Cuando la tragedia se vuelve rutina


Una reciente novela peruana nos advierte sobre la distopía que quizás ya nos habita 


El escritor peruano Dany Salvatierra tiene una obsesión: los inicios de las historias. Hace unos meses me lo dijo en una entrevista para un artículo que escribí aquí en Jugo sobre cómo escriben los escritores: “Si no tengo una primera frase tan potente como el estallido de un cañón, no puedo continuar, así tenga una historia ya desarrollada y estructurada al milímetro”. Y lo viene cumpliendo a cabalidad, sino veamos el inicio de sus dos novelas anteriores. En Eléctrico ardor (Estruendomudo, 2014), nos encontramos con: “Lo primero era cortarles la cabeza”. En La mujer soviética (Planeta, 2019): “Dicen que la muerte sabe a plomo”. Fiel a esa búsqueda de intensidad, la novela más reciente de Dany, Criaturas virales (Random House, 2025), no empieza con un susurro, sino con un estallido. Literal. 

En la primera línea, el cuerpo del narrador es atravesado por una ráfaga de escombros, polvo y silencio. Todo se desarma: el mundo, la materia, la percepción. Ese inicio no es solo espectacular; es también una clave de lectura. Porque lo que sigue será justamente eso: la crónica de un mundo en ruinas, de una identidad que se recompone entre los restos, de una experiencia donde ya no hay centro ni refugio posible. Desde el primer párrafo se nos advierte que no hay lugar seguro, ni emocional ni físico.

Poco después, otro momento clave ofrece una nueva entrada al universo del libro. Es una frase más serena, pero igual de devastadora: “Cuando uno consigue aclimatarse a la tragedia, como una costumbre natural del cuerpo, es difícil recordar que hace unos años las cosas solían ser abismalmente distintas, como si habitáramos en una realidad alternativa”.

Ahí está, tal vez, la tesis emocional de Criaturas virales. La novela no es solo una distopía clásica con escenarios futuristas o gobiernos totalitarios. No hace falta. Su potencia radica en mostrarnos cómo lo impensable puede volverse habitual. Que el miedo, el encierro, la desconfianza o el distanciamiento afectivo se pueden instalar en la vida cotidiana casi sin que lo notemos. Y, sobre todo, cómo ese acostumbramiento afecta al cuerpo: a la forma en que deseamos, tocamos, recordamos. En este sentido, la novela de Dany no propone una fuga hacia la imaginación, sino un espejo implacable sobre nuestra historia reciente.

Criaturas virales nos recuerda que el peligro no está solo en lo que podría pasar en el futuro, sino en lo que ya está ocurriendo en el presente. Las distopías pueden tomarse como advertencias o ejercicios de imaginación, pero muchas veces resultan radiografías precisas de las grietas sociales, morales y afectivas que ya nos atraviesan. Recordemos que Mosko-Strom (1934) de Rosa Arciniega se publicó pocos años después de la Gran Depresión y El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood poco después de la revolución islámica de Irán. 

Una distopía puede revelar, por ejemplo, qué vidas se consideran prescindibles en una sociedad, qué cuerpos se marcan como peligrosos, qué afectos se castigan o se silencian. Puede mostrarnos cómo se descompone la confianza entre las personas, cómo se construye el enemigo, cómo se apaga la empatía. Y al hacerlo puede llegar a interpelar nuestras decisiones cotidianas, nuestra complicidad con ciertos sistemas, nuestra manera de mirar al otro.

Lo interesante es que las distopías tienen una dimensión política, pero también una afectiva.  Nos enseñan cómo el amor puede volverse temeroso, cómo el deseo puede ser regulado o castigado, cómo la intimidad se transforma cuando se instala el miedo. Y eso las vuelve profundamente humanas: nos hablan de lo que se rompe cuando el mundo deja de ser un lugar hospitalario para lo vulnerable.

Esa ruptura —ese cambio casi imperceptible de lo que sentimos como normal— es central para leer Criaturas virales. No porque la novela nos sitúe en un futuro lejano ni porque se proponga advertirnos sobre una amenaza externa, sino porque nos enfrenta a esa sensación de extrañamiento del mundo. Nos recuerda cómo, en determinado momento, lo impensable se volvió costumbre. Un ejemplo reciente de ello es la pandemia del Covid-19. El miedo, el encierro, la desconfianza o el distanciamiento pasaron a formar parte de nuestra cotidianidad. La tragedia se volvió habitual. 

La frase que citaba al inicio —“aclimatarse a la tragedia”— tiene que ver con eso. Con un cambio que ya no es solo externo.

Por eso la literatura importa. Porque puede interrumpir esa aclimatación. Puede recordarnos que lo que asumimos como inevitable alguna vez fue impensable. Puede devolverle al lenguaje su capacidad de incomodar. Y puede reactivar una memoria sensible que nos saque de esa realidad “alternativa” a la que nos hemos resignado.

Criaturas virales logra eso con una fuerza devastadora. Por su trama y sus personajes, pero sobre todo por la forma en que está escrita: con un lenguaje que pulsa, que arde, que a ratos duele. Una escritura que nos arrastra a través del cuerpo y nos obliga a sentir —no solo a entender— lo que implica habitar un mundo roto. Esa es, tal vez, su mayor potencia: que no se contenta con contar una historia, sino que nos deja una herida, una incomodidad, una pregunta abierta. 

Al cerrar el libro, algo en nosotros también ha cambiado.


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