Donde todavía toca el organillero


¿Se puede visitar un lugar entrañable de la infancia y salir incólume?


Desde hace poco más de una semana estoy en Ciudad de México, la urbe gigantesca en donde viví parte de mi infancia y en la que siempre que regreso me siento un poco como en casa. Imagino que esa sensación de familiaridad la tienen también los miles de latinoamericanos que crecieron viendo los programas de televisión producidos en estas tierras y escuchando su música.

México es un país enorme y diverso, y su capital es una extraña fusión de barrios tranquilos, rascacielos, parques, avenidas inmensas, vías de evitamiento y hasta teleféricos. Esta vez usé una de las estrategias típicas de quienes tienen que pasar mucho tiempo en una megalópolis: elegí una zona y me moví principalmente por ella. Como venía para eventos académicos en dos grandes instituciones al sur de la ciudad, mis anfitriones me recomendaron quedarme en Coyoacán, un barrio muy grande y lindo, famoso por haber sido el lugar donde vivió y murió Frida Kahlo.

Desde antes de la Conquista, Coyoacán era una importante circunscripción de la ciudad de Tenochtitlan y cuando llegó Cortez fue allí donde se estableció con su familia hasta la reconstrucción de la ciudad azteca. Durante todo el periodo colonial fue una circunscripción importante, y ya para el siglo XIX empezó a consolidarse como un barrio elegante, donde la gente adinerada fue construyendo sus palacetes de fines de siglo. Mucho de eso queda. En la plaza central se alzan dos coyotes esculpidos que recuerdan el origen del nombre de la ciudad, y muy cerca está la iglesia matriz que, sin duda, fue cabeza de una reducción de Indios, a quienes se les evangelizaba en estos grandes patios.

En estos días he recorrido el barrio casi de punta a punta. El mercado, tan lleno de vida y de variedad, fue construido en 1956 con un estilo funcionalista que buscaba traducir en cemento y concreto la idea tan antigua de lo que se conoce hasta ahora en México como el tianguis. También pasé por el sector de calles con nombres de ciudades europeas. Así, a pocas cuadras de la Casa Azul de Frida Kahlo ubicada en la calle Londres, pasando Berlín, está la Casa Museo León Trotsky en la calle Viena, donde el líder comunista vivió su exilio hasta que fuera allí asesinado el 20 de agosto de 1940.

En las pocas cuadras que separan ambas casas no pude dejar de pensar en quienes fueron amantes por un breve tiempo. Después de mirar sus cocinas coloridas, sus patios cómodos y sus diminutos dormitorios, me pregunté dónde habrían desarrollado su relación a espaldas de Diego Rivera y de Natalia Sedova. Según las cartas y los testimonios, el romance se diomientras Trotsky y Sedova vivían hospedados en la Casa Azul, cuando Frida, harta de las infidelidades de su marido, se sintió atraída por el líder del comunismo en el exilio. El escándalo fue sin embargo suficiente como para que la pareja de rusos tuviera que mudarse a otra casa en la ribera del río Churubusco, ahora enterrado bajo una inmensa vía elevada.

También aproveché para hacer una larga caminata a lo que fuera alguna vez el pueblo aledaño y es ahora otro barrio muy elegante. En San Ángel, justo al borde del impresionante monasterio de la Virgen del Carmen, se levanta un hermoso bazar los sábados, además de unas lindas plazas, un mercado y restaurantes. Los monjes carmelitas tuvieron allí una escuela y una inmensa huerta que antes cubría lo que ahora esta urbanizado. Los cuadros y reliquias que se guardan allí son impresionantes, así como son macabras las momias que se exhiben ante el terror e interés de grandes y chicos.

Más arriba de la plaza de San Jacinto esta la antigua hacienda de San Ángel, donde ahora funciona un mítico restaurante, que recuerdo vívidamente de mi infancia. Volví en busca de quesadillas y, de paso, para aprovechar de visitar la casa estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo que desde hace algunos años se ha convertido en museo. Las dos casas, unidas por un puente, son una de las obras más emblemáticas del arquitecto Juan O’Gorman, quien en 1931 comenzó la construcción de uno de los edificios funcionalistas más emblemáticos de la ciudad, en lo que habían sido las canchas de tenis de la hacienda San Ángel.

A pesar de que estuvo lista en 1934, el matrimonio no vivió en ella hasta que regresaron a México dos años más tarde. En cada uno de esos cuadrados los artistas desarrollaron la mayor parte de su obra pictórica. La unión de ambos espacios a causa del puente —el de Frida en su azul característico y el de Diego con un inmenso ventanal— nos hacen pensar en ellos juntos, pero no revueltos. Frida pasaba tiempo entre San Ángel y Coyoacán, y fue con la muerte de su padre que se mudó definitivamente a la Casa Azul en 1941.

El recorrido que se puede hacer ahora nos transporta al mundo de esos artistas, así como al del arquitecto. O’Gorman es conocido también por haber construido y decorado la biblioteca central de la Universidad Nacional Autónoma de México, que está enteramente recubierta de piedras de colores y que en un frente muestra el conocimiento indígena y por el otro el occidental. Se trata de uno de los espacios más impactantes del campus, patrimonio de la humanidad por su estilo de mediados del siglo XXque ofrece la promesa de la modernidad en México.

Como ya lo expresé, estos días aquí me han hecho sentir de nuevo en casa, aparte de revisitar un poquito de la historia mexicana entre calles y plazas. Sin embargo, lo que más nostalgia me ha despertado no han sido los deliciosos tacos consumidos en las esquinas, sino los organilleros que siguen con sus uniformes y sombreros mientras tocan las mismas viejas tonadas. Ya no cargan monos como en mi infancia, ni siquiera los de peluche que tuvieron por algún tiempo, pero su música me transporta inmediatamente a la infancia y al Coyoacán de Frida, Diego, León y esa otra Natalia que vivió aquí mucho más tiempo que los otros tres.


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