Polvo de táperes


El plástico ya está en todas partes, incluso en las placentas en nuestras madres 


“Bienvenidos a Pimentel, el mejor lugar para vivir”, decía el cartel de ingreso a esa localidad del norte peruano, entre el desierto y el mar. A ambos lados de la pista, entre dunas, colinas rocosas salpicadas de arbustos secos, muros de ladrillo a medio construir y montículos de desmonte, cientos de bolsas de plástico blancas y translúcidas marcaban el paisaje. Algunas se ocultaban detrás de una piedra, otras flameaban como banderitas sostenidas por ramitas secas, y muchas flotaban como fantasmas en el aire borroso, danzando al compás del viento caliente.

“El mejor lugar para vivir”, sentenció con sorna el copiloto, mi padre, mientras yo conducía despreocupadamente.

Todos los peruanos, y probablemente la mayoría de las personas en el mundo, nos hemos, tristemente, acostumbrado a la omnipresencia del plástico. No solo en nuestra vida diaria —envases, utensilios, herramientas y equipos— sino en prácticamente todo lo que tocamos: la bolsa de compras, el envase de leche, el cepillo de dientes, la navaja de afeitar, el peine, la secadora, el táper de tu almuerzo, el empaque de medicamentos, la funda del celular, el mouse, el asiento de la combi e incluso la llanta del automóvil. La lista es interminable.

Me pregunto, entonces: ¿cómo hacía mi abuelo para vivir sin plásticos? 

Nos hemos acostumbrado al plástico en todo tipo de parajes y paisajes. Si tienes la suerte de no tener montones de plásticos acumulados a la vuelta de tu casa gracias al fallido servicio municipal de recojo de basura, lo encontrarás en las calles del barrio vecino, salpicando la carretera rumbo a la playa, deslizándose en un pintoresco riachuelo amazónico o atrapado entre las hojas filosas del ichu, en las alturas altiplánicas. Y si ya no te escandaliza verlo flotando desde tu ventana, atraparlo con un manotazo mientras nadas en la Costa Verde, o descubrirlo brillar, microscópico, en tu agua embotellada —que puede contener más de 240.000 partículas de microplástico por botella—, quizás estas cifras te hagan pensar: desde 1950, según el Programa de Naciones Unidas para el Ambiente, UNEP, hemos producido en el mundo 9.200 millones de toneladas de plástico (¡y más de la mitad se fabricaron después de 2004!). Equivale a más de una tonelada por cada persona viva hoy en el planeta, el peso de 922.000 torres Eiffel o de 1.150 millones de elefantes africanos adultos. Y más del 40 % es plástico de un solo uso, ¡para bolsas o envases!

Tristemente, a pesar de nuestros esfuerzos para separarlo antes de tirarlo a la basura, ni siquiera el 10 % se recicla. Un 12 % termina en los incineradores, y el resto abunda en vertederos, ríos, lagos y mares. También en el desierto, como el de Pimentel.  Si te interesa el tema, o quieres deprimirte, revisa el primer análisis global de todos los plásticos producidos en masa hasta la fecha, elaborado por unos ingenieros americanos. 

Si seguimos así, para el año 2050 habrá más plástico que peces en los océanos (por peso). Y no solo está en el mar.  Ya lo han encontrado, como micro y nanoplástico, en nuestra sangre, riñones, pulmones y cerebro. Probablemente, mi cerebro ya aloje unos 7 gramos de microplásticos —una cucharada completa de partículas— mientras mi tío, que sufre de demencia, puede tener concentraciones diez veces mayores.

En 2021, el doctor Antonio Ragusa nos regaló una nueva palabra para el diccionario: plasticenta. Encontró trocitos de polipropileno, polímeros termoplásticos y otras delicias derivadas de pinturas, adhesivos y cosméticos en la placenta de mujeres embarazadas. En el lado materno, en el fetal y en las membranas que envuelven al bebé. Un combo completo, un regalo prenatal del capitalismo moderno.

¿Nos estamos convirtiendo, cada vez más, en seres de plástico?

La revista médica The Lancet acaba de advertir que los plásticos son “un peligro grave, creciente y poco reconocido” para la salud humana y planetaria, y ha lanzado el Lancet Countdown on Health and Plastics, un sistema independiente para monitorear la exposición y los daños que causa. Mientras tanto, en Ginebra, 179 delegaciones negocian esta semana el Tratado Global sobre Plásticos, que busca acordar una ruta para frenar esta crisis. El presidente estadounidense Donald Trump ya dejó claro su bando: en febrero firmó una orden ejecutiva contra las cañitas de papel y a favor del regreso de las de plástico, respaldando así a la industria petrolera y a la producción sin límites. Al frente del ridículo personaje y de sus amigos petroleros está el resto del planeta, que busca un tratado ambicioso con compromisos vinculantes para limitar la producción de plástico virgen, eliminar gradualmente los plásticos de un solo uso y establecer metas globales para la reducción, reutilización y reciclaje, así como para la limpieza de ecosistemas contaminados. 

La pregunta es sencilla: ¿de qué lado estás tú? 

Porque antes, el ser humano estaba hecho de polvo de estrellas. Hoy, parece que terminaremos como polvo de táperes.


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