¿Cuánto tiempo le tomó al escritor convalecer de su campaña presidencial?
A casi dos meses de la partida de Mario Vargas Llosa, y después de que muchos han escrito sobre él y su trabajo, no quería dejar pasar mi oportunidad. La de una experiencia vivencial que marcó una buena y corta amistad con el escritor al poco tiempo de haber perdido las elecciones con Alberto Fujimori.
Estaba cursando mis estudios en la Universidad de Princeton a principios de los 90 cuando leí el primer ensayo sobre la derrota presidencial de Vargas Llosa, El pez fuera del agua, publicado en la serie Granta. Como peruano y votante en esas elecciones, ese texto me impactó fuertemente, el mismo que después tomó su camino en un libro mayor con un ligero cambio de título: El pez en el agua. Tiempo después me enteré de que él, el mismísimo Mario, después de “huir” del Perú y de su corta estadía en España, iría a venir como profesor a mi universidad y, con gran emoción, me inscribí en su curso de Literatura Latinoamericana.
Aunque nunca fui un gran lector de literatura, el ilustre profesor me hizo ver las novelas de otra manera. Me hizo notar, por ejemplo, algo que debía ser obvio para muchos, pero de lo que yo no me había percatado conscientemente; que en las narrativas el personaje principal es quien las escribe, y el autor es quien te lleva por ellas anónimamente. Tengo la impresión de que éramos los únicos peruanos en la universidad y ser su alumno fue la excusa para un privilegiado contacto que derivó en frecuentes cafés en la antigua casa de estudios. En aquellas “tardes cargadas” —no encuentro una mejor frase para describirlas— se producía casi un monólogo de Vargas Llosa sobre la profunda herida que implicó perder esas elecciones y sobre lo difícil que fue haber lidiado con un mundo que evidentemente no era el suyo, y en el que cayó tal vez por ingenuidad o una ilusa ambición.
Años después, cuando ya vivía en Washington D.C., leí en un periódico que Mario vendría a la ciudad para presentar La fiesta del chivo. Sin duda alguna debía ir a la librería Barnes & Noble para ver a mi amigo. Recuerdo que me rehusé a comprar el libro en inglés porque esperaba conseguirlo en español, así que debía encontrar otro libro suyo que pudiera firmar para no hacer la cola con las manos vacías: solo encontré un libro de bolsillo impreso en papel periódico, obviamente pirateado, que había comprado en laavenida Abancay en el centro de Lima durante mis años sanmarquinos: era la versión más barata que existía de La ciudad y los perros y con ella fui a buscar a Mario.
Hice la larga cola y, al vernos, nos saludamos con un abrazo. Después de una corta conversación en la que recordamos los tiempos en New Jersey, le entregué el libro con algo de vergüenza. Con una sonrisa amplia, Mario me dijo: “¡No he ganado un solo centavo con este libro!”. Y luego escribió en él, cuidando de no desmembrar más sus páginas: “Para Enrique, esta edición pirata y un abrazo”.
Hoy guardo ese libro como una de mis más preciadas posesiones. Pero debo resaltar que lo que más me gustó de ese encuentro fue ver esa sonrisa que reflejaba a un Mario Vargas Llosa ya curado de la campaña política. Y así quedará por siempre en mi memoria.
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