Lo logré solo, tontos


De Trump a la hija de un chef, ¿cómo erosionar el contrato social?


Hace algunos años, el presidente estadounidense Donald Trump dijo en una entrevista algo que llamó mucho la atención: afirmó que había construido su emporio comercial desde cero. From scratch, dijo. Luego, ante la repregunta, llegó la “aclaración”: en realidad había recibido un “pequeño préstamo” de un millón de dólares de su padre, un millonario ya consolidado. Nada fuerte, apenas una propinita para arrancar el día.

Más allá de las risas, el episodio recordó una obsesión contemporánea: la narrativa del self-made man. El mito del héroe solitario que asciende desde la nada, impulsado únicamente por su propio esfuerzo, como si viviera en una burbuja de mérito puro donde no existen redes, herencias ni estructuras sociales que suavizan la caída. Y donde cuestionar ese mito basta para que te acusen de “resentido”.

Sin embargo, cuando uno conoce historias reales de personas que sí comenzaron desde condiciones durísimas, el patrón es otro. Generalmente, estas personas son las primeras en agradecer. Y lo hacen con nombre propio: la mamá que los apoyó, los profesores que creyeron en ellos, los vecinos que cuidaron a sus hijos, los amigos que prestaron plata… hasta el Firulais, el michi y cualquier mascota que acompañó sus noches de estudio.

Mientras tanto, y aquí la ironía, quienes crecieron entre privilegios suelen tener el discurso más individualista. No necesariamente por mala intención, sino por falta de conciencia: si el mundo ha funcionado a tu favor desde que tienes memoria, es fácil asumir que el camino es naturalmente despejado. Y si solo ves tu propio esfuerzo, resulta tentador concluir que todo mérito es exclusivamente tuyo.

En América Latina, una de las regiones más desiguales del planeta, esta narrativa del “yo lo hice solo” es especialmente problemática. Para 2024 en el Perú, 9,4 millones de personas estaban en la categoría de pobreza monetaria según el INEI. El punto de partida determina trayectorias educativas, oportunidades laborales y posibilidades reales de movilidad social. El esfuerzo importa, claro que importa, pero sin condiciones mínimas no alcanza. Y nunca ha alcanzado.

Aun así, en nuestro imaginario colectivo persiste la épica del individuo que, con voluntad férrea vence a todas las circunstancias. En el famoso Silicon Valley, por ejemplo, se elevó a dogma el mito de que toda gran empresa de tecnología debía nacer “en la cochera de una casa”. Tanto así que más de un caso ha sido maquillado para sonar más humilde y más inspirador, como si la genialidad necesitara un ritual de iniciación estilo garage.

Y ahora llega un ejemplo reciente en el Perú: la entrevista de El Comercio a la hija de Gastón Acurio y Astrid Gutsche, dos de los chefs y empresarios más influyentes del país. El titular decía: “decidió empezar desde cero”. En un país con desigualdad extrema, la frase cae como un baldazo de agua fría. No porque ella no trabaje duro, sino porque insistir en que comenzó “desde cero” ignora condiciones privilegiadas de partida: educación en Suiza y Tokio, apoyo económico, redes profesionales consolidadas, exposición global desde niña… y ahora, de adulta, en portada de diarios. Lo cuestionable es envolver todo esto en un relato de autosuperación que distorsiona el contexto.

El punto central no es culpar a la protagonista del momento —porque cada cierto tiempo aparece una historia similar—, sino cuestionar por qué los medios más influyentes siguen reproduciendo de forma sistemática marcos que romantizan el esfuerzo individual mientras invisibilizan las estructuras que facilitan o impiden el éxito. En un país donde a una familia pobre se le exige excelencia constante para apenas sobrevivir, y a una familia privilegiada se le celebra cualquier emprendimiento por minúsculo que sea, esta narrativa deja de ser inocente. Se convierte en una herramienta ideológica: si alguien no prospera, es “porque no quiere”. Así se lava la responsabilidad colectiva, es decir el contrato social, frente a la desigualdad estructural.

¿Qué perdemos cuando insistimos en estas historias de autosuficiencia absoluta? Primero, comprensión. Luego, empatía. Y, finalmente, la posibilidad de construir políticas públicas que entiendan que la movilidad social no depende únicamente del temple individual, sino de sistemas que garanticen oportunidades reales para todos.

Todos partimos desde algún lugar: un espacio familiar, un barrio, un colegio, un capital emocional, un pasaporte, un idioma, un contexto. Algunos arrancan en la línea de partida; otros, cinco cuadras atrás. Fingir que todos corremos desde la misma posición alimenta una fantasía útil solo para quienes ya estaban adelante. Pero en tiempos donde pesa el discurso emprendedor y la obsesión por construir una “marca personal”, preferimos no desprendernos de ese mito.

Y, con las elecciones peruanas de 2026 acercándose, conviene estar atentos a los candidatos que se presentan bajo esta misma lógica del “yo solito pude”. Suele ser señal de poca empatía: son los primeros en colgarse las medallas y los últimos en asumir responsabilidad por sus errores. Si alguien no reconoce la red que lo sostuvo, difícilmente reconocerá las necesidades de quienes nunca tuvieron una. Suele revelar además una visión de país tan neoliberal que ni siquiera concibe el rol del Estado en corregir desigualdades y proponer políticas públicas que nivelen el punto de partida. Así, si seguimos comprando ese cuento, los únicos tontos seguiremos siendo nosotros.


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