La piscina pantano de Trump


La metáfora perfecta de una presidencia megalómana inunda las redes sociales


La piscina reflectante del National Mall de Washington D.C es uno de los espacios más reconocibles de Estados Unidos. Mide más de 600 metros de largo, está flanqueada por olmos y conecta el Lincoln Memorial con el Monumento a Washington. Es el espejo de agua donde Forrest Gump corrió hacia Jenny en la película de 1994, y junto al que Martin Luther King pronunció su célebre discurso «I Have a Dream» en 1963. Cuando Donald Trump anunció que iba a renovarla, dijo que estaba «sucia» y «asquerosa». Llevaba años así, según él. Nadie había hecho nada. Él sí lo haría.

Lo que siguió resume bastante bien cómo funciona su gobierno.

La administración adjudicó dos contratos sin licitación por un total de casi 16 millones de dólares, casi ocho veces más que el presupuesto que Trump había mencionado públicamente. La urgencia era real, dijeron los funcionarios: había que terminar antes del 4 de julio, el 250 aniversario de la independencia. No había tiempo para seguir las reglas. Trump quería que el fondo quedara pintado de un color que él mismo bautizó como «azul bandera americana». Y lo quería ya.

De acuerdo a la prensa, una de las empresas contratadas resultó ser propiedad de un fideicomiso dirigido por un donante histórico de Trump y vecino de Mar-a-Lago. Según informan, ese donante, a quien Trump describió en 2016 como «un hombre fantástico», se declaró culpable en 2001 de conspiración para sobornar a un congresista de Ohio. 

Los trabajos se realizaron y la piscina quedó reluciente unos días… luego volvieron las algas, peor que antes.

Los científicos no se sorprendieron. Una profesora de Ecología Acuática de la Universidad George Mason tomó muestras del agua y confirmó que las algas pertenecen al género Desmodesmus, común en la región en esta época del año. La piscina ofrece condiciones ideales para su proliferación: agua poco profunda, estancada, sin sombra y con mucho sol. La renovación misma pudo haber acelerado el proceso al alterar el balance de nutrientes. Un especialista añadió que la nueva pintura oscura absorbe más luz solar, calienta el agua y favorece exactamente el tipo de crecimiento que se quería evitar. Tiene nombre técnico: «New Pond Syndrome». Es algo previsible si se planifica bien.

La respuesta del gobierno fue verter peróxido de hidrógeno y desplegar lo que llamaron «tecnología avanzada de nanoburbujas de ozono». Funcionarios gubernamentales declararon que, con eso, las algas estaban muertas. Al día siguiente, la mitad de la piscina seguía verde. El revestimiento azul mostraba, además, secciones desprendidas del fondo que flotaban en la superficie. El gobierno denunció que lo estaban saboteando, sin aportar prueba alguna.

Todo esto ocurre mientras Trump rehace Washington a su imagen. Quiere construir un arco triunfal en la capital, al estilo del de París. Puso su nombre sobre el del presidente Kennedy en el Kennedy Center, hasta que un juez lo obligó a bajarlo. Quiere levantar una avenida peatonal desde el Lincoln Memorial hasta el río Potomac, sin planos ni presupuesto conocido. Actitud similar a cualquier dictador de ego inflado.

Trump llegó al poder prometiendo «drenar el pantano», esa metáfora que repitió mil veces para describir el amiguismo y la corrupción en Washington. La piscina es hoy, literalmente, un pantano. Improvisación, contratos sin licitación, amiguismo, costos multiplicados por ocho, desprecio a la ciencia, megalomanía y una administración que primero negó el problema, luego lo declaró resuelto, y finalmente culpó a otros de sus errores.

A dos semanas del 4 de julio, el “azul bandera americana” no se ve. La piscina sigue verde. Y lo que quedó para la historia es una imagen que ilustra muy bien el estilo actual de gobierno en Estados Unidos.

(Fuente: Yahoo News. Fotos: Eric Lee/Evan Vucci/Annabelle Gordon/Reuters)


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