(Mientras esperamos el conteo de votos, recordemos las cualidades de la paciencia)
1. Puedes tener razón y perder igual
La democracia es un mecanismo para procesar desacuerdos, no para elegir la verdad. Eso significa que la posición más fundamentada, la más honesta con los hechos, puede ser derrotada en las urnas por una consigna simple y atractiva. El sistema hace exactamente lo que promete: decide quién gobierna. La razón queda fuera del conteo.
Si defiendes la democracia, tienes que aceptar sus resultados también cuando te van en contra. Sin excepciones. El ciudadano que solo acepta las elecciones que gana no es un verdadero demócrata, solo usa el lenguaje de la democracia para vestir su hambre de poder.
2. La democracia implica defender los derechos de quien te detesta
Los derechos son universales o no son derechos. El debido proceso existe también para el corrupto; la libertad de expresión protege también el discurso que te parece aborrecible, la presunción de inocencia ampara también al que crees culpable pero que todavía no ha sido condenado.
Tenemos derechos porque somos personas, no porque seamos buenas personas. La dignidad no depende del comportamiento. Es el punto de partida común.
3. Tu adversario puede tener razón en algo, y tienes que estar dispuesto a aceptarlo
La polarización tiene una trampa que rara vez se nombra: si el otro está equivocado en todo, yo estoy en lo correcto en todo. La simetría es cómoda, pero falsa.
Un sistema donde cada bando asume que el adversario carece de cualquier argumento válido, termina esperando a ver quién acumula más fuerza. La democracia exige algo más difícil: sentarse a escuchar a quien no te gusta y salir de ahí con la posibilidad —así sea remota— de haber cambiado algo en lo que pensabas.
4. Gobernar en democracia te obligará a ceder
Una cosa es opinar desde fuera y otra es gobernar. En democracia, casi nadie gobierna solo. Hay que construir mayorías, negociar con aliados incómodos, elegir qué demandas van primero y aceptar que lo deseable y lo posible pocas veces coinciden del todo.
Gobernar en democracia es convertir principios en decisiones posibles dentro de una realidad que nunca es perfecta. Las leyes necesitan votos. Las convicciones, por sí solas, no las aprueban. Las reformas necesitan tiempo y concesiones que incomodan, pero sin las cuales no pasan.
5. La democracia no es garantía de buenos resultados
La democracia garantiza algo más modesto: la posibilidad de corregir el rumbo sin necesidad de una revolución. Y esa corrección está disponible antes del día de las elecciones.
Entre un ciclo electoral y el siguiente, la democracia ofrece mecanismos para presionar, resistir, encauzar el descontento: la prensa que investiga, la sociedad civil que se organiza, el juez que falla contra el poder. Se puede actuar hoy.
Suena a poco comparado con lo que otros sistemas prometieron. Pero es muchísimo. Todos los que prometieron más —más eficiencia, más certeza, más justicia garantizada— terminaron necesitando ejércitos para mantenerse.
La consecuencia práctica es que la democracia exige paciencia activa: la disposición a trabajar dentro del sistema imperfecto para cambiarlo, votar, organizarse, movilizar, fiscalizar, hablar con quienes piensan distinto, construir las mayorías que todavía no existen.
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Estimado Alberto.
Coincido en todos sus extremos con el contenido de tu artículo “Cinco ideas incómodas sobre la democracia”.
Sin embargo, me queda una inquietud. En tu artículo afirmas “ La consecuencia práctica es que la democracia exige paciencia activa”…
Esa paciencia activa a la que te refieres es inagotable? Cuándo considerarías que se agota, habida cuenta que ya tenemos 205 años de República?.
Independientemente de lo anterior, me permito compartir contigo mi visión práctica de la democracia en nuestro Perú, en la que sostengo que lo que requerimos es democratizar la democracia.
Democratizar la Democracia
Dante Córdova Blanco
“Esta Democracia, ya no es Democracia”. Esta fue la voz del pueblo cuando a fines de diciembre de 2022 y en enero del 2023 el gobierno de Dina Boluarte a través de la PNP y del Ejercito, asesinó a 49 ciudadanos por el solo hecho de protestar y exigir derechos negados por décadas. Lo que subyacía en las movilizaciones de la población era la exigencia de una democracia que no los excluya y que los deje fuera de la historia, ya que lo que perciben es que el Perú gira en torno al centralismo limeño clasista y racista, que mira con desprecio a los peruanos de nuestro mundo rural. Ellos nos dicen: “Yo tengo derecho a tener tu derecho”.
En una de sus entrevistas Jorge Nieto afirmó: “Una democracia que se construye a base de muertos no es una democracia… no es una democracia sana, es una democracia enferma…”.
