Adiós al mal menor


Si nuestro gran problema ha sido la oferta política, esta vez sí tenemos de dónde elegir


Jason Day (Lima, 1986) es actor, productor y director. Formado en estudios de actuación en Los Ángeles y Nueva York, y en la universidad del cine de Buenos Aires, ha participado en cine y televisión en títulos como Máncora, 30 Beats, El Capo, El Inmortal, La Primera Vez, y La Huésped. También ha dirigido los cortometrajes La Revelación y Salvarte,  y la miniserie documental Walking Distance. Su próximo estreno es En diciembre llegaban las brisas (Netflix). Además colabora como director creativo con el fotógrafo Mario Testino.


Un día, hace ya algunos años, tomé la decisión de desaparecer de la cosa pública peruana. El ejercicio de opinar, escribir, discutir, tuitear, gritar —también insultar— dejó de parecerme estimulante. O útil. Voy a decirlo con más claridad: me encontré siendo parte de un ejercicio colectivo de narcisismo infantiloide absolutamente infértil, desgastante y que, visto con distancia (física y emocional), no hacía sino alimentar al monstruo de la mediocridad que flotaba sobre una ciénaga de indignación instantánea y de debate cada vez más pobre. 

Decidí entonces que ya había sido suficiente y que era tiempo de invertir toda esa energía en mí, en mi oficio. Y vaya que me ha funcionado. Vivo lejos de todo eso ahora, y vivo bien. 

No sé si la distancia aporte claridad. No sé si ahora vea mejor lo que antes parecía indistinguible, pero escribo estas líneas desde un espacio de calma y con una certeza que hace mucho no me producía pensar en nuestro país. 

Usted podrá estar de acuerdo o no, pero veo que algo alentador se asoma y le propongo, por la duración de este texto al menos, acompañarme a hacer lo que hacemos los actores: ponerse en los pies de otro, imaginar que ve a través de mis ojos. En suma, un ejercicio de empatía. Y será breve. 

Alberto Vergara, acaso el analista político más lúcido que tenemos hoy, insiste en que en el Perú la gente es mejor que sus representantes, y que durante demasiado tiempo nuestro problema ha sido uno de oferta política más que de demanda ciudadana. Estoy muy de acuerdo, y pienso que este es el momento de poner esa tesis a prueba, porque algo parece estar ocurriendo de cara a las próximas elecciones. 

Propongo guardar la rabia y el cinismo. También el desgano y el desinterés. Porque, no habrán demasiadas — en ningún lugar los hay, de hecho— pero esta vez han aparecido alternativas que merecen nuestra atención: candidaturas de gente decente, preparada y dispuesta a servir como hace mucho no veíamos en el Perú. 

Desde la pulverización de los partidos políticos con el autogolpe de 1992, la política peruana se fue poblando de improvisados, prontuariados, personajillos urgidos de reconocimiento y también de algunos sociópatas. Hubo, sí, algunos valientes que intentaron hacer las cosas bien, pero esos solían salir expulsados como flema incómoda por una mediocridad que durante demasiado tiempo dominó el escenario público. 

Es así como hemos llegado a ser esta “república” cuasi anárquica que nadie se explica cómo puede seguir de pie pese al desastre de su clase gobernante. 

Pero permítame recuperar el tono optimista del inicio para volver a lo importante: por primera vez en mi vida adulta veo aparecer candidaturas con trayectoria, preparación y visible vocación de servicio público que dibujan un escenario político nuevo. En otras palabras: esta vez pareciera que sí hay oferta. 

Y, cuando la oferta mejora, también cambia la dimensión de nuestra responsabilidad. No basta ya con votar por miedo, por rabia o por costumbre. Ahora podemos hacer algo más exigente que apostarle al mal menor o reducir el poder del voto a un ejercicio de ataque o defensa. Ahora podemos elegir con un grado de consciencia que hasta hace poco parecía improbable.

Para elegir mi propio voto he intentado usar una brújula sencilla. No pretende ser universal, pero a mí me ayuda a separar el ruido de lo relevante. No miro tanto lo que un candidato promete como lo que ya ha hecho: la trayectoria, la experiencia y la capacidad de gestión suelen decir más que cualquier plan de gobierno. También me importa el carácter democrático, porque, en un país que ha sufrido tanto por el autoritarismo y el caudillismo, el respeto por las instituciones no es un detalle técnico sino una prueba de carácter político. Y, finalmente, me interesa saber si quien aspira a gobernar entiende la complejidad del Perú, si sabe trabajar con otros y si es capaz de proponer un horizonte común: fortalecer nuestras instituciones, sostener el crecimiento económico con mayor justicia, y ampliar la dignidad democrática de la ciudadanía. 

Cuando aplico esta sencilla brújula personal, algunos nombres comienzan a destacar con claridad. Entre ellos, para mí, resulta particularmente convincente la candidatura de Jorge Nieto. Pero no es el único. Marisol Pérez Tello, Alfonso López Chau o Mesías Guevara traen algo que no se parece a lo de antes. 

Y lo mismo entre las opciones al Senado o la Cámara de Diputados. Lejos de los extremos —que acabaron de la mano, gobernándonos desde ese Congreso kamikaze— hay al centro, a la centro izquierda y la centro derecha personas a quienes merece la pena poner atención. Me atrevo a mencionar algunos: Diego Pomareda, Guillermo Nugent, Mirtha Vásquez, Guillermo Flores, Patricia Correa, Gino Costa, Harvey Colchado, Ricardo Velásquez, Patricia Iturregui, Fernanda Sota y tantos más. 

Pero más allá de cualquier preferencia personal, mi propósito al escribir estas líneas es un poco más amplio. 

Con el riesgo de ser redundante, quiero animarle a notar que, luego de años de angustiante escasez de alternativas, frente al paredón de candidatos despreciables que ya conocemos hoy también estamos ante una oferta política más seria y preparada, más centrada y madura. Y, en consecuencia, nos toca ser mejores ciudadanos: informarnos, comparar ideas y pensar con calma, libres de prejuicios, antes de decidir nuestro voto.

Estamos a nada de salirnos de la prisión del mal menor y del caos al que ese criterio nos ha llevado. De abrir trocha hacia un bien común y de convertir el voto en lo que siempre debió ser: una elección consciente. 


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