Los estragos que el calor extremo puede estarle causando al aprendizaje
Una mañana de mayo me senté en una de las destartaladas carpetas de madera de la Institución Educativa de Gestión Comunitaria de San Isidro (IEGECOM), en la periferia de Jaén, en el norte amazónico del Perú.
Me había engañado el nombre: IEGECOM de San Isidro tiene la resonancia de una institución consolidada, oficial, casi solemne y, en realidad, es un aula multigrado construida con el esfuerzo de los padres de familia: muros de ladrillo pintado, techo de calamina, mobiliario reciclado, un pequeño estante con libros viejos y una dosis de alegría proporcionada por los dibujos y rotafolios pedagógicos pegados a las polvorientas paredes. Allí estudian once niños y niñas de entre seis y doce años, la mayoría provenientes de la comunidad rural de Pongo, a unos cuarenta minutos de camino.
Habíamos llegado como parte de un proyecto para mapear las islas de calor urbanas de Jaén. Las imágenes satelitales de los últimos años mostraban que este sector aparecía sistemáticamente teñido de rojo: uno de los puntos más calientes de la ciudad. Superponiendo mapas de vulnerabilidad urbana, también habíamos clasificado la zona como una de los más susceptibles a los extremos de calor, y los vecinos habían confirmado el diagnóstico a través de talleres de mapas parlantes.
Llegamos sin avisar. Nos recibió Edwin, el profesor a cargo. Técnico en industrias alimentarias de formación, se había convertido en maestro, gestor, administrador y, en muchos sentidos, constructor de escuela.
Mientras escuchaba la historia de sus luchas permanentes por convertir aquel espacio precario en una escuela digna (con un techo seguro, luz, agua, carpetas y materiales educativos), me invadía una profunda admiración. En Edwin aparecía esa extraordinaria capacidad de resiliencia y compromiso que, tantas veces y de manera silenciosa, sostienen hombres y mujeres de las comunidades del Perú.
Los niños acababan de salir rumbo al comedor popular cercano. Eran casi la una de la tarde y el calor era sofocante. Jaén es una de las ciudades más cálidas del Perú y una de las que más rápidamente se está calentando. En algunos sectores, las imágenes satelitales registran temperaturas superficiales que superan los 42 grados centígrados durante los meses más críticos. Si las proyecciones de un Niño intenso se materializan, muchas escuelas de la costa norte y la Amazonía enfrentarán temperaturas aún mayores.
Sentada en aquella aula, abanicándome con un pedazo de cartón que me había regalado una colega, apenas podía concentrarme. El ambiente estaba ventilado únicamente por una amplia ventana sin lunas. Afuera sobrevivían algunos árboles dispersos, vestigios del antiguo bosque tropical que alguna vez cubrió la zona. El calor era casi insoportable.
¿Cómo aprenden los niños aquí?, me preguntaba en silencio.
Después de 35 años viviendo en el Perú, he visto muchas formas de precariedad educativa. Pero aquella tarde, sentada en esa aula calurosa de Jaén, la pregunta adquiría una nueva dimensión: a las limitaciones de infraestructura, se sumaban dos amenazas adicionales: el calentamiento acelerado de nuestras ciudades y la posibilidad de un evento de El Niño particularmente intenso, un súper El Niño.
La ciencia sugiere que esta preocupación no es exagerada.Investigaciones recientes han demostrado que el calor extremo no solo afecta la salud, sino también la capacidad de pensar y de aprender. Una mayor exposición acumulada a altas temperaturas durante el año escolar se asocia con menores resultados académicos, pues, en aulas persistentemente calientes, el cerebro debe invertir energía en regular la temperatura corporal en lugar de concentrarse en aprender.
Una investigación en 3.600 aulas de 125 edificios escolares en Estados Unidos revela que muchas escuelas experimentan sobrecalentamiento y necesitan adaptar la infraestructura escolar frente al cambio climático. Como el IEGECOM San Isidro de Jaén, y quizás muchos colegios más en el Perú.
No tenemos la data, pero el cambio climático y el súper El Niño están entrando a las aulas peruanas y pueden convertirse en una nueva fuente de desigualdad educativa en el Perú.
Adaptar nuestras escuelas es una tarea urgente. Más sombra, más árboles, mejor ventilación, techos reflectantes, infraestructura bioclimática y patios que reduzcan las temperaturas son también inversiones en educación.
Diversas ciudades del mundo ya están actuando. Barcelona, por ejemplo, está usando los recursos de su tasa turística municipal para adaptar las escuelas al aumento de las temperaturas mediante la incorporación de sombra, vegetación, sistemas de ventilación. Otras ciudades europeas están transformando patios escolares en refugios climáticos abiertos también a las comunidades vecinas durante las olas de calor.
El Perú no puede esperar a que los efectos del calor aparezcan en las estadísticas educativas dentro de diez o quince años. Debemos empezar desde ahora a adecuar nuestras escuelas para un clima más caliente.
Mientras los científicos observan la temperatura del océano y anuncian la llegada de un posible súper El Niño, quizás también deberíamos prestar atención a la temperatura dentro de nuestras aulas.
Porque el futuro del país no solo se juega en el mar o en la atmósfera, o en los rendimientos de la pesca o de la agricultura. También se juega en pequeñas escuelas, como la de San Isidro, donde once niños intentan aprender cada día bajo un techo de calamina y un calor cada vez más difícil de ignorar.
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