Streaming extremo


Transmisiones en directo que revelan los deseos prohibidos de la humanidad


Quienes crecieron a fines del siglo pasado recordarán el miedo y la fascinación que causaban las presuntas películas snuff: metrajes aberrantes, centrados en torturas y muertes, que se producían para comercializarse en el submundo audiovisual. Más que verdad, una leyenda explotada por cineastas y escritores. Décadas después, con la aparición de internet, la oscura fantasía comenzó a volverse cierta. En los primeros años dos mil, asesinatos reales y filmados se filtraban hasta los sótanos de la web, y allí sus nuevos dueños los vendían o tan solo los exponían: escandalizar y cautivar a una audiencia ya era pago suficiente.

Leyenda o realidad, la muerte en video fue siempre un fenómeno marginal y abyecto, contrario al contrato social, alejado de cualquier masividad.

Pero el tiempo moviliza, acumula, radicaliza, reconfigura. En la tercera década de este nuevo siglo, el panorama es otro. Y un reciente caso sucedido en Francia lo demuestra. 

El pasado 18 de agosto, el streamer francés Raphaël Gracen —conocido en internet como Jean Pormanove o JP— murió a los cuarenta y seis años durante una transmisión en vivo para la plataforma Kick. Desde hace tres, Gracen participaba de largas sesiones en directo en las que se dejaba torturar por otros co-streamers: lo insultaban, lo agarraban a puñetes y patadas, lo estrangulaban, le disparaban con pistolas de paintball, lo forzaban a ingerir productos químicos, todo encuadrado en una especie de juego bajo consenso en el que la humillación era el insumo principal.

Fiel a ese concepto, su canal había logrado acumular cerca de 200 mil suscriptores.

Cuando sus torturadores descubrieron que Gracen estaba muerto, la maratónica sesión había superado las 298 horas continúas; es decir, algo más de doce días de vejación ininterrumpida, y además seguida y avivada por 15 mil espectadores. Aunque en la sección para comentarios llegaban mensajes de preocupación, buena parte caía en lo sádico, en la burla o en un retorcido aliento, animando al streamer a resistir un poco más.

Gracias a sus donaciones —y al pago que la plataforma le otorgaba—, el francés se embolsaba varios miles de euros mes a mes.

El caso de Raphaël Gracen puede enmarcarse dentro del género de streaming bautizado como trash stream:transmisiones en las que los anfitriones del canal realizan u obligan a otros a realizar actos extremos, peligrosos y muchas veces humillantes con la finalidad de convocar a una audiencia que, hoy más que nunca, busca esos contenidos «chocantes».

Su muerte no es la primera vinculada al mundo de las transmisiones en vivo.

En 2018, el streamer chino Chu, conocido en la plataforma Liaoliao por beber grandes cantidades de alcohol, aceite de cocina y otros líquidos a pedido de sus seguidores, falleció la noche de Año Nuevo debido a la intoxicación que le causó ese consumo sostenido.

En diciembre de 2020, en pleno invierno del hemisferio norte, el streamer ruso Stas Reeflay encerró a su novia en un balcón, a temperaturas bajo cero, sin permitirle vestir nada más que ropa interior. Rato después, los paramédicos la declaraban muerta mientras Stas continuaba con la transmisión por YouTube.

Difícil confirmar si alguno de estos creadores de contenido había ponderado la chance de muerte. O si verdaderamente estamos hablando solamente de unos cuantos accidentes.

Más allá de los procesos judiciales, las condenas, las regulaciones y los cierres de algunos canales y plataformas, la exigencia del internet de estos tiempos —«dame brutalidad»— no solo es inquietante, sino sobre todo insaciable.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo, qué sintieron los espectadores del streamer francés cuando vieron que su cuerpo no despertaba de ese último sueño. ¿Lo lamentaron o lo celebraron? ¿Fue ese el punto más bajo de su degeneración o, por el contrario, la cúspide de aquel en vivo? ¿Encontraban cierta épica en el maltrato al que Gracen sometía su cuerpo, aniquilándolo de a pocos frente a una multitud?

No habría por qué descartarlo. La conmoción y la indignación son reflejos para quien se entera de estas noticias a través de los medios tradicionales. Las emociones son distintas para quienes beben trash streams a diario, para quienes, a su manera, con ayuda del teclado, participan en su consumación.

Y estos voyeristas —estos parafílicos del shock y del trash— no son hoy sujetos laterales, no habitan el extrarradio de la web. Son cientos de miles —millones, muy probablemente— que producen, consumen y se retroalimentan a la vista de todos. Lo han hecho mucho. Desde hace buen tiempo. Y a lo mejor, después de lo de Chu, después de lo de Stas Reeflay, después de lo de Gracen, están atentamente a la espera del próximo accidente.

También, por supuesto, quedará preguntarnos, con algo de pudor, en qué medida cuántos de nosotros, casi sin habernos dado cuenta, ya somos parte de ellos.


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2 comentarios

  1. Luis

    La facilidad que proporciona internet puede favorecer a un publico que busca entretenimiento y encuentra escenas tan sádicas o extremas como se las que, en vivo, se realizaban en los tiempos romanos.

    • Giacomo Roncagliolo

      Así es. Mucho de coliseo romano.

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