Un migrante puertorriqueño destila sus emociones con Bad Bunny en el Super Bowl

Norberto Barreto Velázquez es doctor en Historia de los Estados Unidos por Stony Brook University (Nueva York). Posee, además, una maestría y un bachillerato en Historia, ambos de la Universidad de Puerto Rico. Actualmente es profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Universidad del Pacífico y la USIL. Es creador y administrador de la bitácora El Imperio de Calibán.
Para quienes sí nos mudamos de Puerto Rico, ¿qué significa la figura de Benito Antonio Martínez Ocasio, también conocido como Bad Bunny? ¿Cómo encajan sus canciones en nuestras frustraciones y alegrías? ¿Qué sintieron mis 600.000 compatriotas que han emigrado desde el 2004 y que representaron una pérdida del 17 % de la población de la isla, al verlo cantar en español en el intermedio del Super Bowl? No puedo hablar por ellos. Solo puedo hablar por mí, y yo sentí una combinación de orgullo y rabia. De ganas de llorar, pero también de gritar.
Orgullo, por ver a un compatriota tener un éxito abrumador a nivel global. Pero no cualquier éxito. Un éxito sin renuncias, sin pedir perdón, ni permiso. Sin crossover. Sin traicionarse, sin dejar de ser Benito Antonio Martínez Ocasio. Sin miedo a mostrar su cultura y su historia. Todo lo contrario, exponiendo y exaltando nuestra música, nuestras costumbres, nuestra historia. La historia de una nación marcada por un colonialismo que Benito cuestiona de frente y sin miedo a las críticas y acusaciones de los cipayos coloniales, cada vez más preocupados por el impacto de sus canciones y sus actos, especialmente entre los más jóvenes que lo ven como un referente, y para quienes es una fuente de orgullo ante una clase política corrupta y totalmente desprestigiada, que no tiene nada nuevo o esperanzador que ofrecerles.
Orgullo, por recordarnos que somos una nación dividida en dos por una diáspora que el Conejo Malo reconoce y abraza. Con cerca de 600.000 puertorriqueños, Nueva York es nuestro barrio más poblado y a donde emigró gran parte de mi familia paterna.
Orgullo, de ver mi bandera —la tantas veces mancillada, la ilegal por mucho tiempo, la perseguida y la que muchos aún niegan— flotando sola para que la admiren millones de personas. Una bandera que representa a una pequeña isla en el Caribe, que, a pesar de 127 años de colonialismo estadounidense, habla, ama y siente en español, y que sigue luchando para que no nos pase “lo que le pasó a Hawái”.
Orgullo, por un espectáculo que, sin alusiones políticas directas, fue un acto de resistencia ante el creciente autoritarismo fascistoide que arropa no solo a la sociedad estadounidense, sino que lamentablemente es un fenómeno global. Bad Bunny no gritó “fuera ICE”, ni criticó a Trump. No hizo falta, porque en menos de quince minutos llenos de simbolismo, Bad Bunny y quienes lo acompañaron en escena cuestionaron el racismo y la xenofobia. Su mensaje fue claro y contundente: solo el amor es más poderoso que el odio. De ahí la reacción visceral de los supremacistas blancos disfrazados de analistas, los comentaristas de FOX News, los blogueros fascistas, los seguidores del culto MAGA; en fin, de quienes han hecho del odio el motor de sus vidas.
Orgullo, por el mensaje hemisférico de su presentación. América no es Estados Unidos: los Estados Unidos son parte de América. De una América que se extiende desde Alaska hasta Tierra del Fuego, y a cuya cultura y diversidad Benito rindió un hermoso homenaje. Otro acto de resistencia con el que enfrentó la demonización de los latinos —o si prefieren, hispanos— a la que se han dedicado Trump y otros altos funcionarios de su administración como Stephen Miller o Kristi Noem. Ya lo dijo en los Grammys: no somos animales, somos seres humanos.
Orgullo, porque el mensaje de Bad Bunny sobre el trauma de la migración trasciende la experiencia puertorriqueña haciéndolo global. Tomo el caso de mi patria adoptiva, el Perú, donde resido desde hace 18 años, y que ha experimentado un dramático aumento de la emigración, especialmente entre los más jóvenes y educados. Según una encuesta de IPSOS, en 2024, el 57 % de los peruanos y peruanas consideraba salir del país por razones económicas.
Pero no todo fue orgullo. Como adelanté, la presentación de Bad Bunny también me produjo rabia. Rabia, porque las canciones de Benito me recuerdan que nuestra relación política con Estados Unidos nos condena a ser la colonia más antigua del mundo. Como toda relación colonial, la nuestra con Estados Unidos es tóxica, asfixiante, tiránica. Uns relación que no nos permite ser un país normal porque, como en varias ocasiones ha decidido su Corte Suprema, pertenecemos a los Estados Unidos, pero no somos parte de ellos; lo que no ha evitado que peleáramos en todas sus guerras y facilita que nos exploten económicamente, que nos obliguen a usar la flota mercante más cara e ineficiente del mundo, que nos usen como base militar, que nos hayan lanzado papel toalla en uno de nuestros momentos más duros, o que propongan cambiarnos por Groenlandia. Que nos tilden de basurero en el medio del Caribe. Que sus críticos pidan que deporten a Benito, desconociendo que los puertorriqueños somos ciudadanos estadounidenses desde 1917. Desde su anuncio hasta su culminación, la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl dejó clara la profunda ignorancia de amplios sectores de la sociedad estadounidense sobre su colonia caribeña, con la que tienen una deuda histórica.
Rabia, también, porque me enfrentó al costo del exilio, que aunque voluntario no deja de ser exilio. Me recordó los cumpleaños, nacimientos, bautizos, graduaciones, celebraciones, velorios y entierros a los que, en los casi treinta años que llevó fuera de Puerto Rico, no pude asistir. Me recordó que no estuve ahí cuando me necesitaron. Que no me pude despedir. Que me tuve que ir porque en mi país no encontré un espacio profesional digno. Benito me obligó a enfrentar la dura realidad de que Puerto Rico es una colonia quebrada por una clase política corrupta, ignorante, ineficiente y sin imaginación, que ha empujado a miles de puertorriqueños a la emigración como salvavidas.
Rabia, también, de sentir que me robaron un país al que trato de volver cada vez que visito la isla, pero que no encuentro.
No puedo terminar sin señalar que, entre el orgullo y la rabia, también tengo la ilusión de un cambio, de una transformación nacional que nos permita enfrentar los graves problemas económicos y sociales que enfrenta Puerto Rico. Los retos son muy grandes y los obstáculos son muchos, empezando por el colonialismo que nos limita severamente y el tribalismo político que nos divide y enfrenta. A pesar de ello, no pierdo la esperanza de que los míos, los que quedan, nunca se muden, como dice el verso del Conejo que ha titulado este artículo.