Las falsas equivalencias pueden ser un problema para Keiko Fujimori
La semana pasada expliqué en este espacio las razones por las que no votaré por Keiko Fujimori en la segunda vuelta peruana. Hoy, domingo, se dará el primer debate entre los equipos técnicos, el próximo 31 de mayo veremos cara a cara a los dos postulantes a la presidencia, y en veintiún días tendremos que decidir por alguna opción.
Dado que acudiré a votar —seré incluso, nuevamente, presidenta de mesa voluntaria en Londres—, me quedan dos opciones: viciar mi voto o votar por Roberto Sánchez. Hasta ahora, poco de lo que ha dicho y hecho el candidato de Juntos por el Perú me ha convencido de manera directa; pero quienes lo critican y buscan hacerle contracampaña, o lo igualan con Keiko Fujimori, probablemente logren inclinar la balanza hacia su lado.
A continuación, más razones.
En las últimas semanas, varias analistas han venido repitiendo que se trata de dos opciones igualmente malas, ya que ambas son igualmente antidemocráticas. Esta es, sin embargo, una falsa equivalencia, pues los hechos señalan que Fujimori y Sánchez no son exactamente lo mismo. Por un lado, tenemos a una candidata que desde hace una década ha venido apropiándose, parcela por parcela, del poder en el Perú, y cuya agrupación política gobierna desde el Congreso de manera descarada y de espaldas la mayoría. Keiko Fujimori ya no es solo la hija de un dictador, también ha demostrado tener un talante no solo prepotente, sino profundamente antidemocrático.
Del otro lado, tenemos a un operador político que ha sobrevivido haciendo toda clase de maromas en un Congreso que estuvo a punto de inhabilitarlo, y que en la campaña se ciñó literalmente el sombrero del expresidente Pedro Castillo, apelando a la mayoría de peruanos que están convencidos de que la pena que se le ha impuesto al profesor chotano por intentar hacer un golpe de Estado es desproporcionada. Sánchez no habría llegado muy lejos sin ese sombrero, pero no se le puede negar su capacidad de comprender a gran parte del electorado al usar ese símbolo.
¿Es lo mismo apelar a la popularidad de Castillo y hacer lo posible por sobrevivir políticamente, a lo que hace a diario la agrupación de la señora Fujimori, que entre gallos y medianoche ha modificado la Constitución sin que muchos presten atención? Hoy se dice fácilmente que Sánchez quiere cambiar la carta magna, sin tomar en cuenta que este Congreso ya la ha transformado de una manera profunda para controlar el poder y su acceso a él: todo esto lo hizo la mayoría fujimorista sin debate público, y sin representación de la población.
Hace casi seis años escribí en esta plataforma que como sociedad nos encontrábamos en un momento constituyente, y tan lejos de la realidad no estaba mi intuición. Lo que sí escapó de mis predicciones fue la abominable manera en que se hizo este cambio constitucional, de espaldas a los ciudadanos. Como consecuencia, lo que tenemos ahora es un sistema aún más frágil y mucho menos representativo. Estas elecciones son una clara muestra de ello. Gracias al fujimorismo y a sus aliados en el Congreso, tenemos leyes procrimen y los principales poderes del Estado han sido capturados por sus satélites. Así, la representatividad democrática pende de un hilo.
De momento, queda un pequeño bastión en el Poder Judicial que busca mantener un mínimo de la división de poderes, pero esto se va haciendo cada vez más difícil. Lo vemos en el caso de Delia Espinoza, que en enero de este año fue destituida de su cargo de fiscal suprema por la Junta Nacional de Justicia, porque los fujimoristas no vieron con buenos ojos su labor fiscalizadora. Ahora que sus pares la han elegido decana del Colegio de Abogados, se está buscando inhabilitarla. ¿Qué es esto, sino persecución política?
El actual presidente del Congreso, el ahora fujimorista Fernando Rospigliosi, ha amenazado directamente a los jueces con “barrerlos” por no dar los veredictos que él y su agrupación esperan, acusándolos de no respetar las leyes de impunidad que ha dado el Congreso que él dirige. Con su comportamiento, el hoy senador electo demuestra que de su agrupación no se puede esperar independencia judicial. Al mismo tiempo, Miki Torres, postulante a primer vicepresidente y también senador electo por el fujimorismo, ha declarado que su agrupación siempre buscó forzar la salida del presidente Castillo. ¿Qué es esto, sino una confesión de parte?
¿Tienen Sánchez y su agrupación la capacidad de copar las instituciones de la misma manera? ¿Es posible que haga lo mismo que intentó Pedro Castillo y por lo que hoy está preso? Realmente, me es difícil imaginarlo. Por ello, repito, me parece sumamente inexacto sostener que la amenaza a la democracia sea equivalente en ambos casos. La señora Fujimori lleva una década mostrando su falta de apego por el sistema representativo, y son muchos los ejemplos que evidencian cómo su maquinaria política viene ejecutando esta cruzada antidemocrática.
El otro cuco que se presenta junto a Sánchez es Antauro Humala. Un personaje colorido y problemático —por decir lo menos— que intentó una insurrección, que estuvo preso por ello, y cuyas ideas delirantes incluyen, entre otras perlas, crear una nueva religión para el Perú. Su apoyo ayudó a Sánchez a llegar a la segunda vuelta, pero hoy se le percibe ausente, desplazado por los cuadros que se vienen incorporando al equipo de Juntos por el Perú. ¿Es este Humala delirante que ha aparecido al lado de Sánchez equivalente al sólido frente autoritario que acompaña a Keiko Fujimori? Tampoco lo creo.
Otra falsa equivalencia es pensar que Sánchez será una nueva versión de Dina Boluarte y que inmediatamente se rendirá ante Fujimori. Existe cierta falta de lógica al afirmar que no se debe votar por Sánchez porque se convertirá en un títere del fujimorismo, cuando la otra opción es directamente votar por Fujimori. Es verdad que en su labor parlamentaria Sánchez ha transado antes con los fujimoristas, y que solo podrá gobernar con cierta anuencia de su parte, pero no veo cómo esto sea equivalente a votar por Keiko.
No es casual, por lo tanto, que voces que respeto —incluyendo algunas que no han votado ni por Humala, ni por Castillo, y que son muy lejanas al comunismo que se le achaca a Sánchez— hayan empezado a aconsejar no viciar el voto y, directamente, votar en contra de Fujimori. Entre ellas destaca la del filósofo Pablo Quintanilla y la discusión en su muro de Facebook muestra que no está solo.
Yo, ahora mismo, lo estoy considerando.
Durante más de una década, en Perú ha sido casi una tradición decir que a Keiko Fujimori le ganaría hasta un panetón en segunda vuelta.
¿Será que a Sánchez le han empezado a brotar pasas y frutas?
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