Residencias, becas y financiamientos: lo inevitable y sus costos
Animado por un artículo de la escritora estadounidense Catherine Lacey —Apply for the Damn Thing!—, he pasado el último tramo del año buscando residencias, becas y financiamientos que me ayuden a conseguir tiempo y dinero para escribir. Había hecho el intento años atrás, casi sin resultados. Dos veces obtuve una beca parcial para una residencia en el extranjero y dos veces rechacé el ofrecimiento: el monto parcial no becado, sumado al pasaje de avión no cubierto, daba como resultado un chupo de plata que definitivamente yo no tenía. Mudarme al otro lado del mundo para que escribir me saliera más caro de lo que ya me salía en Lima contradecía todo propósito.
Durante un par de años, redacté declaraciones de intención y descripciones de proyecto, pulí una y mil veces mi biografía, pedí cartas de recomendación a profesores y amigos con trayectorias largas. Un esfuerzo constante. Tomaba muchas horas de la semana y no cosechaba frutos. Incluso cuando logré ganar una plata para viajar a una feria del exterior con mi primera novela, fue tan extenuante sustentar en qué había gastado el monto que preferí, a partir de entonces, descansar de tales convocatorias.
De nuevo, mi vida se dividió entre trabajar y escribir. Mejor dicho: trabajar mucho; escribir poco.
Cinco años después, retomo los intentos y aquí en España esto coincide con el regreso, luego de una ausencia de catorce años, de las ayudas para la escritura de guiones del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA). Serán más de doscientos beneficiarios. Las chances no son tan bajas. Mucha gente del circuito del cine se ha pasado el año escribiendo en busca de esos treinta mil euros. También gente que no pretende hacer una película.
Un amigo, por ejemplo, me cuenta que en 2024 se presentó a un concurso parecido y ganó. A lo largo de un año, ha podido financiar proyectos que sí quería realizar —un par de muestras fotográficas; el disco de su banda—, y en paralelo escribir sin tanta atención un guion que lo ayude a cumplir con la sustentación que el financiamiento exige. A otro amigo eso lo empincha: dice que casos así le roban la oportunidad a candidatos que verdaderamente quieren filmar una película. Más tarde, entiende que de lo único que se trata es de comprar tiempo para hacer lo que de verdad queremos.
Pienso en La novela luminosa (2005) de Mario Levrero. En ella, a través de un diario de cientos de páginas, el escritor uruguayo relata lo que significó recibir la beca Guggenheim. Las nimiedades en que gastó el dinero, la resistencia a escribir aquello para lo cual le habían dado aquel extraordinario monto, la procrastinación, la neurosis, los altos y bajos de su ánimo. Al final, como parche, aparece la novela que justificaría el dinero que le dieron: apenas unas cuantas decenas de páginas de un texto que escribió décadas antes, en los ochenta.
En mi conversación con gente de cine y candidatos a los nuevos fondos del ICAA, el director peruano Juan Daniel Molero —que acaba de estrenar Punku (2025) en el festival Rizoma de Madrid— habla de la dificultad que encuentra en las postulaciones. Traducir lo que tiene en mente a una propuesta que sea legible para un jurado resulta casi imposible. Sus ideas tienen que adaptarse a lo que exigen las convocatorias, encorsetarse, transfigurarse; una deformación de la que luego se vuelve bastante complejo liberarlas. Quien haya visto sus películas sabrá que es uno de nuestros directores de ficción más relevantes. También uno de los menos convencionales. Y sin duda uno no quisiera que su visión se deforme.
Contemplo las implicancias de hacer encajar un proyecto escritural en los requerimientos que estipulan las personas e instituciones que tienen plata para entregar. Reniego de la falta de libertad. De lo agotador que resulta rendirles cuentas.
Pero vuelvo al texto de Catherine Lacey. Dice ella:
«Todos lo odiamos. Igual lo hacemos […] La única razón legítima para no postular es que ya tengas suficiente tiempo y dinero para hacer lo que haces. Eso es todo. Todos los demás afilen sus malditos lápices y pónganse a trabajar».
Frente al desasosiego de una vida alejada de la escritura e interrumpida por el exceso de trabajo y la escasez de dinero, parece un mal menor gastar tiempo en esas residencias, becas y financiamientos. También es un mal menor que a veces haya que engañar al jurado, en el camino quizás hasta distorsionar la idea que te hubiese gustado hacer realidad y, hacia el final, inventarte alguna forma de justificar el uso que le diste a la plata.
Todos ellos, males absolutamente menores si se los compara con la desesperanza de una existencia mal ocupada.
Nota final: No considero un mal menor que aceptar una de estas ayudas destruya tu estabilidad económica. Becas o residencias parciales, por ejemplo, como las que se me ofrecieron años atrás, están pensadas para gente a la que no le cuesta llegar a fin de mes. Lo mismo ocurre con las residencias que no ofrecen un estipendio mensual y un pasaje de avión. Están orientadas a personas que pueden dejar de trabajar un mes o más, que sin trabajar pueden seguir pagando los departamentos o cuartos que rentan, o que viven con sus padres. Hago la salvedad para que nadie tome este artículo como ánimo para cometer una locura.
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