. Ese trabajo mide, clasifica y compara resultados. A mí me interesa algo más modesto. Reconocer qué hábitos empieza a repetir la IAgen cuando escribe en español. Para eso tomo en cuenta investigaciones técnicas, observaciones sobre estilo —como las recogidas por El País en una nota sobre la “chatgptificación” del lenguaje— y mi experiencia leyendo textos universitarios.

Conviene hacer una aclaración. Un texto humano también puede sonar plano. Quien haya corregido trabajos de los primeros años universitarios reconoce pronto esa dificultad. Además, casi nunca estamos ante casos puros. Un estudiante puede escribir un párrafo y luego pasarlo por una herramienta de IAgen. Los rasgos que siguen no prueban autoría. Alcanzan, en cambio, para reconocer un modo de escribir.

El primer rasgo aparece en la superficie. El texto se presenta limpio, casi demasiado limpio. Uno lee las primeras líneas y encuentra frases completas, una puntuación razonable, párrafos que avanzan sin dificultad. En un trabajo universitario, esa corrección produce confianza. La incomodidad llega después. Algo en esa limpieza empieza a sentirse demasiado parejo. La escritura humana, incluso corregida, suele conservar algo del camino que tomó para llegar a su forma final, una frase más larga de lo necesario, una repetición, una imagen imprecisa pero propia. La IAgen tiende a limar esas señales.

Algo parecido ocurre con las palabras que declaran importancia. En muchos textos producidos o intervenidos por IAgen, casi cualquier asunto parece volverse fundamental demasiado pronto. Una obra plantea un problema “crucial”. Una escena muestra una tensión “significativa”. Un concepto “resulta relevante” para comprender una “complejidad”. La frase suena más importante, pero no necesariamente más precisa. Allí donde haría falta una cita, una escena, una diferencia concreta, aparece una palabra enfática.

Otro rasgo reconocible es la tendencia a un español poco situado. Muchos textos pueden estar bien escritos y sonar como si hubieran evitado cualquier origen demasiado preciso. La inflexión local queda atenuada. También la relación con una edad, una ciudad, una costumbre verbal. La lengua funciona, circula, se entiende. Justamente por eso puede sentirse un poco deshabitada. Esa neutralidad sirve para resumir, informar, contestar rápido. Pero cuando entra en zonas donde la voz forma parte del sentido, empieza a notarse el alisado.

También se nota en la manera de ordenar. El texto parece temer que el lector se pierda. Deja marcas en casi cada movimiento. Los conectores ayudan a respirar, pero a veces empiezan a trabajar en lugar del pensamiento. La prosa parece avanzar porque sabe anunciar sus pasos.

A esa organización suele sumarse una capa de abstracción. El texto habla de procesos, fenómenos, dimensiones, contextos. Son palabras útiles y por eso mismo peligrosas. Permiten seguir escribiendo sin detenerse en una imagen, una cita o una escena concreta. Una frase como “la construcción de la identidad se configura como un proceso complejo” parece decir bastante hasta que nos detenemos un poco para intentar entenderla a cabalidad.

Esa facilidad se nota todavía más cuando el texto empieza a crecer. La IAgen puede alargar un párrafo con mucha eficacia. Toma una idea breve, la rodea, la vuelve más amable, la hace sonar completa. La página gana volumen, aunque el argumento se quede en el mismo lugar. Profundizar, en cambio, exige introducir una diferencia que no estaba al comienzo.

Mirados en conjunto, esos rasgos apuntan a una impresión más amplia. La IAgen produce con facilidad una prosa que resuelve. Toma materiales dispersos y les da una forma legible, vuelve presentable una idea débil, mejora la superficie de una frase torpe. En muchos casos, esa ayuda puede ser real. La tensión aparece cuando esa ayuda empieza a parecerse demasiado a un modelo de escritura. El texto queda limpio, pero también conserva menos las marcas de quien escribe.

Con esos rasgos a la vista, la pregunta con que yo empezaba mis clases —¿quién nunca ha usado la IA?— ya no es suficiente. Todavía puede abrir una conversación, pero dice poco sobre lo que ocurre cuando alguien escribe. La IAgen ya participa en operaciones que antes parecían ordinarias, como buscar una idea inicial, resumir un texto, corregir una frase, ordenar un párrafo que no terminaba de funcionar.

La discusión sobre su uso seguirá siendo necesaria, sobre todo en espacios educativos. Habrá que hablar de reglas, autoría y evaluación. Pero también mirar lo que esos textos hacen con la lengua. La IAgen responde preguntas y completa tareas, pero también acostumbra el oído a una prosa clara, disponible, correcta, más o menos neutra, capaz de sonar razonable en muy poco tiempo.

Ahí está la zona más delicada. Una escritura puede estar bien resuelta y aun así haber perdido algo importante en el camino. Puede ordenar antes de mirar, explicar antes de entender, pulir antes de encontrar una voz. La pregunta ya no es solo quién usó la herramienta. Es qué esperamos todavía de un texto cuando aprendimos a conformarnos con que esté bien escrito.


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