Nuestras manos en Venezuela


Si quieres ayudar a un país querido, aquí hay rabia y un consejo


Melanie Pérez Arias (Caracas). Periodista y escritora venezolano-peruana radicada en Lima.


Los venezolanos estamos parados sobre los escombros.
Abajo hay gente. 

Es la primera noche que pasan tapiados los desaparecidos. Las manos no alcanzan para sacarlos y, sin embargo, son más útiles que las mías que solo saben teclear un: 

cómo estás

un: 

aquí estoy. 

Pero no es cierto, porque no estamos. 

Nadie duerme aquí. “Aquí” es el país que está en todas partes. Alguien en Oslo llama a su madre en Caracas, no hay respuesta. ¿Qué hacemos? Nada. Guardarnos estos nudos en el cuerpo.

Es la una de la mañana de la segunda noche. Rescatistas de provincias menos afectadas viajan por carretera hasta las zonas difíciles. Llegan como pueden, con sus manos más útiles que las mías. Bomberos, voluntarios, todos civiles. Son pocos. Necesitan agua, gasolina para trasladar a los heridos, gasas, jeringas, antibióticos, oxígeno. Herramientas. Maquinaria.

Ni un maldito militar. 

Décadas de hacernos la vida imposible para replegarse en la hora chiquita. Basuras.

La ayuda de México, El Salvador, Estados Unidos, Colombia y República Dominicana está llegando. Gente que sabe qué hacer y cómo hacerlo. Otras manos. 

¿Qué hacemos? Alguien arma una lista de centros de acopio. Otra las organiza en una web. Cientos mueven piedras. Embalamos cajas con ayuda. Mandamos plata e insumos a gente confiable para abastecer hospitales y refugios.

Esto tiene que ser lo último que nos pase. Así tiene que terminar, con un terremoto de 7.2 y otro de 7.5, exactamente 39 segundos después, en un país previamente arrasado por el chavismo, que pareciera odiarnos más allá de lo racional. 

“This is the way the world ends”, escribió T. S Eliot hace cien años. 

Es lo único que repite mi cabeza en los interregnos que me deja el trabajo y esta pulsión de mirar videos. ¿El chico de franela roja en Residencias El Molino de Caraballeda pudo sacar a su sobrina? Chat, ¿cuánto puede sobrevivir alguien bajo los escombros? 

Las voces de auxilio se van apagando bajo el concreto porque no llegamos a tiempo. Porque el chavismo sigue allí y ahora el país es un cuero. 

El poema de Eliot alude a los hombres huecos, inclinados unos sobre otros, con la cabeza llena de paja. Lo escribió en el momento más negro de su vida, en plena transición espiritual hacia el cristianismo, en parte motivado por los horrores de la Primera Guerra Mundial. 

Vacío, aridez, desierto, estructuras rotas. Hombres disecados que transitan un mundo intermedio entre el río de los muertos y el infierno. Pienso en los militares que aparecen, por fin, al día tres de la tragedia, burocratizando la ayuda, impidiendo que los rescatistas trabajen o saqueando las ruinas, “rats’ feet over broken glass”. 

“This is the way the world ends”, dice Eliot y temblamos. 

Pero enseguida el júbilo porque alguien sobrevivió entre las piedras, se lo arrebataron a la muerte manos que sí pueden. La generosidad infinita de nuestro espíritu. Gente que tiene poco, pero dona la mitad. Almas que viajan desde lejos para poner el cuerpo. Las ganas de ayudar de millones de voluntarios que tendrán que rendirnos al menos una década de reconstrucción. 

“This is the way the world ends”. / “Así es como el mundo acaba.”

“Not with a bang but a whimper”. / “No con una explosión sino con un gemido”. 

Uno de los versos más citados de la literatura occidental es potencia de final, pero también de comienzo: cuánta vida no ha brotado de un gemido.

Toca aferrarnos a ese sonido para fundar lo nuevo con las manos. Honrar a quienes perdimos, por encima de la miseria y del dolor que han salido a la luz para dejarnos ciegos fugazmente antes de que se haga de día. 

***

Si estás en Perú y deseas ayudar a los venezolanos, Yape ha dispuesto un botón de donaciones desde la plataforma para apoyar a la ONG Perú Pendiente que ya envió a un grupo de bomberos peruanos para las operaciones de rescate. También puedes llevar tus donaciones a los centros de acopio.


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