Con el riesgo de perder amistades, una opinión que mira el largo plazo
Finalmente, hoy, después de cinco semanas de conteo, se proclamará la segunda vuelta en estas interminables elecciones peruanas. Al 100 % de las actas escrutadas, los contrincantes serán Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, quien por solo un poco más de 21.000 votos superó a Rafael López Aliaga. Y a mí me vuelve a quedar claro que, como en 2011, 2016 y 2021, no votaré por Fuerza Popular y su lideresa.
Ya hace cinco años escribí aquí para Jugo por qué no lo haría y sobre la presión social que sentía de un entorno que decidió muy pronto que votar por ella era la única manera de defender la democracia. Pueden leer el artículo aquí y decidir por sí mismos cuánto ha cambiado la narrativa.
En este lustro, Fuerza Popular no ha hecho más que confirmar que no tiene interés alguno por la democracia. La manera matonesca con la que se ha adueñado de las instituciones del Estado peruano es impresionante y deja en claro que, de llegar al poder, seguiría el proceso de desmantelamiento del estado de derecho. Hay muchas voces que repiten que el plan de Keiko Fujimori es el de emular a su padre y que no tiene intención de dejar el poder en un quinquenio. Ojalá no tengamos que ver esto hacerse realidad.
Hay otros que están convencidos de que tal vez haya llegado el momento de que la señora Fujimori termine de asumir el poder que tanto ansía, para que así ya no existan más excusas: ya no se podrá decir que en realidad no gobierna, y que mientras unos consideran que el de ella es un poder en la sombra, otros arguyan que en realidad gobierna la izquierda. Todo eso terminaría porque, de ser la presidenta, ya no tendría dónde esconder sus intenciones. Este pensamiento asume que así para podría alcanzarse una mayor estabilidad y dejar atrás las frecuentes vacancias presidenciales.
Esa posición también se ampara en los cambios que ha habido en estos años y que han llevado a que el parlamento sea más poderoso que la figura presidencial. De esta manera, la composición del Congreso limitaría la capacidad de Fujimori de controlarlo todo. La verdad, este acto de fe no me tranquiliza en lo más mínimo, porque ya hemos visto en el pasado cómo Fuerza Popular ha sido capaz de sumar adeptos en el parlamento. Además, no les faltan tantos escaños para lograr una mayoría, y muchos de los flamantes diputados y senadores electos no dan mucha confianza sobre sus convicciones.
Estoy, pues, entre quienes se resisten a creer que darle esa oportunidad a Keiko Fujimori y a Fuerza Popular sea una buena idea. Su comportamiento en la última década ha demostrado que ella y su agrupación son capaces de hacerse de todos los espacios posibles con tan de controlar el poder y la justicia en el país. Basta ver lo que han hecho con instituciones como la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía, e incluso el Tribunal Constitucional.
Gran parte de la inestabilidad en la que nos hemos visto envueltos desde la colosal victoria parlamentaria de Fuerza Popular en el 2016 ha sido causada por su ambición desmedida y su deseo de mantenerse en el poder. Todo lo que hemos visto desde la salida de Pedro Castillo de diciembre 2022 en adelante, no ha hecho más que confirmar que no se puede confiar en el fujimorismo y sus aliados.
La demora en el conteo, debido al reconteo en los Jurados Electorales Especiales y la insistencia de Renovación Popular de que sus votos valían más que otros, han demorado un poco el inicio de la segunda vuelta. Es por ello, y porque la segunda vuelta recién comienza, que hasta ahora no he recibido gritos destemplados de diestra y siniestra, y, sobre todo, porque recién hago pública hoy mi opinión.
A diferencia de Susel Paredes, no diré que aun si me cortaran la glándula mamaria no votaría por ella. No es necesario llegar a tal extremo. Me queda claro que a Fujimori y a su partido le importa muy poco mi opinión. Espero que las personas de mi entorno piensen un poco en las aristas mencionadas, ya que en el 2011 perdí muchas amistades cuando anuncié lo mismo y le di mi apoyo a Ollanta Humala. No me arrepiento en lo absoluto y creo que su gestión ha sido, dentro de todo y comparada con la del resto, una de las mejores que hemos tenido en los últimos tiempos.
En 2021 no le di mi apoyo de la misma manera a Pedro Castillo, pero el simple hecho de decir que no votaría por Keiko Fujimori fue suficiente para que algunas personas me sacaran de su vida. Tanto así, que hay lugares a los que no he vuelto, y ni falta que me hacen. En esta oportunidad estoy igualmente convencida, pero aun no me queda claro si votaré por Roberto Sánchez o si viciaré mi voto.
¿De qué depende mi decisión? De dos cosas muy sencillas: primero, de lo que exponga el candidato, que hasta ahora ha mantenido un táctico silencio; y, segundo, de qué tan horriblemente escale la discusión según el criterio de los fujimoristas.
De momento, mantengo mi postura clara por viciar mi voto, pero eso podría cambiar. Sánchez podría convencerme, o los fujimoristas exasperarme.
Quedan tres semanas, veremos quién gana o pierde mi voto; un proceso que ocurrirá también en la mente de miles de compatriotas.
En Perú, es difícil aburrirse.
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