¿Dónde están seguras las mujeres si el hogar es el lugar de mayor riesgo?
El caso de Gisèle Pelicot pone en evidencia una verdad incómoda: el lugar más peligroso para las mujeres puede ser su propio hogar.
Durante nueve años, la señora Gisèle Pelicot creyó vivir en lo que llamaba “la casa de la felicidad”. Había planeado una jubilación tranquila, con su marido, en el sur de Francia, y ambos se mudaron a una bella casa con árboles de olivo, amplio espacio y una piscina donde jugaban los nietos cuando iban a visitarla. Sin embargo, ese mismo lugar en el que ella esperaba pasar los últimos años de su vida se transformó en el escenario de uno de los casos de violencia sexual más atroces conocidos en la Europa reciente. Entre 2011 y 2020, Dominique Pelicot, su esposo por más de cincuenta años, la drogó sistemáticamente y permitió que decenas de hombres la violaran mientras ella permanecía inconsciente. Filmó las agresiones y las compartió con adictos a ese tipo de pornografía. Gisèle nunca supo nada de lo que le ocurría y cuando tuvo lagunas mentales, por culpa de los sedantes, o problemas ginecológicos, producto de las reiteradas violaciones, se las atribuyó a otras causas. Solo cuando la policía le mostró las imágenes que había encontrado en el celular de Dominique, se enteró de que más de doscientos desconocidos la habían ultrajado, mientras el hombre en quien más confiaba, la filmaba.
Como todos ya sabemos, el juicio comenzó en 2024 y Gisèle Pelicot tomó la valiente decisión de hacer el proceso público, renunciar al anonimato y permitir que el mundo entero supiera lo que le había ocurrido. Lo hizo para que la vergüenza cambiara de bando, para que recayera sobre los agresores y no sobre la víctima. Ese gesto tuvo un efecto inmediato en millones de mujeres que vieron en su empoderamiento un impulso para luchar por sus derechos, para rechazar la violencia.
Hay un aspecto del caso, sin embargo, que queda opacado cuando se analiza la brutalidad de la agresión de la que fue víctima. A Gisèle Pelicot la ultrajaron en su casa: en la misma cama que tendía todas las mañanas, la violaban por la noche. El hogar que había elegido para disfrutar de un merecido descanso después de haber trabajado toda su vida, se transformó en el escenario donde cientos de hombres desconocidos se apoderaban de su cuerpo, de su intimidad, de todos los detalles de su vida personal. Mientras ella yacía absolutamente inconsciente, ellos usaban su baño para cambiarse, se lavaban con el mismo jabón con el que ella se limpiaría la cara al despertar, y la agredían rodeados de las fotos de sus nietos. Gisèle siempre vivió en un hogar que parecía pacífico, en el que nunca hubo signos de violencia doméstica, pero, aún así, no pudo librarse del destino de la mayoría de mujeres de mundo, ser atacada en su propio hogar. Según la ONU, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja, en su propia casa.
Y, como suele ocurrir en este tipo de hechos, lo que originalmente parecía un acto monstruoso, difícil de creer, producto de una mente enferma, ha destapado denuncias por todo el mundo que siguen el mismo patrón. En febrero de 2026, en Suecia, un hombre fue acusado de organizar y vender encuentros sexuales de su pareja con al menos 120 hombres durante tres años. En el Reino Unido, el exconcejal Philip Young se declaró culpable de drogar y violar a su esposa durante trece años, además de publicar más de quinientas imágenes íntimas sin su consentimiento y facilitar abusos por terceros. En Alemania, otro marido fue condenado por sedar repetidamente a su esposa, violarla y difundir los videos en internet durante seis años. Y en Italia, un grupo de Facebook llamado “Mia moglie”, que se traduce como “mi mujer”, reunió durante años a más de 32.000 hombres que compartían fotos íntimas de sus propias esposas, muchas tomadas sin consentimiento, para comentarlas sexualmente.
Todo esto obliga a replantearnos una pregunta incómoda: ¿dónde están seguras las mujeres si el hogar puede convertirse en el lugar de mayor riesgo? Las políticas públicas ofrecen apoyo, refugios, líneas de emergencia, órdenes de alejamiento. Está muy bien, son herramientas necesarias de protección, pero están diseñadas para dar soporte a quienes ya salieron de su casa y que saben perfectamente que han sido víctimas de una agresión. En el caso de Gisèle Pelicot, así como en estos otros que han ido surgiendo, estamos ante mujeres que son violadas sobre sus propias sábanas cuando están sedadas o que son fotografiadas en sus propios baños sin su consentimiento; porque el que lo hace es el hombre de sus vidas, es el padre de sus hijos, es el sujeto que dice amarlas pero que, en realidad, las desprecia tanto que las trata como mercancía.
Y es esta zona de invisibilidad y de desconocimiento la que resulta imposible de procesar, porque estamos ante una violencia de lo íntimo y ante una agresión invisible. Por eso, el gesto y la valentía de Gisèle Pelicot tienen una dimensión política que va mucho más allá del coraje individual. Al hacer público el juicio que mandó a la cárcel a todos sus agresores, nos obligó a preguntarnos ¿cómo hacemos para construir un mundo en el que la seguridad de las mujeres no dependa de la bondad del hombre con quien comparte su vida?
Gisèle Pelicot acaba de publicar sus memorias, tituladas Un himno a la vida. Mi historia, y ha roto su silencio desde que su caso se hizo público. La hemos visto, con la misma serenidad con la que enfrentó a sus agresores, dando entrevistas, conversando con periodistas, contando su verdad. Escucharla es duro, a ratos insoportable; pero pensar que hay millones de mujeres durmiendo con su peor enemigo, es aterrador.
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