A La luz de lo vivido en los años de los gobiernos de Boluarte, de Jerí y de Balcazar y del actual Congreso, podemos afirmar que esa democracia enferma a la que se refería Jorge Nieto ha entrado a una etapa de metástasis; lo que ha significado una grave erosión de nuestra ya precaria y debilitada democracia corroída por la discriminación, desigualdad estructural y por la corrupción, donde un sector de las élites empresariales y políticas de nuestro país son coprotagonistas. Por eso, cobra vigencia la voz del pueblo, al afirmar que “esta democracia no es democracia”.
Esa afirmación nos invita a una reflexión. Muchas veces las preguntas terminan siendo más importantes que las respuestas.
¿Por qué en nuestra democracia el Estado hace cumplir la ley de manera desigual?
Históricamente la democracia ha sido percibida como tal por la clase pudiente y por la clase media arribista; sin embargo, los millones de peruanos pobres que continúan viviendo en situación de pobreza y extrema pobreza, no lo perciben así, no sienten que viven en democracia.
En nuestro país, la democracia no tiene el mismo significado tanto para el rico como para el pobre y es por eso que no existe una relación horizontal entre ciudadanos, con las mismas oportunidades y los mismos derechos que conllevan a la integración y participación de los peruanos que siempre estuvieron marginados de la vida cívica, económica, social y política en un escenario de desigualdad social.
A la población en pobreza y sobre todo de nuestro territorio andino y de la selva, les siguen llegando acciones antidemocráticas.
Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia perdimos guerras y territorios con los extranjeros, pero tenemos muchas “guerras” ganadas contra los propios peruanos. Ahí están los ejemplos de la muerte de cientos de campesinos en la rebelión de Pedro Pablo Atusparia (1885) contra el abusivo despojo por los gamonales de las tierras de las comunidades, y por cobro indebido de los tributos indígenas y el impuesto de la República. Los campesinos de Huancané con la rebelión de Huancho (1923) con 2,000 campesinos muertos (Huancho se convirtió en lugar emblemático de la reivindicación de los derechos ciudadanos de la cultura aimara). También están los campesinos de Rancas (1962) con sus muertos, incluyendo a un estudiante. Todas esas muertes por el solo hecho de recuperar sus tierras despojadas por los gamonales. Y en pleno siglo XXI tenemos a Bagua y ahora los campesinos aimaras con decenas de muertos.
Ese llamado Estado democrático permitió que los gamonales y empresas transnacionales como la Cerro de Pasco Cooper Corporation, despojaran de sus tierras a las comunidades campesinas de nuestra región andina durante décadas en los siglos XIX y XX; y por el solo hecho de defender y recuperar sus tierras usurpadas, los campesinos eran baleados y asesinados por las fuerzas policiales y ejército con la complicidad de jueces, congresistas y de una gran sector de medios de comunicación, todos ellos al servicio de los usurpadores.
La realidad nos muestra que en un contexto social y político diferente, seguimos reproduciendo acciones anti democráticas contra los pobladores de la región andina y pobladores de la selva, donde la pobreza sigue siendo la protagonista de sus vidas.
Si la percepción de los más pobres sobre la democracia es diferente a la que sienten y viven los sectores pudientes de nuestra sociedad, entonces lo que corresponde a los peruanos de bien, comprometidos con el principio de que la obligación moral de todo ciudadano es ser solidarios con los más pobres, es iniciar e impulsar en el Perú un proceso de democratización de la democracia para que los derechos fundamentales establecidos en la Constitución alcancen por igual a todos, y no solo a un sector privilegiado.
Si no iniciamos ese proceso, seguir hablando de democracia es hablar con cierta sensación de fariseísmo. Vivimos con gobiernos amenazadores como los que hemos tenido en últimos años y que bajo el pretexto de poner orden, aplican la violencia, la negación del valor de la vida que nos lleva a la deshumanización, a la mentira, a la manipulación y a la impunidad. Nos alejamos de la cultura democrática y reafirmamos la cultura de la violencia con la que nació nuestra república. Pareciera que estamos ante un retardo histórico.
Al final de cuentas, para los más pobres de nuestras regiones, la democracia resulta un espejismo como lo llama Martin Tanaka.
En el caso peruano, la democracia no es un estado natural de la sociedad y a la luz de los hechos, no solo no tenemos una democracia institucionalizada, sino una llamada democracia que cada día nos lleva a una desinstitucionalización que beneficia a los intereses de una clase política corrupta y mafiosa y que cercena la libertad política de los más pobres. Para la clase política enquistada en el Congreso y en el Ejecutivo, la democracia resulta un lastre y la eficiencia y la legitimación simplemente no les importa, solo les interesa seguir pervirtiendo la legislación en favor de la criminalidad y de sus propios intereses.
Mirando al futuro, espero que las próximas generaciones, rescaten la energía social que está en cada peruano y logren, finalmente una real democracia que alcance a todos por igual.
Un abrazo