¿Puede un frejol tener conciencia? 


Recientes experimentos que desafían nuestra idea de la inteligencia 


“Es un descerebrado”, decimos de alguien loco, estúpido o irresponsable; pero quizás la expresión no resista el paso del tiempo. Tener cerebro no es necesariamente sinónimo de inteligencia, sabiduría o conciencia. Menos aún de una relación respetuosa con el mundo. Basta mirar a nuestra especie para comprobarlo. 

En cambio, si te detienes a mirarlo, el mundo vegetal parece mucho más sabio que el humano. Quizás porque es mucho más antiguo. Mientras nuestra especie tiene apenas unos cientos de miles de años, las plantas terrestres llevan unos 340 millones de años evolucionando. En ese larguísimo recorrido han desarrollado estrategias de supervivencia que apenas comenzamos a comprender. 

Las plantas detectan la gravedad, miden la humedad del suelo, reconocen a sus parientes e intercambian señales químicas, eléctricas y biológicas con otros organismos. Durante siglos ignoramos ese lenguaje silencioso. Hoy algunos investigadores se preguntan si, además, podría existir una forma de cognición vegetal o, incluso, de conciencia sin cerebro.

Paco Calvo, filósofo y biólogo cognitivo español de la Universidad de Murcia, es uno de ellos. Sostiene que las plantas toman decisiones, anticipan, aprenden y tienen una forma básica de conciencia que llama “sentiencia”, es decir, la capacidad de sentir y reaccionar a los estímulos expresando “intención, propósito y hasta cierta personalidad” (las comillas son mías). 

Uno de sus objetos de estudio es el frejol, Phaseolus vulgaris, el humilde poroto que forma parte de nuestra alimentación. Calvo ha publicado tres originales investigaciones con frijoles que aportan evidencias a favor de su hipótesis sobre la cognición vegetal, o sea, que estas leguminosas “sienten, sufren estrés y toman decisiones”. No tienen emociones humanas, pero sí tienen algo que se acerca.

El frejol es una enredadera: si no encuentra tutor, se cae.  Su primer experimento demostró que el frejol elige dónde trepar, y lo puedes repetir en casa. Calvo puso plántulas de frejol entre dos tutores: uno a 5 cm de la plántula, pero débil y quebradizo; otro a 15 cm, más grueso y fuerte. Las plántulas solo podían elegir uno: si elegían mal, no llegaban o el tutor se caía con el peso. Tomando fotos en time lapse del movimiento vegetal, descubrió que el frejol explora el terreno con sus zarcillos (esos hilitos que saca para “escanear” el ambiente), compara la distancia y solidez del tutor, y crece hacia el tutor más fuerte, aunque cueste más energía.  En síntesis, la planta realiza un ejercicio de prospección (se proyecta al futuro) y toma una decisión: «si voy al tutor cercano me caigo, si voy al lejano sobrevivo». 

Calvo interpreta este comportamiento como evidencia de tres capacidades cognitivas básicas: percepción, comparación y prospección. Para él, el frejol no «piensa» como un humano, pero sí siente, evalúa y elige, una forma elemental de lo que denomina “sentiencia”.

Un segundo experimento, demostró que el frijol «aprende». Expuso raíces de frejol a pulsos de luz y aire, como si fueran un viento fuerte: al inicio la raíz se apartaba, pero después de 30-40 repeticiones sin daño, la raíz «aprendió» que esa señal no era peligrosa y dejó de responder. De cierta manera, aprendió gracias a una suerte de “memoria vegetal”. 

Finalmente, a través de un tercer experimento, Calvo entrenó las plantas de frejoles usando la luz artificial. Durante siete días entrenó plántulas de frejol con un ciclo fijo de luz y oscuridad. Al cabo de unos días, las plantas comenzaron a mover sus tallos antes de que apareciera la luz y siguieron haciéndolo incluso cuando esta dejó de encenderse. Para Calvo, ello revela una memoria del ciclo y la existencia de un reloj interno.

En su fascinante libro Planta Sapiens, Calvo sostiene que la conciencia no requiere necesariamente de neuronas, sino de capacidades como la interocepción, la homeostasis y la atención, funciones que las plantas también poseen.

Si bien muchos investigadores critican esas interpretaciones como antropomorficas y sostienen que el frejol solo hace “química compleja”, la respuesta de Calvo es contundente: ¿acaso los humanos no hacemos sino química compleja? 

Hoy sabemos que las plantas perciben su entorno con gran detalle, se comunican y despliegan comportamientos adaptativos sorprendentemente inteligentes y complejos.

¿Y si el frejol común, al fin y al cabo, no fuese tan común?


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