Que Dios nos coja vacunados


Las brutales consecuencias del retroceso sanitario a causa del antiwokismo


Cuando era pequeña, detestaba la visita a la Oficina de Higiene, un edificio limpio y modesto a dos cuadras de mi escuela, donde los padres arrastraban a sus hijos para cumplir con el calendario de vacunación. Asociaba ese lugar al dolor del pinchazo y al olor de alcohol. 

Aún recuerdo sus paredes de mayólica verde claro y sus enfermeras exageradamente gentiles. Con palabras dulces, se esforzaban por atenuar el odio a flor de piel de sus presas, los niños. Mientras nos endulzaban la píldora buscando distraernos de la visión terrorífica de la aguja, “zas”, nos pinchaban con rapidez y daban por cumplido su deber profesional, y cívico. Eran los años 70 y, en aquel entonces, se entendía que la salud por vacunación no era solo un bien individual, sino un escudo colectivo: vacunarse era el acto de solidaridad básico para que las epidemias no volvieran a incendiar la sociedad.

Aunque las odiaba desde mis entrañas, sabía que aquel ritual doloroso era necesario para proteger mi salud. Mi mamá nos lo había explicado claramente a mí y a mis tres hermanos: el gobierno italiano había establecido vacunaciones obligatorias para combatir las grandes plagas de la época. La difteria, cuya vacuna fue obligatoria desde 1939; las vacunas del tétano y la poliomielitis, que se impusieron para todos los niños en los años 60; el sarampión y la viruela, cuya vacuna fue obligatoria hasta 1977, cuando la enfermedad fue erradicada. 

Más de cinco décadas después, tengo la información suficiente para saber que esa epopeya sanitaria no fue la intromisión de un gobierno comunista o –en la expresión contemporánea— “woke” en la vida privada de los ciudadanos (por injerencia de la CIA y del gobierno de Estados Unidos, Italia era gobernada por la democracia cristiana, el partido conservador del orden, la familia y la Iglesia cuyo gobierno ininterrumpido sufrimos hasta los años 90…), sino una sólida política pública fundamentada en la evidencia científica. Salvó la vida de millones de niños, y la calidad de vida de muchos más. 

Un reciente estudio publicado en The Lancet revela que, gracias a las políticas mundiales de vacunación masiva, hemos salvado 154 millones de vidas en los últimos 50 años: 6 vidas por minuto por cada hora por cada año. De estas vidas, 101 millones fueron de bebés menores de 1 año. 

También hemos ganado años de salud. Por cada vida salvada mediante la inmunización, se han acumulado una media de 66 años de plena salud, sin discapacidad ni enfermedad grave (como la parálisis por polio o la ceguera por sarampión). Los investigadores han calculado un surplus de 10.200 millones de años de salud gracias a las vacunas (el acumulado de esos «años de vida ganados» por los 154 millones de personas que no murieron gracias a las vacunas desde 1974). Además, los beneficios de la vacunación se extienden a los adultos: mientras la inmunización infantil de larga duración evita secuelas que se agravan en la vejez, la protección directa con vacunas contra la gripe, neumonía y COVID-19 reduce drásticamente la mortalidad en adultos mayores.

No es raro, por lo tanto, que la vacunación se considere un hito en la historia de la ciencia, de la salud pública y de la humanidad.

Por ello, resulta especialmente perturbador el anuncio del gobierno Trump de revisar las recomendaciones sobre el calendario de vacunación infantil. Estábamos preparados: Robert F. Kennedy Jr., secretario del Departamento de Salud, es un crítico histórico de las vacunas y ha expresado públicamente temores desproporcionados sobre los riesgos —muy poco frecuentes— de sus efectos secundarios. Pero quizás aún no lo creíamos: durante décadas, hemos acumulado evidencia científica sobre los beneficios de las vacunas en la protección contra enfermedades, hospitalizaciones y muertes. Esa evidencia es tan inmensa como para taparla con el dedo de un mediocre secretario. 

Ahora, el nuevo Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización (ACIP) del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos está cuestionando los requisitos de vacunación para asistir a la escuela y sostiene que las vacunas deberían aplicarse “siguiendo el consejo del médico de cada persona”. En un sentido “anticívico”, opuesto al de las gentiles enfermeras de mi infancia, sugiere “priorizar a los individuos por sobre el interés colectivo, la libertad individual sobre la salud de todos”. Así está difundiendo una retórica política que mina la confianza en la ciencia y desmantela cortafuegos sanitarios en nombre de una autonomía malentendida.

Mientras tanto, el brote de sarampión en Estados Unidos está alcanzando nuevos récords: hasta el 6 de febrero de 2026 se confirmaron 733 casos, frente a los 2. 276 casos del año pasado, cuando se registró el peor brote de las últimas tres décadas. Hubo tres muertos entre personas no vacunadas, las primeras muertes por sarampión en EE. UU. en más de una década. Quizás por ello, muchos médicos defensores de la salud pública han tildado a los asesores de Trump como «criminales de la salud”. 

Después de la pandemia del COVID-19, alimentada por teorías conspiracionistas y de movimientos antivacunas activos en redes sociales, la desconfianza y la resistencia a la vacunación han crecido en todo el mundo. En el Perú, el MINSA ha tenido que declarar alertas epidemiológicas por riesgo de importación y transmisión de sarampión y polio, pues la cobertura de la vacunación en algunas zonas del país bajó a niveles poco seguros para mantener el control sanitario.

Hoy luchamos contra dos grandes plagas: la biológica y la de la desinformación. Están en juego la vida y la salud de millones de personas. Como dijo Hurtado Miller en 1990, solo queda pedir “que Dios nos ayude” y, añado, que nos coja vacunados.

Mientras tanto, no puedo sino recordar con nostalgia aquellas paredes de mayólica verde. No eran muros de un estado intrusivo, sino las paredes de una institución que protegió mi derecho más básico: la libertad de crecer sana, sin miedo a contagiarme, y bien informada.


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1 comentario

  1. Jorge Iván Pérez Silva

    El dogma antivacunas es una de las caras más crueles del oscurantismo. Las columnas de Anna Zucchetti nos brindan la luz amable de la razón. Lamentablemente, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

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